por El Porteño
Un nuevo aniversario de la fundación del Movimiento de Izquierda Revolucionaria invita no solo a recordar a quienes entregaron su vida a la lucha por el socialismo, sino también a recuperar críticamente una experiencia que continúa planteando problemas fundamentales para las nuevas generaciones de revolucionarios.
El MIR nació el 15 de agosto de 1965 como una organización que se proclamaba revolucionaria frente a las estrategias reformistas predominantes en la izquierda chilena. Su fundación fue el resultado de la convergencia de corrientes políticas y tradiciones militantes diversas: sectores socialistas disidentes; la Vanguardia Revolucionaria Marxista-Rebelde, en la que participaban los jóvenes revolucionarios de Concepción; el Partido Obrero Revolucionario y otros agrupamientos de procedencia trotskista; el Partido Socialista Popular y el Partido Socialista Revolucionario; antiguos militantes comunistas y radicales; y sectores sindicalistas y libertarios vinculados con el Movimiento de Fuerzas Revolucionarias.
Entre sus principales dirigentes fundadores se encontraban Enrique Sepúlveda, primer secretario general; el histórico dirigente sindical Clotario Blest; los militantes trotskistas Humberto Valenzuela y Luis Vitale; el socialista revolucionario Óscar Waiss; y una generación más joven representada por Miguel Enríquez, Bautista van Schouwen y Luciano Cruz.
Esta confluencia no fue una simple suma de grupos. Expresaba la búsqueda de una organización capaz de superar tanto la dispersión de la izquierda revolucionaria como la subordinación política del movimiento obrero a las instituciones del Estado burgués. Frente a la estrategia gradualista de los partidos Comunista y Socialista, el MIR sostuvo que el capitalismo no podía ser eliminado mediante una sucesión indefinida de reformas ni por la sola conquista electoral del gobierno. La tarea planteada era la conquista del poder por los trabajadores y los sectores explotados, la destrucción del Estado burgués y la construcción de una sociedad socialista.
La heterogeneidad de su composición originaria fue, al mismo tiempo, una fuente de riqueza y de conflictos. En el MIR convivieron tradiciones trotskistas, socialistas revolucionarias, sindicalistas, libertarias y castro-guevaristas. Todas compartían el rechazo al reformismo, pero no poseían una misma comprensión de la revolución chilena, de las clases llamadas a protagonizarla, de la construcción del partido ni de la relación entre la acción política de masas y la lucha armada.
La segunda cuestión decisiva se abrió con el ascenso de la generación encabezada por Miguel Enríquez. En el Tercer Congreso, realizado en diciembre de 1967, esta corriente conquistó la mayoría de la dirección y Enríquez fue elegido secretario general. Desde 1968, la nueva conducción profundizó una concepción estratégica influida por la Revolución cubana, el pensamiento del Che Guevara y las formulaciones difundidas por Régis Debray.
El MIR adoptó entonces una orientación castro-guevarista que colocó la preparación político-militar y la lucha armada en el centro de su estrategia. La revolución fue concebida como una guerra revolucionaria que debía combinar la inserción en el movimiento de masas con la construcción de una fuerza político-militar propia. El nuevo curso permitió superar algunos rasgos propagandísticos y la fragilidad organizativa del período inicial, profesionalizar cuadros y extender la influencia mirista entre estudiantes, pobladores, campesinos mapuche y sectores de la clase trabajadora.
Al mismo tiempo, esta definición modificó los términos de la controversia con la izquierda reformista. La discusión tendió a concentrarse en la oposición entre vía pacífica y vía armada. En el lenguaje político de aquellos años, y particularmente bajo la influencia de Debray, el dilema entre reforma y revolución apareció identificado cada vez más con la cuestión de los métodos: elecciones o lucha armada, legalidad institucional o guerra revolucionaria.
El mérito histórico del MIR consistió en combatir la ilusión de que la burguesía y el imperialismo aceptarían pacíficamente la pérdida de su poder. El golpe de Estado de 1973 confirmó trágicamente que la institucionalidad burguesa no era un terreno neutral y que las clases dominantes recurrirían a la violencia más extrema para impedir una transformación social profunda.
Pero reconocer esta verdad no exime de examinar críticamente los límites de la estrategia mirista. Reducir la diferencia entre reforma y revolución a la alternativa entre vía pacífica y vía armada podía dejar en un segundo plano problemas decisivos: la conquista de la mayoría de la clase trabajadora, la lucha política dentro de sus organizaciones, la relación entre partido y organismos de poder popular, la preparación concreta frente al golpe y la construcción de una dirección revolucionaria capaz de disputar efectivamente la conducción del conjunto del movimiento obrero.
La derrota del MIR estuvo ligada a la represión feroz de la dictadura y al exterminio de una parte fundamental de sus cuadros, pero también obliga a discutir sus propias decisiones, concepciones y límites. Una conmemoración revolucionaria no puede convertir esa experiencia en una leyenda inmune al balance ni sustituir el estudio de sus contradicciones por una repetición ritual de sus consignas.
El fracaso político y estratégico del MIR no significa, sin embargo, la derrota definitiva de su ideario. No invalida la necesidad de superar el capitalismo, conquistar el poder político de los trabajadores ni construir una sociedad socialista. Tampoco borra la entrega, el coraje y la consecuencia de miles de militantes que enfrentaron la explotación, la reacción patronal y la dictadura.
Rescatar hoy el legado del MIR exige algo más que rendir homenaje a sus combatientes. Exige estudiar críticamente su historia, distinguir sus aportes de sus errores y extraer conclusiones para las luchas presentes. Esa tarea corresponde especialmente a las nuevas generaciones de revolucionarios, no para reproducir mecánicamente las respuestas de otra época, sino para avanzar en la construcción de una nueva dirección política de la clase trabajadora: revolucionaria, internacionalista, enraizada en las masas y capaz de conducir la lucha por el poder y el socialismo.
