por Artidoro Sotomayor
La entrevista que Julio Cortázar y Ernesto Cardenal concedieron a la televisión española el 24 de noviembre de 1983 constituye hoy un documento político de extraordinario valor. No sólo porque reúne a dos de las figuras mayores de la literatura latinoamericana del siglo XX, sino porque conserva, casi intacto, el clima ideológico de una época marcada por la irrupción de la Revolución Nicaragüense, el ascenso de las luchas revolucionarias en Centroamérica y, simultáneamente, por las enormes ilusiones que amplios sectores de la izquierda comenzaban a depositar en las posibilidades de la democracia burguesa. RTVE presenta aquella emisión de Buenas noches con Mercedes Milá como conductora y con Cortázar, Cardenal y Ricardo Utrilla —entonces presidente de la agencia EFE— entre sus invitados. Cortázar moriría apenas dos meses y medio después, el 12 de febrero de 1984.
Vista desde hoy, la conversación tiene algo de cápsula histórica. En ella aparecen, todavía vivas, categorías que entonces organizaban buena parte del debate de la izquierda: imperialismo, revolución, dictadura, democracia, violencia, libertad de prensa, cristianismo y liberación nacional. Pero aparecen también las contradicciones de aquel período, cuando el entusiasmo provocado por la derrota de Somoza convivía con la expectativa de que las formas de la democracia parlamentaria pudieran convertirse en vehículo suficiente para la transformación social.
La entrevista es particularmente notable porque la enorme estatura intelectual de los invitados no impide que sean sometidos a un verdadero asedio. Los periodistas no adoptan una posición neutral frente al proceso nicaragüense. Una y otra vez someten a Cardenal y Cortázar al repertorio ideológico característico del anticomunismo occidental: las elecciones, la libertad de prensa, el pluralismo, la Iglesia, la violencia revolucionaria. El resultado es una discusión que reproduce casi ejemplarmente el choque entre la izquierda revolucionaria latinoamericana y el discurso liberal e imperialista europeo de comienzos de los años ochenta.
Una revolución que había vuelto a poner la historia en movimiento
La Revolución Sandinista había triunfado apenas cuatro años antes. La caída de la dinastía somocista había tenido un impacto político continental. Para una generación que había vivido la derrota chilena de 1973, las dictaduras del Cono Sur y el retroceso de numerosos movimientos revolucionarios, Nicaragua parecía demostrar que la revolución latinoamericana no pertenecía al pasado.
No era difícil comprender el entusiasmo. Una dictadura sostenida durante décadas por Estados Unidos había sido destruida mediante una insurrección popular. Un pequeño país centroamericano aparecía intentando reorganizar la propiedad, alfabetizar a las masas, ampliar el acceso a la cultura y construir formas nuevas de poder político.
Cardenal representa precisamente ese momento histórico. Poeta, sacerdote y ministro de Cultura entre 1979 y 1987, condensaba además uno de los fenómenos políticos más originales de América Latina: el encuentro entre el cristianismo de liberación y las revoluciones sociales. Su experiencia de Solentiname, su incorporación al proceso sandinista y su enfrentamiento con la jerarquía vaticana expresaban una ruptura con el viejo papel conservador de la Iglesia.
Por eso resulta especialmente revelador el tono de algunos pasajes de la entrevista. Los periodistas no sólo cuestionan la revolución desde una concepción liberal de la democracia. Aparece también una defensa más o menos explícita de la jerarquía eclesiástica frente al sacerdote revolucionario. La contradicción resulta formidable. Un sacerdote que participa de una revolución de campesinos y trabajadores debe explicar su cristianismo ante periodistas que le presentan como autoridad moral precisamente a aquella jerarquía eclesiástica que condenaba su participación política. Cardenal responde desde otro cristianismo.
No desde el cristianismo de la obediencia al poder, sino desde aquel que identifica la causa de los pobres con una transformación concreta de las condiciones materiales de su existencia.
Cortázar: poner el prestigio literario al servicio de una revolución
Pero quizá la figura más impresionante de la entrevista sea Cortázar. No porque Cardenal carezca de fuerza política, sino porque Cortázar comparece allí sin obligación institucional alguna. No es dirigente del Frente Sandinista ni funcionario del gobierno nicaragüense. Es uno de los escritores más reconocidos de la lengua española y ha decidido conscientemente utilizar ese prestigio para defender una revolución acosada. Ese gesto tiene una dimensión política que hoy resulta difícil medir.
Cortázar pertenece todavía a una época en la que una parte significativa de los grandes intelectuales latinoamericanos consideraba natural intervenir en los conflictos políticos de su tiempo. La literatura no aparecía como una esfera esterilizada frente a la lucha de clases. Su prestigio no era concebido como un capital individual que debía preservarse cuidadosamente frente a cualquier compromiso. Era también un instrumento político y Cortázar lo utiliza. Defiende Nicaragua, discute con los periodistas, denuncia la intervención estadounidense, explica las circunstancias históricas en que se desarrolla el proceso revolucionario. Y lo hace cuando le quedan apenas unas semanas de vida. La propia ficha de RTVE subraya que la emisión tuvo lugar dos meses y medio antes de su muerte. Ese dato otorga a las imágenes una intensidad adicional. No estamos viendo simplemente una entrevista televisiva.
Estamos viendo una de las últimas intervenciones públicas de uno de los escritores centrales del siglo XX, quien, en lugar de replegarse hacia su prestigio literario, decide ponerlo al servicio de una causa revolucionaria.
Cardenal y la reivindicación de la violencia revolucionaria
Hay un punto, sin embargo, en que la entrevista alcanza su mayor tensión: el debate sobre la violencia. Cardenal se niega a aceptar la condena moral abstracta mediante la cual sus interlocutores pretenden colocar en un mismo plano la violencia de una dictadura y aquella ejercida para destruirla. Su reivindicación de la muerte de Somoza resulta particularmente significativa. No hay en Cardenal el intento de suavizar retrospectivamente la revolución para hacerla aceptable a los códigos morales del liberalismo europeo.
Su posición parte de una constatación elemental: Somoza no era simplemente una persona contra la cual se hubiera ejercido violencia individual. Era la personificación política de una dictadura sostenida por la Guardia Nacional y por décadas de apoyo estadounidense. La violencia revolucionaria aparece entonces como respuesta a una violencia anterior. Ésta es una cuestión elemental para el marxismo.
Los regímenes sociales no se sostienen únicamente mediante consensos. Se sostienen también mediante aparatos coercitivos.nEl orden capitalista convierte esa violencia institucional en normalidad y presenta únicamente como “violencia” aquello que la desafía. Cuando los oprimidos soportan la represión, existe orden. Cuando se rebelan, aparece de pronto el problema moral de la violencia. Cardenal rechaza esa impostura.
Su celebración de la desaparición de Somoza no puede entenderse como un elogio abstracto de la muerte. Es la celebración de la derrota de un régimen. Y precisamente allí se encuentra uno de los momentos más extraordinarios del programa: un sacerdote cristiano reivindicando ante la televisión europea el derecho de un pueblo a ejercer violencia revolucionaria contra una dictadura. No pide perdón. No intenta traducir la revolución al vocabulario confortable de sus entrevistadores. La defiende.
Democracia burguesa y revolución
Pero junto al entusiasmo revolucionario aparece también otra característica decisiva de comienzos de los ochenta: las enormes ilusiones depositadas en la democracia. La salida de varias dictaduras latinoamericanas coincidía con una creciente identificación entre democracia y parlamentarismo. La derrota de las experiencias revolucionarias de los años setenta había comenzado a producir un desplazamiento ideológico profundo. Para sectores cada vez más amplios de la izquierda, la cuestión ya no era destruir el Estado burgués y sustituirlo por organismos de poder de los trabajadores, sino democratizar sus instituciones.
La entrevista permite observar ese tránsito. Las preguntas de los periodistas parten permanentemente de la democracia liberal como medida universal de legitimidad política. Elecciones. Prensa privada. Pluralidad de partidos. Iglesia. Libertades individuales.
Cardenal y Cortázar responden defendiendo la revolución, pero la discusión demuestra ya hasta qué punto la izquierda se encontraba obligada a responder dentro de ese nuevo terreno ideológico. Este problema no puede resolverse mediante un desprecio sectario de las libertades democráticas.
Para el marxismo, las libertades de prensa, reunión, asociación, huelga y organización constituyen conquistas fundamentales de los trabajadores. Sin ellas, la clase obrera no puede organizarse independientemente.
Pero una cosa es defender las libertades democráticas y otra completamente distinta identificar esas libertades con la estructura institucional de la democracia burguesa. La democracia capitalista posee un límite material evidente: deja fuera de discusión el poder económico del capital. Se puede votar cada cuatro años, pero no votar sobre quién controla los bancos. Se puede elegir parlamentarios, pero no elegir los directorios de las grandes empresas.
Puede existir libertad formal de prensa mientras los principales medios pertenecen a gigantescos conglomerados privados. La igualdad política convive con una desigualdad económica gigantesca. Ésa era —y sigue siendo— la contradicción fundamental.
Las preguntas siguen siendo las mismas, pero el escenario cambió
Más de cuarenta años después, uno de los aspectos más impresionantes de la entrevista es comprobar cuánto se ha desplazado el campo político. En 1983 era posible que dos intelectuales de prestigio internacional defendieran públicamente una revolución. Era posible discutir en televisión acerca de la legitimidad de la violencia revolucionaria. Era posible que un sacerdote reivindicara la caída violenta de un dictador. Era posible que un escritor como Cortázar identificara claramente al imperialismo estadounidense como enemigo político.
Hoy muchas de esas categorías han sido expulsadas incluso del vocabulario de buena parte de la izquierda. La palabra revolución ha sido sustituida por “reformas”. La lucha contra el imperialismo por una vaga defensa de un “orden internacional”. La lucha de clases por políticas identitarias o administrativas. La organización independiente de los trabajadores por negociaciones parlamentarias. Y la cuestión del poder por el problema de la gobernabilidad.
La democracia, mientras tanto, ha sido progresivamente convertida en sinónimo de institucionalidad burguesa.
Precisamente por eso esta entrevista conserva tanta fuerza. No porque Cardenal y Cortázar poseyeran respuestas definitivas. Ni porque la Revolución Sandinista estuviera libre de contradicciones. Sino porque ambos todavía pertenecían a una tradición política para la cual la transformación radical de la sociedad era una posibilidad histórica concreta.
Una discusión prototípica de la izquierda de los ochenta
La entrevista puede leerse así como una representación condensada de una época. De un lado, la ofensiva ideológica anticomunista, revestida del lenguaje universalista de la democracia occidental. Del otro, una izquierda que todavía reivindica la revolución, aunque comienza simultáneamente a incorporar cada vez más profundamente las categorías del parlamentarismo y del pluralismo burgués.
En medio de ambos mundos aparecen Cardenal y Cortázar. Cardenal reivindicando el derecho de los nicaragüenses a hacer una revolución, reivindicando incluso la violencia necesaria para destruir a sus enemigos y llevando esa convicción hasta el punto provocador de celebrar el fin de Somoza.
Cortázar utilizando la autoridad conquistada por su obra literaria para defender públicamente a Nicaragua. Ambos discutiendo sin pedir permiso. Ambos soportando el asedio. Ambos intentando explicar a sus interlocutores europeos algo que para ellos constituía una evidencia elemental: la violencia no había comenzado con la revolución; la revolución había nacido precisamente porque existía previamente un orden social sostenido mediante la violencia.
Una entrevista histórica
Por eso este archivo merece ser visto hoy no simplemente como una curiosidad cultural. Es un documento de la historia política latinoamericana. Permite observar el momento en que la Revolución Nicaragüense todavía irradiaba expectativas sobre todo el continente. Permite comprender la fuerza que tuvo el cristianismo revolucionario representado por Cardenal. Permite recuperar la figura del intelectual militante encarnada excepcionalmente por Cortázar. Pero permite también reconocer las contradicciones que comenzaban a atravesar a aquella izquierda. Entre revolución y democracia burguesa. Entre poder popular y parlamentarismo. Entre violencia revolucionaria y pacifismo institucional.
Entre la independencia política de los trabajadores y las crecientes ilusiones en una democratización indefinida de las instituciones existentes.
Esas contradicciones no pertenecen al pasado. Sólo han cambiado de forma. Precisamente por eso escuchar hoy esta discusión resulta tan extraordinario. Cardenal y Cortázar hablan desde un mundo en que la revolución todavía podía pronunciarse sin pedir disculpas. Y los periodistas hablan desde otro mundo, el que finalmente terminaría imponiéndose durante las décadas siguientes: el mundo en que la democracia liberal se presentaría como horizonte definitivo de toda política posible.
Cuatro décadas después sabemos que esa promesa tampoco se cumplió. La explotación continuó. Las guerras continuaron. El imperialismo continuó. La desigualdad continuó. Y las propias democracias burguesas han ido restringiendo libertades allí donde el conflicto social amenaza realmente las relaciones de propiedad. La entrevista del 24 de noviembre de 1983 permanece así como el registro extraordinario de un momento de transición.
Todavía estaba viva la certeza de que la sociedad podía ser transformada mediante una revolución. Todavía un poeta podía ser ministro de una revolución. Todavía un sacerdote podía defender la violencia de los oprimidos. Todavía uno de los escritores más célebres del mundo podía colocar conscientemente toda su autoridad intelectual del lado de un pequeño país que desafiaba al imperialismo. Y todavía podía discutirse, abiertamente y frente a las cámaras, la pregunta que el presente procura continuamente sepultar: ¿quién tiene derecho a ejercer la violencia, quién gobierna realmente y qué significa la democracia cuando una sociedad se encuentra dividida en clases?
Volver hoy a Cardenal y Cortázar no es un ejercicio de nostalgia.
Es volver a una época en que esas preguntas todavía se formulaban con toda su radicalidad.
