Cómo ven los marxistas la Edad Media

por Paolo Tedesco

Las sociedades de clase existían antes del capitalismo: el mundo antiguo y la Edad Media tenían sus propios sistemas de explotación. La historiografía marxista nos muestra cómo funcionaban y lo que significó su desaparición sobre el futuro.  Como atentos observadores de la historia, Karl Marx y sus sucesores se preocuparon sobre todo por el auge del capitalismo, su difusión por el mundo y las posibilidades de superarlo. A través del prisma del materialismo histórico y sus conceptos fundamentales, esperaban divisar las condiciones en las que las sociedades de clase históricas podían desarrollarse antes de colapsar bajo el peso de sus contradicciones internas.

El marco analítico desarrollado por estos investigadores tuvo una gran influencia, pero presentaba debilidades fundamentales. En las últimas décadas, los historiadores y las historiadoras de la tradición marxista han puesto de manifiesto estas debilidades y han elaborado enfoques alternativos.

Esta renovación de la teoría marxista permite considerar las épocas precapitalistas por sus propios fundamentos, en lugar de explicarlas simplemente como la antesala histórica del capitalismo emergente. En el pasado, esto tuvo el efecto paradójico, desde un punto de vista marxista, de hacer aparecer el capitalismo como la etapa natural del desarrollo capitalista.

Marx y la Edad Media

El interés de Marx por las sociedades del pasado surgió de su búsqueda de un mecanismo general de transformación social. Esto -se esperaba- explicaría no solo el ascenso del capitalismo sino también su previsible declive. Para Marx, la historia se lleva a cabo como una secuencia de etapas de desarrollo: de la antigüedad al feudalismo, de éste hacia el capitalismo y finalmente al socialismo.

Marx explicó la transición de una etapa a otra a través de los cambios en el modo de producción (que a su vez eran resultado de las transformaciones tecnológicas y otros factores) y de las luchas de las clases sociales producidas por cada respectivo modo de producción (señores y esclavos, terratenientes y siervos, burguesía y proletariado).

Así, Marx caracterizó épocas históricas (comunismo primitivo, antigüedad, feudalismo) o un conjunto particular de relaciones económicas (para las que a veces utilizó términos como «germánico», «eslavo» o «asiático») como modos de producción. Sin embargo, los escritos que realizó sobre el tema son vagos. Esta vaguedad se refleja también en gran parte de la literatura marxista posterior.

En 1974, el historiador británico Perry Anderson publicó su gran obra Passages From Antiquity to Feudalism. Fue el intento más sistemático hasta la fecha de investigar las fases precapitalistas de la historia e integrarlas en el edificio teórico general del marxismo. Anderson siguió muy de cerca el modelo de etapas de la historia europea de Marx. Sin embargo, argumentaba que el «verdadero mecanismo» responsable del auge y la decadencia de la antigüedad clásica no era la lucha de clases en sí, sino la contradicción dinámica entre las «fuerzas productivas y las relaciones de producción».

En la antigüedad clásica (un periodo que duró desde aproximadamente el 500 a.n.e hasta el 500 d.n.e), existieron dos formas de organización económica una junto a la otra. Anderson se refirió a ellas como el «modo de producción esclavo»(»slave mode of production«) y los «modos de producción distendidos y deformados»(»distended and deformed modes of production«). Anderson veía estos modos de producción como la manifestación de dos fuerzas políticas opuestas: por un lado, los antiguos imperios (especialmente el imperio romano desde el año 200 a.n.e. hasta el 200 d.n.e.) y, por otro, las sociedades situadas en los márgenes de estas estructuras políticas (las tribus nómadas o los pueblos «germánicos»): «El choque catastrófico de estos dos antiguos modos de producción en proceso de desintegración – primitivo y antiguo – prorrumpió finalmente en el orden feudal que se extendió por la Europa medieval.»

Entre el final de la antigüedad clásica y el pleno desarrollo de la servidumbre se abrió un espacio que caracterizó el modo de producción feudal de la Baja Edad Media. Anderson desarrolló el concepto de una forma híbrida de organización del trabajo -el colonato romano tardío- para describir los seis siglos que transcurrieron entre la decadencia de la antigua esclavitud y el nacimiento de la servidumbre medieval.

Cuando finalmente se ocupó de la cuna del feudalismo y la servidumbre, Anderson diferenció los distintos desarrollos en Europa Occidental y Oriental. En el continente occidental, ya en el siglo V, se vislumbraba un profundo proceso de desintegración social y de mutación de las estructuras feudales. En Europa del Este, el feudalismo había alcanzado a su vez el punto de partida de las sociedades feudales de Europa Occidental, pero se congeló en este punto sin trazar sus desarrollos posteriores.

Los límites del marxismo tradicional

La obra de Anderson Passages From Antiquity to Feudalism representó el intento más ambicioso hasta la fecha de desarrollar una gran explicación marxista de la historia universal. El texto se caracteriza sobre todo por su inequívoca claridad y su enorme alcance. Sin embargo, la contribución más importante de Anderson es precisamente haber mostrado los límites del modelo de etapa universal de desarrollo histórico de Marx. Este esquema conducía a error en dos aspectos.

En primer lugar, este modelo concebía a Europa como precursora del desarrollo de toda la historia mundial. En este sentido, Marx atribuyó un significado «evolutivo» universal a la transición de la antigüedad al feudalismo y finalmente al capitalismo. Según este esquema, si en otras partes del mundo no se había producido el feudalismo, éste debía entenderse como una excepción a la regla que supuestamente Europa encarnaba de forma tan ejemplar.

Sin embargo, los historiadores y las historiadoras han explicado de forma convincente que el feudalismo estaba mucho más extendido en las sociedades no europeas de lo que se pensaba. También han mostrado que los regímenes de toda Eurasia -incluidos los llamados despotismos asiáticos de la India, China y otras regiones- poseían raíces comunes en la Edad de Bronce y su revolución urbana. Tanto en Oriente como en Occidente, estos regímenes representaban variantes de sociedades que podrían denominarse sistemas de tributos.

Si la riqueza mercantilista y el intercambio de monedas representaban los medios de pago del feudalismo occidental, lo mismo debió ocurrir con los regímenes del resto de Eurasia. Las comunidades de comerciantes y mercaderes eran cosmopolitas. Allí donde había una lucha por el prestigio y la influencia cultural, se organizaban de forma similar y encontraban una resistencia comparable.

Pero el esquema marxista también es engañoso en otro aspecto: describe las transiciones históricas como una sucesión de modos claramente delimitables de apropiación del trabajo excedente, primero como una transición de la esclavitud de la antigüedad a la servidumbre de la Edad Media y finalmente al trabajo asalariado de las sociedades capitalistas.

En la realidad, los métodos por los que las clases propietarias se apropiaron del producto excedente de los productores directos fueron mucho más variables y fortuitos de lo que sugiere el modelo. Si atendemos a una investigación concreta de las fuentes de la antigüedad y medievales, no encontramos ninguna prueba de esa exposición tradicional.

La idea que presenta la esclavitud como la base económica de las sociedades antiguas, por ejemplo, es simple y llanamente falsa. A excepción de unas pocas regiones y de periodos comparativamente cortos de la historia (como la República romana tardía y el imperio romano temprano, 200 a.n.e a 100 d.n.e), el trabajo esclavo desempeñó un papel secundario en el mundo antiguo, especialmente en la agricultura.

Al mismo tiempo, la esclavitud perduró en las zonas rurales de Europa y Oriente Medio hasta la Edad Media. Esto puede verse, por ejemplo, en la esclavitud ligada a la propiedad de la tierra, que estaba muy extendida en el Mediterráneo, así como en los casos raros pero extremos de economías de plantación basadas en la esclavitud en el Irak del siglo X o en el Irán del siglo XIII.

Igualmente errónea es la suposición de una relación necesaria entre la servidumbre y el feudalismo. Los sistemas feudales existieron tanto dentro como fuera de Europa Occidental, pero la servidumbre no era característica de todas estas sociedades; la India y China, por ejemplo, son excepciones significativas.

Por último, incluso el trabajo asalariado no es una característica exclusiva de las sociedades capitalistas, ya que estaba extendido tanto en la antigüedad como en la Edad Media. Al mismo tiempo, se pueden encontrar muchos ejemplos de esclavitud o servidumbre en las sociedades capitalistas, empezando por las gigantescas plantaciones del Haití prerrevolucionario hasta la explotación de los trabajadores y trabajadoras inmigrantes en los actuales Estados del Golfo.

Chris Wickham y la otra transición

Después de que los historiadores y las historiadoras marxistas reconocieran las debilidades del esquema marxista tradicional, comenzaron a desarrollar un nuevo marco de referencia para interpretar las sociedades precapitalistas. Tres estudiosos marxistas contemporáneos han contribuido especialmente a ello.

Uno de ellos es el historiador medieval Chris Wickham, especializado en Europa y el Mediterráneo. Wickham puso en cuestión por primera vez el enfoque dogmático del marxismo en un artículo seminal de 1984, The Other Transition: From the Ancient World to Feudalism.  En 2005 publicó Framing the Middle Ages: Europe and the Mediterranean, 400-800, uno de los libros más influyentes sobre la transición de la Antigüedad a la Edad Media.

Wickham se opone a la idea simplista de que la transición de la antigüedad a la Edad Media se caracterizó por una clara separación de la esclavitud y la servidumbre. En cambio, Wickham denomina «antigua» o «tributaria» y «feudal» a la contraposición de modos de producción que propone. El primero de estos dos modos de producción se caracteriza por la concentración del poder en manos de una pequeña élite en la cúspide de la estructura social dominante, mientras que en el segundo lo ejercían principalmente caudillos o «señores de la guerra» locales, sobre los que dominaba un gobernante relativamente débil.

Entre las formaciones históricas del modelo «antiguo» o «tributario» figuran los imperios romano, bizantino y franco y el califato abasí. Las élites gobernantes en la cima de estos regímenes estaban en una posición fuerte porque controlaban al menos dos instrumentos esenciales en la estructura institucional de estas sociedades.

En primer lugar, controlaban un elemento estratégico del proceso de producción: la recogida y gestión unificada de la información. Su función administrativa les permitía elaborar estadísticas sobre la propiedad, la renta, la demografía y la productividad de sus dominios. Esta capacidad de procesar la información fue clave para el éxito del proyecto del Estado tributario.

En segundo lugar, las élites gobernantes controlaban un elemento estratégico de coerción, a saber, un ejército permanente con una potencia militar superior. Esto permitía a los gobernantes recaudar tributos a través de sus propios sirvientes en lugar de depender del apoyo de los príncipes locales. También pudieron limitar el acceso de estos príncipes a diversos recursos, y por tanto al excedente económico. Los príncipes dependían así de los ingresos que les asignaban las élites.

Economía del tributo y economía campesina

Estas estructuras políticas dependían de la exigencia de tributos a la población rural lo suficientemente elevados como para sostener la maquinaria centralizada de su poder (una corte, una burocracia, un ejército a sueldo). Pero la recaudación y la distribución de los tributos también tenían dos importantes efectos secundarios en la economía.

En primer lugar, los campesinos se vieron obligados a obtener un mayor excedente agrícola para poder hacer frente a las exigencias tributarias del Estado. Además, este arreglo dio alas a los beneficios de los mercaderes en las largas rutas comerciales que habían sido establecidas para asegurar la distribución de los ingresos del Estado. Con el declive de los imperios basados en el tributo, este arreglo de integración económica también terminó. De esta desintegración económica surgieron -como diría Wickham- las economías localizadas «feudales».

A diferencia de las sociedades antiguas, los nuevos sistemas feudales se caracterizaban por la primacía de la «política de la tierra»(Politics of the Land) y la descentralización de los medios de coacción, que ahora pasaban a manos de los terratenientes locales. La propiedad y el control directo de la tierra era el factor decisivo para ejercer el poder en dicha formación política. El rey o el magnate local se convirtieron en los actores más poderosos de una zona determinada, no por su papel formal en el Estado o por sus cargos oficiales, sino por su propiedad masiva de tierras y el control directo que ejercían sobre la población local.

En Europa, estas sociedades se desarrollaron tras la caída del Imperio Romano, en Asia tras el colapso del Califato abasí y la Dinastía Tang. En África, surgieron tras la caída de Axum y el Imperio de Ghana. En ausencia de un sistema impositivo centralizado, los gobernantes ya no podían ejercer un control directo sobre sus territorios. La propiedad de la tierra y la toma de sus rentas se convirtieron en la principal fuente de riqueza de todos los reyes, aristócratas y príncipes.

Dentro de esta definición de sociedad feudal, era posible (aunque en absoluto inevitable) que se desarrollara un orden político y social basado en la servidumbre en sentido estricto, como ocurrió en Europa tras la caída del imperio franco. El orden del sistema basado en el feudo, en el que el príncipe concedía la propiedad de la tierra a sus vasallos bajo la condición de ciertas condiciones, implicaba también el poder de disposición sobre el campesinado que vivía en ella.

Hay muchas configuraciones sociales concebibles que se sitúan entre el modo de producción feudal y el antiguo. Wickham también añade una tercera opción, que denomina «modo de producción campesino» (»peasant mode of production«). Esto se refiere a las diversas formas de economía campesina en las que el producto excedente no es sustraído sistemáticamente por ningún estado o príncipe. Conocemos muchos ejemplos de esta variante, como las comunidades de los Apeninos italianos o la Islandia medieval, así como el sudeste asiático de la época moderna.

John Haldon y el modo de producción basado en el tributo

John Haldon es un experimentado investigador en el campo del imperio bizantino que también se interesa por el análisis comparativo del imperio otomano y el imperio mogol. Al igual que Chris Wickham, Haldon estudió con Rodney Hilton, un padre fundador de la tradición británica de la historiografía marxista desde principios de la década de 1950. Mientras que historiadores como Eric Hobsbawm, Christopher Hill, George Rudé y E.P. Thompson se concentraron en los períodos moderno y temprano de Europa, Hilton investigó la Edad Media. Prestó especial atención a las revueltas campesinas, a las que dedicó su libro de 1973 Bond Men Made Free.

La opinión de Haldon difiere de la de Wickham en lo que respecta a los modos de producción en la transición de la antigüedad a la Edad Media. Según su argumentación, existe una continuidad fundamental entre ambos periodos. A los ojos de Haldon, ambos se caracterizan por un único modo de producción dominante: el modo de producción basado en el tributo.

En su obra teórica de 1993, The State and Tributary Mode of Production, Haldon utiliza el término modo de producción tributario. El marxista egipcio Samir Amin había desarrollado originalmente este concepto para sustituir la confusa, poco aceptada y mayoritariamente ya rechazada categoría del modo de producción «asiático» de Karl Marx. Sin embargo, Haldon utiliza el término más bien en la línea de la definición más completa presentada por Eric Wolf en su libro de 1982 Europe and the People Without History.

Haldon argumenta que el proceso básico de apropiación del excedente en el feudalismo no es más diferente del modo de producción tributario que la relación económica entre los productores y los medios de producción, independientemente de la categoría jurídica en que se conciba esta relación. Los campesinos eran la base económica del mundo tributario, tanto si las élites nómadas, los señores feudales o un Estado estaban en la cima de la estructura dirigente.

Sin embargo, lo que distingue a los dos modos de producción es el grado de control que la clase dominante podía ejercer sobre la población. Aunque esto afecta a la tasa de explotación, no cambia la naturaleza de la apropiación del producto excedente.

Variantes del tributo

Sería un error considerar el modo de producción tributario de Haldon, una época histórica que duró sus buenos 1.000 años, como única. Si así fuera, el concepto apenas nos ayudaría a entender la formación de Estados o ese poder político concreto cuyo ejercicio tomaba cuerpo, por ejemplo, en los distintos sistemas impositivos o en los conflictos dentro de las élites o entre éstas y las estructuras centrales de poder. El marco analítico es demasiado amplio para comprender los cambios y convulsiones graduales en las subestructuras del Estado y la sociedad. Tampoco contribuiría a la comprensión de las relaciones económicas.

Haldon ha utilizado términos como «modo de producción tributario» o «relaciones de producción tributarias» para sustituir la terminología de los modos de producción feudal, nómada y campesino. Esto nos permite, a su vez, aplicar estos términos a formaciones sociales muy específicas.

En efecto, si bien todas estas formaciones se basan en relaciones tributarias de producción, están separadas entre sí por circunstancias históricas y relaciones jurídicas específicas. Esto no significa, sin embargo, que cada una de estas configuraciones históricas represente un modo de producción independiente.

Las sociedades históricas basadas en el modo de producción tributario pueden tender a la centralización o a la fragmentación, incluso oscilar entre ambas, o diferir en la forma de apropiación y distribución del tributo.

Jairus Banaji y el capitalismo comercial

Aunque Chris Wickham y John Haldon no están de acuerdo en lo que puede definirse principalmente como modo de producción, comparten un objetivo común: entender cómo las diferentes élites gobernantes pudieron someter a sus poblaciones campesinas y cómo utilizaron el producto social excedente que tomaron de los productores.

Conceptualmente, los modos de producción tributarios y feudales se refieren a las relaciones sociales clave que permitían a la autoridad política de un territorio determinado apropiarse y distribuir un producto excedente. Sin embargo, debemos señalar que parte de este producto excedente, tras su apropiación como tributo, no se consumía directamente ni se distribuía a los lugares correspondientes. En casi todas partes, una parte del producto excedente se canalizaba hacia la circulación y el intercambio.

La cuestión de la circulación es el centro de las investigaciones de Jairus Banaji, un historiador del Mediterráneo medieval y de Oriente Medio que también estudia la larga historia del capitalismo. Sus principales puntos de referencia en el firmamento marxista difieren de los de Wickham y Haldon. Se basa en la obra de dos intelectuales rusos del siglo XX: el historiador Mikhail Pokrovsky y el economista Yevgeny Preobrazhensky.

En su libro A Brief History of Commercial Capitalism, Banaji distingue entre lo que Marx llamó el «modo de producción capitalista», es decir, un nuevo orden social revolucionario que solo existe desde hace dos siglos, y el capitalismo en un sentido más general. Según Banaji, esto último también puede referirse al capitalismo mercantil que existió en ciertas regiones del mundo entre los siglos XII y XVIII.

Con este punto de vista, Banaji se opone a un marxismo ortodoxo según el cual la riqueza comercial no constituye «capital» en el sentido marxiano, mientras esta riqueza permanezca externa al proceso de producción. Se diferencia de lo que Marx llamó la «subsunción real del trabajo bajo el capital» (»reelle Subsumtion der Arbeit unter das Kapital«), ya que en el caso de la riqueza comercial, solo hay apropiación de los productos de los productores privados y se venden con beneficio.

Comercio y producción

Con esta perspectiva alternativa, Banaji se remite al propio Marx, quien escribió en el tercer volumen de El Capital que el propio productor puede convertirse en comerciante y capitalista «o bien, el comerciante se apodera directamente de la producción». Marx entendía la segunda de estas posibles líneas de desarrollo como una forma menos progresiva de transición al capitalismo, ya que dejaría intacto el «modo de producción», es decir, el proceso de trabajo.

El capital mercantil vinculó las esferas de la producción y la circulación de diferentes maneras y en diferentes períodos. Su larga historia comprende los mercados monetarios internacionales, redes de intermediarios, la integración vertical de la producción agrícola y los negocios de plantación. Banaji rastrea los orígenes básicos del capitalismo mercantil hasta la antigüedad y los primeros tiempos del islam, pero señala que es imposible precisar sus orígenes históricos, como ocurre con cualquier cambio de época.

Los mercaderes del mundo islámico del siglo X organizaban asociaciones comerciales, financiaban viajes, transportaban mercancías y controlaban el comercio marítimo del Mediterráneo, Oriente Medio y el Océano Índico. En el siglo XI, la dinastía china Song se caracterizó por el crecimiento constante de las actividades capitalistas en la minería y la producción de hierro, y el rápido crecimiento del comercio exterior y el mercado monetario.

Los grupos capitalistas dominaban las ciudades mercantiles de Italia y ejercían en ellas diversas funciones. En Florencia organizaron a los productores nacionales en redes de empresas intermediarias, en Bolonia invirtieron en la producción de nuevos diseños manufactureros, mientras que en Génova y Venecia organizaron el comercio a través de negocios de intercambio y bancos de comercio.

La base de la mayoría de los oficios manufactureros era el trabajo de las familias campesinas. Su subsunción formal bajo el capital mercantil a través de los canales de circulación implicaba la apropiación de grandes cantidades de trabajo familiar no remunerado en beneficio de los mercaderes. El modelo de capitalismo mercantil de Banaji es un modelo de desarrollo combinado, no de una sucesión lineal entre diferentes modos de producción.

Desnaturalizar el capitalismo

Los modelos que diseñaron Wickham y Haldon nos muestran que no es crucial si identificamos uno, dos o tres modos de producción, o si llamamos a uno de ellos «tributario» o «feudal». La utilidad de un término se mide más bien por su capacidad para iluminar las configuraciones históricas del cambio social.

Las sociedades se desarrollan a través de la interacción humana. El término «modo de producción» pretende revelar las relaciones políticas y económicas que imponen sus condiciones a estas interacciones.

En las sociedades basadas en el modo de producción tributario/feudal, el producto excedente es apropiado por las élites, pero también se distribuye e intercambia a través de la transacción de intermediarios comerciales. Los trabajos de Banaji examinan las circunstancias bajo las que los mercaderes promovieron la expansión del comercio al tiempo que eran ayudados u obstaculizados por el poder de otros grupos sociales.

Las diferencias entre estas diversas escuelas de pensamiento son significativas porque son un reflejo de la diversidad de la historia humana. Como escribió Marx, en determinadas circunstancias el productor puede convertirse en comerciante y el comerciante en productor. Cada vez que surgía uno de ellos, el capital se expandía.

Pero estas expansiones se produjeron de diferentes maneras. Esto podría ir desde las convulsiones en las relaciones agrícolas hasta los cambios en el mundo del comercio. El Estado podría desempeñar un papel decisivo en este sentido. Podría convertirse en el impulsor de una economía de gran expansión del capital, como fue el caso del sistema fiscal de finales del imperio romano. También podría actuar como catalizador en la transición del capitalismo mercantil al modo de producción capitalista: El siglo XIX fue testigo de la brusca aparición de economías nacionales que se caracterizaban más por la industria a gran escala que por el comercio en sí.

En el largo período que media entre estos dos ejemplos, se pueden encontrar muchas líneas diferentes de desarrollo de la expansión del capital. Las variantes del capitalismo comercial organizado eran muchas. Desde los estados musulmanes hasta los imperios chinos y los reinos ibéricos transatlánticos, difieren no solo en la forma de su producción sino también en la relación entre el capital y la autoridad política.

La fuerza de las corrientes marxistas aquí descritas reside precisamente en tomar en serio esta variabilidad. No entienden las convulsiones históricas como una mera transición de un modo de producción al siguiente.

Al desarrollar un análisis social de las estructuras materiales y los procesos históricos, crearon simultáneamente un conjunto de conceptos fundamentales que rechazan la visión lineal de la historia y el eurocentrismo que lleva aparejada. Sin embargo, más que nada se oponen a la concepción de un camino predeterminado de la historia cuya meta inevitable es el capitalismo.

(Tomado de Jacobin)

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