Recibí la llamada de un hombre lloroso en la madrugada. Me pedía perdón y suplicaba. Incorporándome y ya de pie comencé a caminar por la habitación a oscuras intentando comprender. Alcancé a ver por las ventanas el desierto y el resplandor de los faroles del jardín. El estupendo hotel estaba en completa quietud. El hombre, congestionado, profería alaridos y reiteraba: “perdona querido, nunca supe, nadie me dijo”. Abruptamente cortó, lo hizo justo en el momento en que estaba en el baño. Al encender la luz y mirarme en el espejo pude darme cuenta —con horror— que estaba afeitado.
Vestido como estaba, salí de la habitación y aún algo dormido me interné por los pasillos del hotel que como todos estos lugares parecía electrizado por un silencio aparente. Me seguían mis guardaespaldas. Un tenue resplandor se despedía a nivel de suelo, permitiéndonos avanzar. Junto al ascensor, una puerta negra con un letrero luminoso indicaba “escape”, me llevaron por esa salida mientras marcaba el teléfono de mis hijas, de mis padres y el tuyo. Nadie estaba conectado.
Al llegar a los estacionamientos pude ver en los comedores un grupo reunido junto a una chimenea, fumaban habanos y bebían. Un hombre en la recepción observó nuestra salida y pareció cuadrarse.
No había estrellas y los asientos estaban fríos. Mientras el chofer aceleraba por el camino que se extendía por el desierto, comencé a despertar. Seguí llamando y nadie respondía. Mientras lo hacía volví a recibir una llamada desde el mismo “número privado”, el hombre lloraba aduciendo que se había limitado a seguir órdenes y su llanto amplificado por los parlantes del auto vibraba junto a un estruendo de lo que parecían vidrios quebrándose y muebles arrojados a las paredes. Luego se cortó la comunicación, esta vez porque perdimos la señal.
Ordené sintonizar la radio policial y en ella se escuchaba, con interferencias, la versión de Jimmy Scott de Nothing compares to you, esa que viene en el compilado de canciones escuchadas por Almodóvar mientras hacía Todo sobre mi madre. Lo tomé como una señal, recordé el disco en tus manos en la Librería Gandhi. El camino se desplegaba por la pampa rocosa mientras las nubes se abrían, dejando que la luna iluminara un asfalto sorprendentemente perfecto. Mucho antes que pudiese ver los blindados y las balizas cortando el camino, el resplandor de las llamas en distintos focos me hizo saber la verdad.
Un helicóptero comenzó a custodiar nuestra caravana. Se sumaron policías motorizados y blindados. Volamos hasta Chacabuco. En el helipuerto fusilaban desertores. Un oficial se me acercó con reparos sobre el procedimiento, alegó debido proceso. Le pedí su arma reglamentaria. Le volé la cabeza. Hecho esto, pregunté si algún otro tenía alguna queja que presentar.
