Narración de Walter Benjamin: «El fantasma»

Durante todo el día mantuve un secreto: el del sueño de la pasada noche. Era un sueño inquietante. Se me había aparecido un fantasma. El lugar en que lo hizo no existía propiamente, y seguro que no fue nuestra vivienda, pero guardaba mucha similitud con uno que yo conocía, un lugar excitante e inaccesible: la esquina del dormitorio de mis padres, que formando arco estaba separada del resto de la pieza por una pesada y descolorida cortina violeta, en la cual se colgaban las batas, vestidos de casa y cubrecamas de mi madre: la oscuridad detrás de la cortina era impenetrable, y esa esquina era el inquietante contrapunto nocturno del espacio claro y alegre que a veces se abría en su armario ropero, en el que sobre unos estantes adornados con ribetes blancos, cuyo texto bordado en azul estaba tomado de La campana, se hallaban apiladas sábanas, mantelerías, servilletas y fundas.

Un dulce aroma a lavanda surgía de los pequeños saquitos de seda de varios colores que pendían de las caras interiores de las puertas del armario. Eran el infierno y el paraíso en los que se había dividido la vieja y misteriosa magia del tejido que una vez había ocupado su espacio en el torno de hilar. El sueño había venido desde abajo, surgiendo del mundo malo: un fantasma que colocaba en una percha gran cantidad de telas de seda unas sobre otras. El fantasma robaba aquellas sedas. No las agarraba, ni se las llevaba, no hacía con ellas, ni les hacía a ellas, nada bien apreciable, bien claro y distinto, y, sin embargo, yo sabía que las robaba, igual que en las leyendas la gente que contempla un banquete de espíritus sabe que esos muertos lo celebran aunque no los vean comer o beber.

Ése era el sueño cuyo relato me había reservado. Pero la noche siguiente yo noté, en estado de duermevela, cómo a altas horas de la noche mi padre y mi madre entraban en mi pieza sin hacer ruido. Sin embargo, no vi si se encerraron conmigo, y cuando a la mañana siguiente me levanté, no había nada para desayunar. La vivienda había sido desvalijada. Al mediodía llegó mi abuela de Berlín con lo imprescindible.

Una enorme banda de ladrones había penetrado por la noche en la casa. Por fortuna, el ruido que hicieron permitió inferir el número de individuos, y mi madre consiguió detener a mi padre, que armado solamente con un cortaplumas había querido enfrentarse a ellos. La peligrosa visita había durado hasta la madrugada —en vano habían permanecido mis padres al amanecer junto a la ventana para hacer señales hacia afuera: la banda pudo hacerse tranquilamente con todo lo que halló.

Mucho más tarde fue arrestada, y resultó que su organizador, un asesino recluso con numerosos antecedentes, era sordomudo. Me llenó de orgullo que me interrogaran sobre los sucesos de la noche pasada —porque creían haber hallado indicios de la complicidad de la sirvienta, puesta en la verja con los asaltantes—. Pero más orgulloso me sentí de que me preguntaran por qué había silenciado mi sueño, que yo conté como una profecía.

[GS VI, 503 y s.]

Nota

Este texto de «Crónica de Berlín» es una versión previa de la pieza titulada «Un fantasma» de «Infancia en Berlín hacia el mil novecientos», y se encuentra en varias versiones manuscritas y mecanografiadas. A continuación se reproduce una versión publicada en 1933 en un periódico