La pedagogía de la derrota: los parlamentarios dicen “no se puede” frente a la ofensiva reaccionaria de Kast

por Alejandro Valenzuela Torres

La aprobación en la Cámara de Diputados de la llamada “Megarreforma” impulsada por el gobierno de José Antonio Kast no constituye únicamente una ofensiva tributaria en favor del gran capital. Expresa además una operación política más profunda: la tentativa de instalar entre los trabajadores la idea de que toda resistencia es inútil, que el Parlamento ya está resuelto y que la correlación institucional hace imposible cualquier derrota del programa reaccionario del gobierno. La reforma —que contempla rebajas sustanciales de impuestos a grandes empresas, reintegración tributaria e invariabilidad por 25 años para grandes inversionistas— fue denunciada incluso desde sectores parlamentarios opositores como un verdadero “candado neoliberal” destinado a blindar jurídicamente los privilegios del capital financiero y exportador durante décadas. 

Sin embargo, más revelador que el propio contenido del proyecto ha sido el comportamiento político de quienes dicen oponerse a él. Tras la reciente movilización convocada por la CUT el pasado 19 de mayo, numerosos parlamentarios de la ahora oposición concurrieron cuando ya se había retirado la mayor parte de los manifestantes para transmitir un mensaje cuidadosamente desmovilizador: “no hay nada que hacer”, “ellos tienen los votos”, “las mayorías parlamentarias ya están definidas”. No se trató de una constatación técnica ni de una simple evaluación legislativa. Fue una intervención política dirigida a inocular parálisis entre los trabajadores precisamente en el momento en que el gobierno busca consolidar una ofensiva histórica contra las condiciones de vida del pueblo.

La vieja política parlamentaria chilena ha cumplido reiteradamente esa función en momentos decisivos: desplazar la lucha desde la calle hacia la espera institucional y, una vez allí, declarar que las reglas del régimen impiden modificar el resultado. Es el mismo mecanismo ideológico mediante el cual la derrota se presenta como fatalidad democrática. Bajo la apariencia de “realismo” se esconde una pedagogía de la impotencia. El trabajador debe convencerse de que ninguna movilización puede alterar la correlación de fuerzas, que toda confrontación está perdida de antemano y que solo queda administrar el retroceso.

La paradoja es brutal. Mientras se denunciaba públicamente la “Megarreforma” como una gigantesca transferencia de recursos hacia las grandes fortunas, sectores de la burocracia sindical y del progresismo institucional contribuían simultáneamente a estabilizar políticamente el proceso. No se trata simplemente de contradicciones comunicacionales. Es la expresión concreta del papel histórico de las direcciones reformistas: contener la irrupción independiente de los explotados incluso cuando formalmente aparecen criticando al gobierno.

Resulta particularmente ilustrativo que desde la propia cuenta de Instagram de la CUT se compartiera y diera “me gusta” a publicaciones del Ministerio del Trabajo que celebraban la aprobación del proyecto de “Reconstrucción Nacional”. El hecho posee un enorme valor simbólico. Mientras miles de trabajadores observan cómo se consolida un programa destinado a reforzar el poder estructural del capital, la principal central sindical del país reproduce la propaganda gubernamental que legitima dicha ofensiva. No es un accidente digital ni un error anecdótico: expresa la integración orgánica de amplios sectores de la burocracia sindical al régimen político que dicen combatir.

En ese sentido, la “Megarreforma” no debe analizarse solo como una reforma económica. Es también una prueba política acerca de la capacidad de las clases dominantes para imponer disciplina social tras años de crisis, rebeliones y descomposición institucional. El gobierno de Kast busca reconstruir autoridad para el capital bajo el lenguaje de la “reconstrucción nacional”, utilizando la catástrofe, la inseguridad y el agotamiento social como legitimación ideológica de un nuevo ciclo de acumulación reaccionaria. 

Pero precisamente por ello, la insistencia en que “no hay nada que hacer” constituye quizá el elemento más peligroso de toda esta operación. Porque las grandes derrotas históricas de los trabajadores no comenzaron cuando la burguesía obtuvo votos parlamentarios, sino cuando las direcciones políticas y sindicales convencieron a las masas de que carecían de fuerza para intervenir como sujeto independiente de la historia.