Autopsia de la Democracia Cristiana: de partido contrarrevolucionario a apéndice socialdemócrata

por Alejandro Valenzuela Torres

Este fin de semana, la Democracia Cristiana (DC) celebra una Junta Nacional decisiva. Sus dirigentes debatirán si entregan su apoyo a la candidatura presidencial de Jeannette Jara (PC), una decisión marcada por el resurgimiento de viejos fantasmas: su anticomunismo estructural, su naturaleza de clase, y la profunda crisis de identidad que atraviesa una organización que, nacida como escisión confesional del Partido Conservador, sirvió históricamente como muro de contención de la revolución chilena.

La Democracia Cristiana nunca fue un partido de centro ni de reformas progresivas. Desde sus orígenes, encarna el proyecto de una fracción de la burguesía —la católica, empresarial, modernizante— que ha intentado desde mediados del siglo XX dirigir el proceso político chileno para impedir su transformación radical.

La DC nace en 1957 de las entrañas del Partido Conservador, mediante la unificación de diversos grupos socialcristianos. Participan en su creación la Falange Nacional, el Partido Nacional Cristiano y el Partido Conservador Social Cristiano, grupos escindidos del Partido Conservador y el Partido Agrario Laborista, y que junto a diversas agrupaciones e independientes, formaban la Federación Social Cristiana. Inspirados en el falangismo español —síntesis de nacionalismo autoritario y clericalismo corporativo—, figuras como Eduardo Frei Montalva o Radomiro Tomic resumían ese catolicismo militante, antimarxista y paternalista. Su matriz ideológica no era ni liberal ni pluralista: era confesional, organicista, autoritaria y estatista.

Luis Vitale sintetiza con claridad esta relación estructural entre confesionalismo y función política: “La Democracia Cristiana no constituye una tercera vía entre el capitalismo y el socialismo, como pretende, sino que es una modalidad del sistema capitalista que pretende frenar el avance del movimiento obrero mediante reformas mínimas, y cuando éstas no bastan, mediante la represión abierta.” (Luis Vitale, “Esencia y apariencia de la Democracia Cristiana”)

En efecto, tras la derrota electoral del Frente de Acción Popular (FRAP) en 1964, la CIA intervino directamente en Chile para garantizar el ascenso de Frei Montalva, financiando su campaña con más de 3 millones de dólares. La elección presidencial de Frei fue la operación más costosa de la Agencia en América Latina durante la Guerra Fría. El motivo era claro: impedir la victoria de Salvador Allende y ofrecer una alternativa burguesa al marxismo creciente en las masas.

Este Frei Montalva, cuyo legado algunos sectores de la DC todavía reivindican, instauró un bonapartismo anticomunista. Su gobierno (1964–1970), apoyado en las clases medias, desplegó una retórica nacionalista (“la revolución en libertad”) y movilizó a miles con su famosa “Marcha de la Patria Joven”. Pero detrás del discurso reformista se escondía una estrategia de contrarrevolución.

La ilusión reformista se hizo trizas con las masacres de El Salvador y Pampa Irigoin (1966 y 1969), en las que el Gobierno democratacristiano ordenó la represión armada de trabajadores y pobladores movilizados. Aquellas matanzas marcaron el hundimiento moral y político de la DC como referente popular. Los sectores más combativos del movimiento de masas comprendieron que Frei no era una alternativa, sino un dique institucional al alzamiento social.

En 1973, la Democracia Cristiana firma con el Partido Nacional el Pacto de Defensa de la Constitución y el Orden (CODE), una alianza explícitamente contrarrevolucionaria. La burguesía, asustada por la profundización del proceso revolucionario, necesitaba destruir la UP. El CODE fue su dispositivo civil, una antesala política del Golpe de Estado y la versión institucional del agrupamiento fascista Patria y Libertad.

Aunque la DC no participó como partido en la Junta Militar, muchos de sus cuadros sí lo hicieron. Solo más tarde, cuando el régimen se endurece y se vuelve indefendible internacionalmente, la DC rompe con Pinochet, pero no para impulsar una salida revolucionaria, sino para canalizar la presión popular hacia una transición pactada y desmovilizadora.

Tras su ruptura con la dictadura, la DC se alinea con el Partido Demócrata estadounidense y la socialdemocracia europea, especialmente a través del financiamiento de la Fundación Konrad Adenauer. Desde ahí construye la “oposición responsable”, que no cuestiona el modelo neoliberal, sino que busca una salida institucional al régimen.

Es la DC la que impulsa la Alianza Democrática, la Asamblea de la Civilidad y, más tarde, la Concertación, no para derrocar a Pinochet, sino para salvar su régimen mediante un nuevo pacto social: mantener la Constitución de 1980, respetar la autonomía de los militares, y preservar el modelo económico. A cambio, se permite la alternancia electoral.

La DC gobernó Chile durante dos décadas con la Concertación. Pero en el camino, perdió toda conexión con las masas populares. El Partido Socialista le arrebató el eje de la coalición, y más tarde el Frente Amplio y el PC ocuparon el espacio de la izquierda institucional. Hoy, sin proyecto ni base, la DC es una fuerza decadente, desgarrada entre su pasado anticomunista y su necesidad de sobrevivir en el nuevo mapa político.

El debate sobre apoyar a Jeannette Jara es la expresión última de esa contradicción interna. Para un sector de la DC, alineado con Yasna Provoste y figuras municipales, la alianza con el PC puede garantizar cargos y presencia. Para otros, como Alberto Undurraga, sería “renegar del alma del partido”: su histórico anticomunismo.

Apoyar a Jara no implica ningún giro ideológico: significa una capitulación oportunista para mantener migajas de poder. La historia de la Democracia Cristiana no será redimida por alianzas tardías. Su papel ha sido el de una fuerza estructuralmente contrarrevolucionaria, útil al imperialismo y al capital nacional para desviar, contener y aplastar la lucha de clases.

Es por eso que la declaración conjunta de sus últimos seis ex presidentes (Zaldívar y cía) oponiéndose al apoyo a la candidatura de Jara, resultó sorprendente más que por su contenido, por su completa intrascendencia. Como lo advirtió Vitale, la DC no fue nunca una vía intermedia: fue la máscara democrática de la reacción burguesa. Y esa máscara, hoy, se resquebraja frente al abismo de su propia irrelevancia.

Que la DC se aferre al anticomunismo para salvar su identidad revela en realidad que ha desechado inclusive jugar el único papel que le quedaba en la historia, hacer de comparsa de la candidatura socialdemócrata y de centro-izquierda de Jeannette Jara. Esa condición de apéndice decidirá la DC este fin de semana en su Junta Nacional, no otra cosa.