Después de la muerte de su hija, Rodolfo Walsh le escribe esta carta:
29/9/76
Querida Vicki:
La noticia de tu muerte me llegó hoy a las tres de la tarde. Estábamos en reunión cuando empezaron a transmitir el comunicado. Escuché tu nombre, mal pronunciado, y tardé un segundo en asimilarlo. Maquinalmente empecé a santiguarme como cuando era chico. No terminé con ese gesto. El mundo estuvo parado ese segundo. Después les dije a Mariana y Pablo: “era mi hija”. Suspendí la reunión.
Estoy aturdido. Muchas veces lo temía. Pensaba que era excesiva suerte no ser golpeado, cuando tantos otros son golpeados. Sí, tuve miedo por vos, como vos por mí, aunque no lo decíamos. Ahora el miedo es aflicción. Sé muy bien por qué cosas has vivido, combatido. Estoy orgulloso de esas cosas. Me quisiste, te quise. El día que te mataron cumpliste 26 años. Los últimos fueron muy duros para vos. Me gustaría verte sonreír una vez más.
No podré despedirme, vos sabés por qué. Nosotros morimos perseguidos, en la oscuridad. El verdadero cementerio es la memoria. Ahí te guardo, te acuno, te celebro y quizás te envidio, querida mía.
Hablé con tu mamá. Está orgullosa en su dolor, segura de haber entendido tu corta, dura, maravillosa vida.
Anoche tuve una pesadilla torrencial, en la que había una columna de fuego, poderosa pero contenida en sus límites, que brotaba de alguna profundidad.
Hoy en el tren un hombre me decía: “Sufro mucho. Quisiera acostarme a dormir y despertarme dentro de un año”. Hablaba por él pero también por mí.
Un 29 de septiembre de 1976 muere Victoria “Vicky” Walsh. Acababa de cumplir, el día anterior, 26 años. Fue en el marco de un operativo militar conocido como “el combate de la calle Corro”. En este intervinieron más de 150 efectivos, tanques, y hasta un helicóptero. Este combate del barrio de Villa Luro, las tropas del ejército rodearon la casa operativa donde se encontraban un grupo de militantes montoneros.
Vicky Walsh junto a sus compañeros decidieron resistir el asedio. Victoria, que había empezado su militancia como delegada sindical de sus compañeros periodistas del diario La Opinión, estaba con su hija de un año a la que escondió debidamente junto con otra niña de 9 años. La primera etapa del combate duró hora y media. Allí murieron los tres militantes que resistían en la planta baja. Ya conscientes de la inexorabilidad de la derrota Victoria Walsh y Alberto Molinas, del secretariado de Montoneros, desde la terraza, continuaron respondiendo con ametralladoras a los disparos de los militares.
Unos meses despues de la trágica muerte de Victoria, su padre, el escritor y también militante montonero Rodolfo Walsh escribe una sentida “Carta a mis amigos” despues de haber escuchado el testimonio de uno de los soldados intervinientes. Rodolfo reconoció a su hija en las palabras del soldado: “Nos llamó la atención la muchacha porque cada vez que tiraba una ráfaga y nosotros nos zambullíamos, ella se reía”. Así escribió el autor de Operación Masacre: “He tratado de entender esa risa. La metralleta era una Halcón y mi hija nunca había tirado con ella, aunque conociera su manejo por las clases de instrucción. Las cosas nuevas, sorprendentes, siempre la hicieron reír”.
«De pronto —dice el soldado— hubo un silencio. La muchacha dejó la metralleta, se asomó de pie sobre el parapeto y abrió los brazos. Dejamos de tirar sin que nadie lo ordenara y pudimos verla bien. Era flaquita, tenía el pelo corto y estaba en camisón. Empezó a hablarnos en voz alta pero muy tranquila. No recuerdo todo lo que dijo. Pero recuerdo la última frase, en realidad no me deja dormir. —Ustedes no nos matan —dijo—, nosotros elegimos morir. Entonces ella y el hombre se llevaron una pistola a la sien y se mataron enfrente de todos nosotros». Ni Victoria ni Alberto estaban dispuestos a ser sometidos a la condición de rehén de la dictadura, a ser torturados, vejados, violados, y finalmente arrojados en un vuelo de la muerte, como le estaba ocurriendo a muchos de las y los militantes desaparecidos.
La hija de Victoria Walsh se salvó y fue devuelta a su familia. Rodolfo Walsh da cuenta del inmenso dolor por la muerte de su hija en la Carta referida, y al mismo tiempo hace una lúcida reflexión sobre esa generación militante que dio la vida por sus ideales: «Me he preguntado si mi hija, si todos los que mueren como ella, tenían otro camino. La respuesta brota desde lo más profundo de mi corazón y quiero que mis amigos la conozcan. Vicki pudo elegir otros caminos que eran distintos sin ser deshonrosos, pero el que eligió era el más justo, el más generoso, el más razonado. Su lúcida muerte es una síntesis de su corta, hermosa vida. No vivió para ella, vivió para otros, y esos otros son millones»
