por Artidoro Sotomayor
La miscelánea noticiosa nos trae hoy, inexplicablemente, datos acerca de Randy Gardner, un joven de California que en 1964 logró estar 264 horas o sea once días sin dormir. Es el record mundial que hasta entonces lo tenía un DJ de Honolulu con 260 horas despierto.
Al departamento que ocupábamos en los años cincuenta y sesenta en la calle Valentín Letelier esquina de Amunátegui, un edificio moderno de ese tiempo con diez pisos, tres alas, ascensores, incinerador y calefacción central por losas radiantes, llegó una versión chilena del record mundial sin dormir. Era un amigo insomne de mi papá, un señor de aspecto normal, anteojos de marco grueso y suéter gris sin mangas, y al que mi padre presentó en la mesa a la hora de almuerzo con un triunfal:
–No duerme.
Un señor que no lograba quedarse dormido. Como niños, mi hermana y yo, no nos pusimos a exigir comprobaciones ni mucho menos, estábamos simplemente asombrados sin saber si aquello era bueno o era malo. Desde luego era raro, y lo raro estuvo siempre presente de modo natural en mi casa, en mi familia, frente a lo raro la actitud de mi padre era observar, convivir, y en general no establecer juicios ni llamar a especialistas, dejar que las cosas cursaran a su modo.
En mi familia casi como que admiraban lo raro y despreciaban lo normal. El cuadro principal de la casa era una carrera de enormes insectos fálicos y verdosos pintado por la Juanita Lecaros, los insectos iban conducidos por unos diablillos de rojo mientras en el cielo de color claro flotaban unos amables insectos translúcidos. Había en la casa un reloj de pájaros, un marco de fotos de madera tallada como panal de abejas, es que algo del sentido decorativo de mi padre apuntaba a lo que llamaba antes «Gabinetes de Curiosidades».
En efecto, a lo largo del Renacimiento, en pleno apogeo de las humanidades, empezaron a proliferar por toda Europa los llamados «cuartos de maravillas», también conocidos como Cabinets de Curiosités en Francia, Wunderkammern en Alemania y Austria, Cabinets of Curiosities o Wonder Chambers en Inglaterra y Kunstkammer en Dinamarca. En España se los llamaba generalmente «gabinete de curiosidades», o también «gabinete de arte y maravilla» o «sala de rarezas». De hecho, estos gabinetes eran unas estancias donde, en su afán por superarse unos a otros, los nobles y burgueses europeos de los siglos XVI, XVII y XVIII coleccionaban y exponían infinidad de objetos exóticos llegados de todos los rincones del mundo.
Antecesoras de los actuales museos de historia natural, en aquellas singulares y exclusivas salas podían contemplarse objetos extraños, muchos de los cuales presentaban unas indudables connotaciones religiosas y mágicas, cosas tan sorprendentes como viales con sangre de dragón, cuernos de unicornio, corderos tártaros (Agnus scythicus), una planta con forma de cordero originaria de Asia Central, o raíces de Baara (una raíz que, como la legendaria mandrágora, tenía forma humana y propiedades mágicas).
Lo que pretendían los nuevos gabinetes de curiosidades era sumergir al espectador en una especie de microcosmos que englobaba todo lo que se conocía hasta el momento. En realidad constituían una especie de «enciclopedia» cuyo principal propósito era reunir y difundir el conocimiento y el saber que se había logrado acumular hasta entonces. La joya de esa corona, para mi padre, lo más importante era la vigilia, convencido como estaba que la ensoñación era una huída y que la máxima expresión de lo humano reposaba ante nuestra despierta observación.
Ese amigo —en realidad— había llegado a la casa llevando en la mano un pequeño libro de historia del arte y al abrirlo en una página que había señalado con un trocito de cartulina suave, aparecía una composición tal vez flamenca o italiana, donde un trozo de la pintura era de un color rojo italiano que, según él, era él adecuado para pintar algunos trozos de pared de nuestro departamento. El señor insomne había venido como asesor de colores, y finalmente el living de la casa se pintó de color gris perla muy suave con al menos un muro y un lado de un pilar del color rojo italiano recomendado.
Mi padre sonreía feliz ante estos avances decorativos, en tanto mi madre se mantenía en un ánimo entre alarmado y sin entusiasmo.
Vinieron los pintores con sus gorros de papel, uno canoso y el otro más joven, sonrientes y salpicados de gotas de pintura secas. El parquet de la casa estuvo unos días cubierto de hojas de diario y el living quedó bien bonito, diferente. Era una moda de los años cincuenta. Al señor insomne lo había sacado mi padre de la nada como ocurría muchas veces, no lo habíamos visto nunca y jamás regresó, sólo recuerdo su actitud silenciosa y su dedo señalando el color en la lámina de su libro.
