Cine trascendental: «La mejor oferta», de Giuseppe Tornatore: La soledad por el miedo a amar

por Jordi Mat Amorós i Navarro

«Las personas que viven dando y dándose a los demás, viven y hacen vivir. En cambio, las personas que guardan y nunca dan, se fabrican una vida amarga, desdichada e infeliz».
Roger Padrón Luján

«En el fondo sabemos que al otro lado de cada miedo está la libertad».
Rabindranath Tagore

Preliminar

Para aquellos lectores que no hayan visto este filme y quieran hacerlo: quizás sea mejor leer este artículo tras su visionado dado que en él se explican detalles esenciales de su argumento (incluido el final).

Guantes, protegerse

Virgil Oldman (Geoffrey Rush, en una excelente interpretación) es experto en arte y agente de subastas. Él es un hombre solitario por voluntad propia. De entre sus rarezas destaca la costumbre de ir siempre enfundado en guantes, los guantes como forma de expresar su temor al contacto. Tornatore nos ofrece una simbólica escena a los inicios del filme que define a este singular personaje: en un restaurante de lujo —él es hombre rico y de gustos exquisitos— vemos cómo Oldman es el único comensal sin compañía, todos observan esa soledad ya conocida por muchos.

Y el maître que le felicita por entender que es su cumpleaños mientras que él con su cara alargada sólo asiente levemente, tras lo que sigue una contundente imagen en la que lo vemos de espaldas tal y cómo Oldman se sitúa en ese comedor; él totalmente de espaldas a la gente y cara a la pared, la imagen del auto-castigado que encarna en su glamour intocable.

La escena se completa con el lento consumir de la estilizada vela que corona el pastel que Oldman observa impávido sin probarlo, vemos cómo la llama tapa su nariz. El estilizado vertical tan emparentado con el miembro viril erecto, la nariz que suele asociarse simbólicamente al pene, en definitiva la pasión sexual que él nunca ha experimentado en su frío aislamiento y en su estricto control. Control que queda patente cuando él asegura al extrañado maître que aún no es su cumpleaños dándole la hora con precisión milimétrica, así es Oldman.

Ese hombre sólo muestra algo de pasión cuando dirige las subastas, allí se suelta e incluso se permite hacer bromas; lo que sea para que pujen al máximo, para aumentar sus beneficios, para atesorar más dinero y posesiones en su entiendo egoísta soledad. Oldman no tiene reparos en utilizar a su único amigo Billy (Donald Sutherland) —un buen pintor al que no valora suficientemente— para que puje y así aumentar la oferta o para adquirir a través suyo algún original que ha presentado engañosamente como copia.

Su atesorar tiene como máxima expresión la extensa colección de retratos femeninos que guarda tras el armario repleto de sus definitorios guantes. Impresiona la gran cámara acorazada secreta con las paredes a rebosar de belleza femenina de todas las épocas, allí Oldman se sienta contemplándolas en su soledad casi atemporal, casi eterna. Soledad fruto de su evitación del contacto humano —especialmente con las mujeres— en lo que entiendo su miedo al descontrol y al sentir profundo ligados a una relación, sentir a veces doloroso que algunos —como él— prefieren evitar. Es significativa la escena en la que vemos con qué delicadeza casi acaricia (a pesar de sus omnipresentes guantes) un retrato femenino. La mujer, ese objeto de deseo que guarda y observa en los retratos en su miedo atroz al contacto.

Un hombre así parece estar llamando a que alguien o algo le remueva; remueva esa “vida” controlada, ese aislamiento, esa soledad, esa monotonía… El Oldman egoísta y estafador va a ser estafado por Claire (Sylvia Hoeks) una mujer joven que solicita sus servicios profesionales para valorar su colección heredada, una mujer muy especial que va a desbaratar tanta defensa y control. Ya en su primera conversación telefónica Claire se excusa por no estar acostumbrada a hablar con la gente y él sintiéndose identificado expresa su limitante convicción de que: “hablar con las personas es peligrosísimo”.

La joven lo pone a prueba plantándolo en distintas ocasiones, pero Oldman aguanta lo que nunca ha hecho por un doble interés: unas misteriosas piezas de maquinaria que encuentra en la mansión familiar donde se guarda la colección a tasar —piezas valiosas que sustrae sin miramiento— y la propia joven Claire a quien aún no ha visto en persona. Claire como misterio intrigante, Oldman averigua —por el sirviente de la familia— que ella padece agorafobia y se esconde de todos. Otra persona que se auto-protege, otra soledad por el miedo.

El primer encuentro de esos dos solitarios se produce en la mansión, ella refugiada en su habitación secreta, la habitación secreta de una mujer que teme ser vista versus la habitación secreta de un hombre que colecciona mujeres para verlas sin riesgos. Allí —tras una pared pintada como si viviera en un cuadro— le cuenta su vida, su astuto engaño al estafador. Se presenta como una mujer aislada, afirma que desde pequeña no sale de esa habitación si hay alguien en la casa. Oldman quiere saber por qué se esconde, ella le explica que por lo mismo que él va siempre con guantes: “es una cuestión de higiene”, se justifica Oldman en su no querer reconocer la verdad. Pero Claire se la muestra: “Usted tiene miedo de tocar a los otros, le da asco tocar lo que poseen. Yo tengo miedo de ir donde ellos viven. Me parecen elecciones personales similares”. Ella le mira por una mirilla situada en un pájaro (la imagen del deseo de volar libre), ella va a seguir jugando con ese hombre consiguiendo mantener su interés por verla, por conocerla, por tocarla.

La actriz Sylvia Hoeks en «La mejor oferta» (2013)

Piel, sentirse

Para saber qué son esas piezas de maquinaria que ha robado, Oldman acude a Robert (Jim Sturgess) un joven especializado en todo tipo de aparatos. Averigua que pertenece a un antiguo autómata fabricado por un reputado constructor, un autómata único ya que era capaz de adivinar la verdad de las personas. Oldman conocedor del hecho comenta: “el humanoide hablaba seguramente gracias a un truco pero lo que decía era auténtico”, en su interés por esa máquina seguirá hurtando piezas y le encargará a Robert su reconstrucción.

Y en cada visita para saber cómo va ese encargo, Oldman le hablará de su otro interés, de Claire. Poco a poco se irá dejando aconsejar por ese atractivo joven que se muestra exitoso con las mujeres. En una de sus conversaciones Robert afirma: “Los engranajes son como las personas. Si están muy juntos terminan adoptando la forma entre sí”. Y Oldman llegará a confesarle que se siente como el autómata en construcción, incompleto; añadiendo: “la admiración que siento por las mujeres, es igual al miedo que siempre he tenido y a mi incapacidad para comprenderlas”. O el reconocimiento de su realidad, realidad que parecía negar y que Claire evidenció.

Robert le ayuda a elaborar estrategias para poder ver y acercarse a esa enigmática mujer. Así Oldman decide correr riesgos, lo vemos en una nueva visita valorativa despidiéndose de Claire fingiendo cerrar la puerta para observarla salir de su encierro. La observa tras una explícita escultura de una pareja besándose con el sexo tapado y protegido, la observa pero huye sin afrontar la situación. Será en una segunda ocasión cuando acabe viéndola con su consentimiento, cuando por fin se quite los guantes para acariciar delicadamente su bello rostro. Antes de hacerlo se le confiesa inexperto y añade: “puedo cometer errores pero no le haré mal a nadie”, toda una declaración de intenciones de un hombre que estafa en lo material pero para nada pretende hacerlo en el amor. Desafortunadamente para él, este no es el caso de Claire.

En su ya reconocido amor por esa joven, Oldman le prepara una cena en la mansión con todo lujo de detalles. Claire se interesa por saber más de su vida y hablan sobre arte. Hablan de originales y de copias y ella recuerda una entrevista en la que Oldman afirmaba: “en cada falso se esconde siempre algo de auténtico”, él le explica que en la simulación el falsificador no se resiste a la tentación de hacer suya la copia afirmando que: «un pequeño detalle suyo hace que se traicione desvelando su propia sensibilidad”.

La relación prospera y Claire le muestra por fin su habitación, allí ella lo besa y allí él descubre más piezas del autómata. La joven ve en él —quizás con razón— más interés por las antigüedades que por ella misma y le pide que se vaya. Al comentarlo con Robert, este le pregunta que de tener que elegir si optaría por al autómata o por Claire. Oldman se da cuenta de su error y vuelve a la mansión donde acaba acostándose con su amada, por vez primera en su vida siente al desnudo a una mujer.

Oldman en su felicidad agradece a Robert su ayuda estrechando su mano ya sin los guantes, ya por fin sin su auto-protección histórica. Y le pregunta si cree que el amor puede ser una simulación —esa es la opinión de Billy— a lo cual Robert responde que tal cómo comenta él del arte: “no lo puede ser del todo”.

Y como jugada final el planeado ataque a Oldmann por unos hombres frente a la mansión, lo vemos y lo ve Claire desde su ventana malherido tirado en la calzada. La joven sale de su encierro para auxiliarle y le acompaña al hospital. Claire está “curada” gracias a él, así lo cree un satisfecho Oldman quien la instala en su vivienda. En la intimidad de su antes solitario hogar se confiesa estúpido por mantener distancia con todos y reconoce que gracias a ella se ha dado cuenta: “somos iguales”, afirma convencido. Y la lleva a la sala de los retratos femeninos proponiéndole que viva con él, se abrazan y proclaman su —desigual— amor.

Oldman ha cambiado radicalmente, decide viajar a Londres para realizar su última subasta y dedicarse por entero a disfrutar de la compañía de su amada, Claire se queda en casa puesto que aún no está preparada para tanto. Y al volver al hogar, ella no está ni tampoco sus retratos. En la sala acorazada sólo queda el autómata ya acabado que repite: “en cada falsificación se esconde siempre algo de auténtico. Estoy de acuerdo con usted, de hecho lo extraño, Sr. Oldman”.

«La mejor oferta»

Entender, el tiempo

El golpe es durísimo, vemos a Oldman al cabo de un tiempo totalmente abatido e internado en una residencia de ancianos. Recuerda cómo averiguó que todo fue un engaño, una estafa planeada por Billy, Robert y Claire. Una de las personas que le informan es una mujer que siempre está pendiente en la ventana del bar frente a la mansión, Claire —así se llama ella—  le cuenta que la joven salía continuamente y que la mansión es suya, se la alquiló a Robert.

Todo ese dolor lo recuerda Oldman montado en un aparato giroscópico de rehabilitación, lo recuerda cual hombre atrapado en ese movimiento mareante. Tornatore alterna significativamente ese giro con las escenas de cama con Claire y los giros de su entrega amatoria. A pesar de esta y otras evidencias de la estafa sufrida, Oldman se muestra incapaz de denunciarlos por su amor a Claire, a quien espera reencontrar.

En ese recordar lo vemos sentado en su restaurante favorito en Praga. Allí ella le contó que empezó todo por la pérdida de su primera pareja, allí en un ambiente decorado por relojes con maquinaria a la vista, la espera. Y la cámara que se aleja de esa mesa resaltando su soledad, resaltando que está al fondo de la sala —al fondo del pozo— aunque ya no de cara a la pared como era costumbre del Oldman con guantes que fue.

El entendido en arte que es capaz de descubrir el engaño de una falsificación por un pequeño detalle ha sido estafado por una mujer que ha simulado amor por él. Y aunque probablemente Claire —o como se llame— algo le ha amado haciendo válida la afirmación de que: “cada falsificación esconde siempre algo de auténtico”, su amor no ha sido para nada comparable al amor que Oldman ha sentido. Ahora el experto en arte sabe algo de pasión, ahora ha vivenciado el placer de la entrega amorosa y el dolor de la pérdida del romance: ahora es más humano.

Tristemente ha sido vencido por un sólo desengaño, sabemos que son habituales los desengaños amorosos a lo largo de la vida de las personas. Y que de cada uno depende sobreponerse a ellos y entender lo ocurrido para mejorar nuestras futuras relaciones. Nadie nace enseñado y menos aún en el amor, donde se aprende con el tiempo y especialmente de los errores. Oldman durante casi toda su vida fue incapaz de sentir y entender a él mismo y a las mujeres, necesitaba experimentar, lo estaba pidiendo a gritos, pero entiendo que su mayor desgracia ha sido experimentar el amor a tan avanzada edad, para él el tiempo se agota y con él las posibilidades.

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Jordi Mat Amorós i Navarro es pedagogo terapeuta por la Universitat de Barcelona, España, además de zahorí, poeta, y redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

«La mejor oferta», de Giuseppe Tornatore editada por Anagrama en 2014

Tráiler:

(Tomado de Cine y Literatura)

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