En la estación de Koenji, Tengo subió a un tren rápido de la línea Chuo con dirección al centro de la ciudad. El vagón estaba vacío. No tenía nada planeado para ese día. Adonde fuera y lo que hiciera (o dejara de hacer) dependía enteramente de él. Eran las diez de una mañana de verano sin viento y el sol caía a plomo. El tren pasó por Shinjuku, Yotsuya y Ochanomizu, y llegó a la estación Central de Tokyo, el final de la línea. Todos bajaron y Tengo hizo lo mismo. Luego se sentó en un banco y pensó un poco adónde ir. «Puedo ir adonde quiera», se dijo. «Parece que hará calor. Podría ir a la costa». Levantó la cabeza y estudió el panel de los andenes.
En ese momento comprendió lo que había estado haciendo desde el principio.
Sacudió la cabeza varias veces, pero la idea que acababa de asaltarlo no desapareció. Probablemente había tomado la decisión de manera inconsciente en el momento mismo en que subió al tren de la línea Chuo en Koenji. Soltó un suspiro, se levantó del banco y preguntó a un empleado de la estación cuál era la conexión más rápida para llegar a Chikura. El hombre hojeó un grueso volumen de horarios ferroviarios. Debía tomar el expreso especial de las 11:30 a Tateyama, le dijo, y allí hacer transbordo a un tren local. Llegaría a Chikura poco después de las dos. Tengo compró un boleto de ida y vuelta Tokyo-Chikura. Luego fue a un restaurante de la estación y pidió arroz con curry y una ensalada.
La perspectiva de ir a ver a su padre era deprimente. Nunca le había agradado demasiado aquel hombre, y su padre tampoco sentía un cariño especial por él. Se había jubilado cuatro años antes y, poco después, había ingresado en un sanatorio de Chikura especializado en pacientes con trastornos cognitivos. Tengo no lo había visitado allí más que dos veces. La primera, justo después de su ingreso, cuando un problema de procedimiento exigió la presencia de Tengo por ser el único familiar. La segunda visita también se había debido a un asunto administrativo. Dos veces. Eso era todo.
El sanatorio ocupaba un terreno extenso junto a la costa. Era una extraña combinación de elegantes edificios antiguos de madera y construcciones nuevas de hormigón armado de tres pisos. El aire era fresco y, salvo por el estruendo de las olas, reinaba siempre la tranquilidad. Un imponente pinar formaba una barrera contra el viento a lo largo del jardín. Y las instalaciones médicas eran excelentes. Con su seguro de salud, la indemnización por jubilación, sus ahorros y su pensión, el padre de Tengo probablemente podría pasar allí el resto de su vida con bastante comodidad. Quizá no dejara una herencia considerable, pero al menos estaría bien atendido, y Tengo lo agradecía profundamente. No tenía intención de recibir nada de él ni de darle nada. Eran dos seres humanos separados, procedentes de lugares por completo distintos y encaminados hacia destinos igualmente diferentes. Por azar habían compartido algunos años de vida. Eso era todo. Era una lástima que hubieran llegado a ese punto, pero Tengo no podía hacer absolutamente nada al respecto.
Tengo pagó la cuenta y fue al andén a esperar el tren a Tateyama. Sus únicos compañeros de viaje eran familias de aspecto feliz que se dirigían a pasar unos días en la playa.
La mayoría de la gente considera el domingo un día de descanso. Sin embargo, durante toda su infancia, Tengo nunca lo había visto como un día del que pudiera disfrutar. Para él, el domingo era como una luna deforme que solo mostraba su lado oscuro. Cuando llegaba el fin de semana, sentía todo el cuerpo pesado y dolorido, y perdía el apetito. Incluso había rezado para que el domingo no llegara, aunque sus plegarias jamás fueron escuchadas.
Cuando Tengo era niño, su padre cobraba las cuotas de suscripción de NHK —la cadena de radio y televisión cuasigubernamental de Japón— y todos los domingos lo llevaba consigo en sus recorridos de puerta en puerta para cobrar. Tengo había empezado a acompañarlo antes de entrar al jardín infantil y continuó hasta quinto grado sin librarse un solo fin de semana. No sabía si los demás cobradores de NHK trabajaban los domingos, pero, desde que tenía memoria, su padre siempre lo había hecho. Es más, trabajaba con mayor entusiasmo que de costumbre, porque los domingos podía encontrar en casa a quienes solían estar fuera durante la semana.
El padre de Tengo tenía varias razones para llevarlo en sus recorridos. Una era que no podía dejar al niño solo en casa. Los días de semana y los sábados, Tengo podía ir a la escuela o a la guardería, pero esas instituciones cerraban los domingos. Otra razón, decía su padre, era que un padre debía mostrarle a su hijo en qué consistía su trabajo. Un niño tenía que aprender desde temprano qué actividad lo mantenía y valorar la importancia del trabajo. Desde que había tenido edad suficiente para entender algo, al padre de Tengo lo habían enviado a trabajar en los campos de la granja familiar, los domingos como cualquier otro día. Incluso le habían impedido asistir a la escuela durante las temporadas de mayor actividad. Para él, esa vida era lo natural.
La tercera y última razón era más calculada, y por eso había dejado las cicatrices más profundas en el corazón de su hijo. El padre de Tengo sabía muy bien que llevar consigo a un niño pequeño le facilitaba el trabajo. Hasta quienes estaban decididos a no pagar terminaban muchas veces entregando el dinero cuando un niño los miraba desde abajo. Por eso reservaba para los domingos sus recorridos más difíciles. Tengo comprendió desde el principio que ese era el papel que se esperaba de él y lo detestaba con toda su alma. Pero también sentía que debía desempeñarlo con la mayor habilidad posible para complacer a su padre. Si lo complacía, ese día lo trataría con amabilidad. Bien podría haber sido un mono amaestrado.
El único consuelo de Tengo era que el sector asignado a su padre quedaba bastante lejos de casa. Vivían en un barrio residencial de las afueras de Ichikawa, mientras que los recorridos de su padre se encontraban en el centro de la ciudad. Al menos así evitaba cobrar en las casas de sus compañeros de escuela. Sin embargo, de vez en cuando, mientras caminaba por la zona comercial del centro, distinguía a algún compañero en la calle. Cuando eso ocurría, se escondía detrás de su padre para que no lo vieran.
Los lunes por la mañana, sus amigos de la escuela hablaban entusiasmados de adónde habían ido y qué habían hecho el día anterior. Habían ido a parques de diversiones, zoológicos y partidos de béisbol. En verano iban a nadar y en invierno, a esquiar. Tengo, en cambio, no tenía nada que contar. Los domingos, desde la mañana hasta la noche, él y su padre tocaban los timbres de casas ajenas, inclinaban la cabeza y recibían dinero de quien abriera la puerta. Si alguien no quería pagar, su padre lo amenazaba o intentaba engatusarlo. Si intentaban dar excusas para no pagar, alzaba la voz. A veces los insultaba como si fueran perros callejeros. No eran experiencias que Tengo pudiera compartir con sus amigos. No podía evitar sentirse una especie de extranjero en aquella sociedad de niños de clase media, hijos de empleados de oficina. Llevaba otra clase de vida en un mundo distinto. Por suerte, sus calificaciones eran excelentes, al igual que sus aptitudes deportivas. Así que, aunque fuera un extranjero, nunca fue un marginado. En la mayoría de las situaciones lo trataban con respeto. Pero cuando los otros niños lo invitaban a salir o a visitar sus casas un domingo, tenía que rechazarlos. Al poco tiempo dejaron de invitarlo.
Nacido como el tercer hijo de una familia campesina en la dura y empobrecida región de Tohoku, el padre de Tengo había abandonado su hogar apenas pudo, se unió a un grupo de colonos y cruzó a Manchuria en la década de 1930. No había creído las afirmaciones del gobierno de que Manchuria era un paraíso de tierras vastas y fértiles. Sabía lo suficiente para comprender que el «paraíso» no existía en ninguna parte. Sencillamente era pobre y pasaba hambre. Si se quedaba en casa, lo mejor que podía esperar era una vida al borde de la inanición. En Manchuria, él y los demás colonos recibieron algunas herramientas agrícolas y armas ligeras, y juntos comenzaron a cultivar la tierra. El suelo era pobre y pedregoso, y en invierno todo se congelaba. A veces no tenían más que perros callejeros para comer. Aun así, gracias al apoyo del gobierno durante los primeros años, lograron salir adelante. Sus vidas comenzaban por fin a estabilizarse cuando, en agosto de 1945, la Unión Soviética lanzó una invasión a gran escala de Manchuria. El padre de Tengo lo esperaba, pues cierto funcionario con quien había trabado amistad le había comunicado en secreto lo que se avecinaba. En cuanto supo que los soviéticos habían cruzado la frontera, montó a caballo, galopó hasta la estación ferroviaria de la zona y subió al penúltimo tren rumbo a Da-lien. Fue el único de sus compañeros colonos que consiguió regresar a Japón antes de que terminara el año.
Después de la guerra, el padre de Tengo fue a Tokyo e intentó ganarse la vida como comerciante del mercado negro y aprendiz de carpintero, pero apenas lograba sobrevivir. Trabajaba como repartidor de una licorería en Asakusa cuando se encontró por casualidad con el antiguo amigo funcionario que había conocido en Manchuria. Al enterarse de que el padre de Tengo tenía dificultades para conseguir un empleo decente, el hombre se ofreció a recomendarlo a un amigo del departamento de suscripciones de NHK, y el padre de Tengo aceptó encantado. No sabía casi nada de NHK, pero estaba dispuesto a probar cualquier trabajo que prometiera ingresos estables.
En NHK, el padre de Tengo cumplía sus funciones con enorme entusiasmo. Su principal fortaleza era la perseverancia ante la adversidad. Para alguien que desde su nacimiento apenas había comido hasta quedar satisfecho, cobrar las cuotas de NHK no era un trabajo extenuante. Los insultos más hostiles que le lanzaban no significaban nada. Además, le producía satisfacción pertenecer a una organización importante, aunque fuera uno de sus miembros de menor rango. Su desempeño y su actitud eran tan sobresalientes que, después de un año como cobrador a comisión, fue incorporado directamente a la plantilla de empleados, un logro casi inaudito en NHK. Pronto pudo mudarse a un departamento propiedad de la empresa y afiliarse a su plan de salud. Fue el mayor golpe de suerte de toda su vida.
El padre de Tengo nunca le cantó canciones de cuna ni le leyó libros antes de dormir. En cambio, le contaba historias de sus propias experiencias. Era un buen narrador. Sus relatos sobre la infancia y la juventud no estaban precisamente cargados de significado, pero tenían detalles vívidos. Había historias divertidas, conmovedoras y violentas. Si una vida pudiera medirse por el color y la variedad de sus episodios, la del padre de Tengo quizá había sido rica a su manera. Pero cuando sus historias llegaban al periodo posterior a su ingreso en NHK, perdían de pronto toda vitalidad. Había conocido a una mujer, se había casado con ella y habían tenido un hijo: Tengo. Unos meses después del nacimiento de Tengo, su madre había enfermado y muerto. Desde entonces, su padre lo había criado solo mientras trabajaba con empeño para NHK. Fin. Cómo había conocido a la madre de Tengo y llegado a casarse con ella, qué clase de mujer era, qué había causado su muerte, si había muerto sin sufrimiento o si había padecido mucho… de esas cosas el padre de Tengo casi no le contaba nada. Si intentaba preguntar, su padre se limitaba a esquivar las preguntas. La mayoría de las veces, esas preguntas lo ponían de mal humor. No se conservaba una sola fotografía de la madre de Tengo.
Tengo no creía en absoluto la historia de su padre. Sabía que su madre no había muerto unos meses después de que él naciera. En el único recuerdo que tenía de ella, él tenía un año y medio y ella estaba junto a su cuna, en brazos de un hombre que no era su padre. Su madre se quitaba la blusa, se bajaba los tirantes de la combinación y dejaba que aquel hombre le chupara los pechos. Tengo dormía junto a ellos y se oía su respiración. Pero, al mismo tiempo, no estaba dormido. Observaba a su madre.
Esa era la fotografía que Tengo poseía de su madre. La escena de diez segundos había quedado grabada en su cerebro con absoluta nitidez. Era la única información concreta que tenía sobre ella, la única conexión tenue que su mente podía establecer con ella. Ambos estaban unidos por aquel hipotético cordón umbilical. Su padre, sin embargo, no tenía idea de que esa escena vívida existía en la memoria de Tengo ni de que, como una vaca en un prado, él regurgitaba sin cesar fragmentos para volver a masticarlos, una masa rumiada de la que extraía nutrientes esenciales. Padre e hijo, cada uno encerrado en un abrazo profundo y oscuro con sus propios secretos.
Ya adulto, Tengo se preguntaba a menudo si el joven que chupaba los pechos de su madre en aquella visión sería su padre biológico. La razón era que Tengo no se parecía en nada a su padre, el cobrador estrella de NHK. Tengo era un hombre alto y fornido, de frente amplia, nariz estrecha y orejas pequeñas y compactas. Su padre era bajo, rechoncho y carecía por completo de presencia. Tenía la frente pequeña, la nariz chata y las orejas puntiagudas como las de un caballo. Mientras Tengo mostraba un aspecto relajado y generoso, su padre parecía nervioso y tacaño. Al compararlos, la gente solía comentar abiertamente lo poco que se parecían.
Sin embargo, no eran sus rasgos físicos los que dificultaban que Tengo se identificara con su padre, sino sus respectivas naturalezas psicológicas. Su padre no mostraba la menor señal de lo que podría llamarse curiosidad intelectual. Era cierto que, por haber nacido en la pobreza, no había recibido una educación adecuada. Tengo sentía cierta compasión por las circunstancias de su padre. Pero aquel hombre carecía de un deseo elemental de adquirir conocimientos, un impulso que Tengo suponía más o menos natural en las personas. Poseía una sabiduría práctica que le había permitido sobrevivir, pero Tengo no percibía en él ni el más mínimo deseo de profundizar en sí mismo o de contemplar un mundo más amplio. El aire estancado de su vida estrecha y limitada nunca parecía causarle malestar. Tengo jamás lo vio tomar un libro. No le interesaban la música ni el cine y nunca hacía viajes. Lo único que parecía interesarle era su recorrido de cobranza. Dibujaba un mapa de la zona, lo marcaba con bolígrafos de colores y lo examinaba siempre que tenía un momento libre, como un biólogo que estudiara cromosomas.
Tengo, por el contrario, sentía curiosidad por todo. Absorbía conocimientos de una amplia variedad de campos con la eficacia de una excavadora que recoge tierra. Desde muy pequeño lo habían considerado un prodigio de las matemáticas, y ya en tercer grado podía resolver problemas de enseñanza secundaria. Para el joven Tengo, las matemáticas eran un medio eficaz de apartarse de la vida con su padre. En el mundo matemático recorría un largo pasillo y abría una puerta numerada tras otra. Cada vez que un nuevo espectáculo se desplegaba ante él, los feos rastros del mundo real desaparecían sin más. Mientras explorara activamente aquel reino de coherencia infinita, era libre.
Si para Tengo las matemáticas eran como un magnífico edificio imaginario, la literatura era un vasto bosque mágico. Las matemáticas se elevaban infinitamente hacia el cielo, pero las historias se extendían ante él con sus raíces firmes hundidas en lo profundo de la tierra. En ese bosque no había mapas ni puertas. A medida que Tengo crecía, el bosque de las historias comenzó a ejercer sobre su corazón una atracción aún más poderosa que el mundo de las matemáticas. Por supuesto, leer novelas era otra forma de evasión. En cuanto cerraba el libro, tenía que regresar al mundo real. Pero en cierto momento advirtió que volver a la realidad desde el mundo de una novela no era un golpe tan devastador como regresar desde el mundo de las matemáticas. ¿A qué se debía? Después de pensarlo mucho, llegó a una conclusión. Por muy claras que se volvieran las cosas en el bosque de las historias, nunca había una solución clara e inequívoca como en las matemáticas. La función de una historia era, en términos generales, trasladar un problema a otra forma. Según la naturaleza y la dirección del problema, la narración podía sugerir una solución. Tengo regresaba al mundo real con esa sugerencia en la mano. Era como un trozo de papel que contenía el texto indescifrable de un hechizo. No servía para ningún fin práctico inmediato, pero albergaba una posibilidad.
La única solución posible que Tengo sí había logrado descifrar en sus lecturas era esta: Mi verdadero padre debe de estar en algún otro lugar. Como un niño desdichado de una novela de Dickens, quizá Tengo había acabado, por obra de extrañas circunstancias, bajo el cuidado de aquel impostor. Esa posibilidad era a la vez una pesadilla y una gran esperanza. Después de leer Oliver Twist, Tengo devoró todos los volúmenes de Dickens que había en la biblioteca. Mientras recorría sus historias, se sumergía en versiones reinventadas de su propia vida. Esas fantasías se hacían cada vez más largas y complejas. Seguían un único patrón, pero con infinitas variaciones. En todas ellas, Tengo se decía que la casa de su padre no era el lugar al que pertenecía. Lo habían encerrado por error en aquella jaula y algún día sus verdaderos padres lo encontrarían y lo rescatarían. Entonces disfrutaría de los domingos más hermosos, tranquilos y libres que pudiera imaginar.
El padre de Tengo se enorgullecía de las excelentes calificaciones de su hijo y presumía de ellas ante los vecinos. Al mismo tiempo, sin embargo, mostraba cierto desagrado por la inteligencia y el talento de Tengo. A menudo, cuando Tengo estaba sentado ante su escritorio estudiando, su padre lo interrumpía para ordenarle que hiciera alguna tarea o reprenderlo por una conducta que consideraba ofensiva. El contenido de sus reprimendas era siempre el mismo: allí estaba él, agotándose día tras día, recorriendo enormes distancias y soportando los insultos de la gente, mientras Tengo no hacía más que tomarse las cosas con calma y vivir cómodamente.
—Cuando yo tenía tu edad me hacían trabajar hasta reventar, y mi padre y mis hermanos mayores me daban palizas hasta dejarme cubierto de moretones por cualquier cosa. Nunca me daban suficiente comida. Me trataban como a un animal. No quiero que te creas tan especial solo porque sacas unas cuantas buenas notas.
Este hombre me envidia, empezó a pensar Tengo en cierto momento. Está celoso, ya sea de mí como persona o de la vida que llevo. Pero ¿un padre puede sentir celos de su hijo? Tengo no juzgaba a su padre, pero no podía evitar percibir una mezquindad patética que emanaba de sus palabras y sus actos. No era que el padre de Tengo lo odiara como persona. Más bien odiaba algo que había dentro de Tengo, algo que no podía perdonar.
Cuando el tren salió de la estación de Tokyo, Tengo sacó el libro de bolsillo que había llevado consigo. Era una antología de cuentos sobre viajes e incluía uno titulado «El pueblo de los gatos», una historia fantástica de un escritor alemán que Tengo no conocía. Según el prólogo del libro, el cuento había sido escrito en el periodo comprendido entre las dos guerras mundiales.
En el cuento, un joven viaja solo, sin ningún destino particular. Toma el tren y baja en cualquier estación que llame su atención. Alquila una habitación, visita los lugares de interés y permanece allí tanto tiempo como desea. Cuando se cansa, sube a otro tren. Así pasa todas sus vacaciones.
Un día ve un hermoso río desde la ventanilla. Suaves colinas verdes bordean la corriente sinuosa y, bajo ellas, se extiende un bonito pueblo con un viejo puente de piedra. El tren se detiene en la estación del pueblo y el joven baja con su bolso. Nadie más desciende y, en cuanto él pone un pie en el andén, el tren parte.
No hay empleados en la estación, que debe de tener muy poco movimiento. El joven cruza el puente y entra en el pueblo. Todas las tiendas tienen las persianas cerradas y el ayuntamiento está desierto. No hay nadie tras el mostrador del único hotel. El lugar parece completamente deshabitado. Quizá todos se encuentren durmiendo la siesta en alguna parte. Pero apenas son las diez y media de la mañana, demasiado temprano para eso. Tal vez algo haya obligado a todos los habitantes a abandonar el pueblo. En cualquier caso, el próximo tren no llegará hasta la mañana siguiente, así que no tiene más opción que pasar allí la noche. Recorre el pueblo para matar el tiempo.
En realidad, es un pueblo de gatos. Cuando el sol comienza a ponerse, numerosos gatos cruzan el puente en tropel, gatos de toda clase y color. Son mucho más grandes que los gatos comunes, pero siguen siendo gatos. El joven queda atónito ante aquel espectáculo. Corre hasta el campanario del centro del pueblo y sube a lo alto para esconderse. Los gatos se ocupan de sus asuntos. Levantan las persianas de las tiendas o se sientan ante sus escritorios para comenzar la jornada laboral. Pronto llegan más gatos y cruzan el puente hacia el pueblo como los anteriores. Entran en las tiendas a comprar, van al ayuntamiento a resolver trámites administrativos, comen en el restaurante del hotel o beben cerveza en la taberna y entonan alegres canciones gatunas. Como los gatos ven en la oscuridad, casi no necesitan iluminación, pero esa noche en particular el resplandor de la luna llena inunda el pueblo y permite que el joven observe cada detalle desde su puesto en el campanario. Al acercarse el amanecer, los gatos terminan su trabajo, cierran las tiendas y vuelven en masa al otro lado del puente.
Cuando sale el sol, los gatos han desaparecido y el pueblo vuelve a quedar desierto. El joven baja, elige una de las camas del hotel y se duerme. Cuando siente hambre, come un poco de pan y pescado que han dejado en la cocina. Al aproximarse la oscuridad, vuelve a esconderse en el campanario y observa las actividades de los gatos hasta el amanecer. Los trenes se detienen en la estación antes del mediodía y al final de la tarde. Ningún pasajero baja y nadie sube. Aun así, los trenes se detienen exactamente un minuto y luego parten de nuevo. Podría tomar uno de ellos y dejar atrás aquel inquietante pueblo de gatos. Pero no lo hace. Es joven, posee una viva curiosidad y está dispuesto a vivir aventuras. Quiere seguir contemplando aquel extraño espectáculo. Si es posible, quiere descubrir cuándo y cómo aquel lugar se convirtió en un pueblo de gatos.
Durante la tercera noche se desata un alboroto en la plaza situada al pie del campanario.
—Oigan, ¿sienten olor a humano? —dice uno de los gatos.
—Ahora que lo mencionas, me pareció que había un olor extraño durante los últimos días —interviene otro mientras mueve la nariz.
—A mí también —dice un tercer gato.
—Qué raro. Aquí no debería haber ningún humano —añade alguien.
—No, claro que no. Es imposible que un humano entre en este pueblo de gatos.
—Pero ese olor está aquí, no hay duda.
Los gatos forman grupos y empiezan a registrar el pueblo como patrullas de vigilantes. No tardan mucho en descubrir que el olor procede del campanario. El joven oye el suave roce de sus patas al subir las escaleras. ¡Se acabó, me atraparon!, piensa. Su olor parece haber despertado la ira de los gatos. Los humanos no deben poner un pie en aquel pueblo. Los gatos tienen grandes garras afiladas y colmillos blancos. El joven no sabe qué destino espantoso le aguarda si lo descubren, pero está seguro de que no le permitirán salir vivo del pueblo.
Tres gatos llegan hasta lo alto del campanario y olfatean el aire.
—Qué extraño —dice uno, agitando los bigotes—. Huelo a un humano, pero aquí no hay nadie.
—Es extraño —dice un segundo gato—. Pero de verdad no hay nadie. Vayamos a buscar a otra parte.
Los gatos inclinan la cabeza, desconcertados, y luego bajan por las escaleras. El joven oye cómo sus pasos se pierden en la oscuridad de la noche. Respira aliviado, pero no entiende lo que acaba de suceder. Era imposible que no lo hubieran visto. Sin embargo, por alguna razón, no pudieron verlo. En cualquier caso, decide que cuando llegue la mañana irá a la estación y tomará el tren para marcharse del pueblo. Su suerte no puede durar eternamente.
A la mañana siguiente, sin embargo, el tren no se detiene en la estación. El joven lo ve pasar sin reducir la velocidad. El tren de la tarde hace lo mismo. Puede ver al maquinista sentado ante los controles, pero el tren no da señales de que vaya a detenerse. Es como si nadie pudiera ver al joven que espera un tren, ni siquiera la propia estación. Cuando el tren de la tarde desaparece al final de las vías, el lugar queda más silencioso que nunca. El sol comienza a ponerse. Se acerca la hora en que llegarán los gatos. El joven comprende que está perdido sin remedio. Este no es un pueblo de gatos, comprende por fin. Es el lugar donde estaba destinado a perderse. Es otro mundo, preparado especialmente para él. Y nunca más, por toda la eternidad, volverá a detenerse un tren en esa estación para devolverlo al mundo del que procede.
Tengo leyó el cuento dos veces. La frase «el lugar donde estaba destinado a perderse» atrajo su atención. Cerró el libro y dejó vagar la mirada por el deslucido paisaje industrial que pasaba al otro lado de la ventanilla. Poco después se quedó dormido. No fue una siesta larga, pero sí profunda. Despertó cubierto de sudor. En pleno verano, el tren avanzaba por la costa sur de la península de Boso.
Una mañana, cuando cursaba quinto grado, después de pensarlo con mucho cuidado, Tengo anunció que dejaría de acompañar a su padre en los recorridos de los domingos. Le dijo que quería dedicar ese tiempo a estudiar, leer libros y jugar con otros niños. Quería llevar una vida normal como todo el mundo.
Tengo dijo lo que necesitaba decir de manera concisa y coherente.
Su padre, por supuesto, estalló. Le importaba un demonio lo que hicieran las demás familias, dijo.
—Nosotros tenemos nuestra propia manera de hacer las cosas. Y ni se te ocurra hablarme de una «vida normal», señor Sabelotodo. ¿Qué sabes tú de una «vida normal»?
Tengo no intentó discutir. Se limitó a devolverle la mirada en silencio, consciente de que nada de lo que dijera llegaría hasta su padre. Por último, su padre le dijo que, si no estaba dispuesto a obedecer, él no podía seguir alimentándolo. Tengo debía largarse de una vez.
Tengo hizo lo que le ordenaron. Ya había tomado una decisión. No iba a tener miedo. Ahora que le habían dado permiso para salir de su jaula, sentía alivio por encima de cualquier otra cosa. Pero un niño de diez años no tenía ninguna posibilidad de vivir por su cuenta. Cuando terminó la jornada escolar, le confesó a su maestra el aprieto en que se encontraba. La maestra era una mujer soltera de alrededor de treinta y cinco años, ecuánime y de buen corazón. Escuchó a Tengo con comprensión y esa misma tarde lo acompañó de regreso a casa para mantener una larga conversación con su padre.
Le dijeron a Tengo que saliera de la habitación, de modo que no supo con certeza qué se dijeron, pero al final su padre tuvo que envainar la espada. Por extrema que fuera su ira, no podía dejar que un niño de diez años vagara solo por las calles. El deber de un padre de mantener a su hijo era una cuestión legal.
Como resultado de la conversación entre la maestra y su padre, Tengo quedó libre para pasar los domingos como quisiera. Era el primer derecho tangible que le había arrancado a su padre. Había dado el primer paso hacia la libertad y la independencia.
En la recepción del sanatorio, Tengo dio su nombre y el de su padre.
—¿Por casualidad nos avisó que tenía intención de visitarlo hoy? —preguntó la enfermera. Su voz tenía un tono cortante. Era una mujer menuda, usaba lentes de montura metálica y en su cabello corto asomaban algunas canas.
—No. Esta mañana se me ocurrió venir y subí a un tren —respondió Tengo con sinceridad.
La enfermera lo miró con leve disgusto. Luego dijo:
—Se supone que los visitantes deben avisarnos antes de venir a ver a un paciente. Tenemos horarios que cumplir y también hay que tomar en cuenta los deseos del paciente.
—Lo siento. No lo sabía.
—¿Cuándo fue su última visita?
—Hace dos años.
—Hace dos años —repitió ella mientras revisaba la lista de visitantes con un bolígrafo en la mano—. ¿Quiere decir que no ha hecho una sola visita en dos años?
—Así es —dijo Tengo.
—Según nuestros registros, usted es el único familiar del señor Kawana.
—Eso es correcto.
Ella miró a Tengo, pero no dijo nada. Sus ojos no lo culpaban, solo comprobaban los hechos. Por lo visto, el caso de Tengo no era excepcional.
—En este momento, su padre está en rehabilitación grupal. Terminará dentro de media hora. Podrá verlo entonces.
—¿Cómo se encuentra?
—Físicamente está sano. En el otro aspecto tiene días buenos y días malos —respondió ella, tocándose la sien con el índice.
Tengo le dio las gracias y fue al salón situado junto a la entrada a esperar mientras continuaba leyendo su libro. De vez en cuando pasaba una brisa que traía el olor del mar y el rumor refrescante del pinar que servía como barrera contra el viento. Las cigarras se aferraban a las ramas y chillaban con todas sus fuerzas. El verano estaba en su apogeo, pero las cigarras parecían saber que no duraría mucho.
Al cabo de un rato, la enfermera de lentes se acercó para decirle que ya podía ver a su padre.
—Lo acompañaré hasta su habitación —dijo.
Tengo se levantó del sofá y, al pasar frente a un gran espejo colgado en la pared, advirtió por primera vez el aspecto descuidado que tenía. Llevaba una camiseta de la gira de Jeff Beck por Japón bajo una camisa de mezclilla desteñida con botones desparejados, pantalones chinos con manchas de salsa de pizza cerca de una rodilla y una gorra de béisbol. No era manera de vestir para un hijo de treinta años que visitaba a su padre en el hospital por primera vez en dos años. Tampoco llevaba nada que pudiera servir como obsequio en semejante ocasión. No era extraño que la enfermera lo hubiera mirado con disgusto.
El padre de Tengo estaba en su habitación, sentado en una silla junto a la ventana abierta, con las manos sobre las rodillas. En una mesa cercana había una maceta con varias flores amarillas y delicadas. El piso estaba hecho de un material blando para evitar lesiones en caso de caída. Al principio, Tengo no se dio cuenta de que el anciano sentado junto a la ventana era su padre. Se había encogido. Quizá sería más exacto decir que se había marchitado. Llevaba el cabello más corto y tan blanco como un césped cubierto de escarcha. Tenía las mejillas hundidas y quizá por eso las cuencas de los ojos parecían mucho más grandes que antes. Tres surcos profundos le atravesaban la frente. Sus cejas eran extremadamente largas y tupidas, y las orejas puntiagudas parecían más grandes que nunca. Se asemejaban a alas de murciélago. Visto desde lejos, parecía menos un ser humano que una criatura, una rata o una ardilla, un animal dotado de cierta astucia. Sin embargo, era el padre de Tengo o, mejor dicho, los restos de su padre. El padre que Tengo recordaba había sido un hombre duro y trabajador. La introspección y la imaginación podían serle ajenas, pero poseía su propio código moral y un firme sentido de propósito. El hombre que Tengo tenía ante sí no era más que una cáscara vacía.
—¡Señor Kawana! —dijo la enfermera al padre de Tengo con el tono nítido y claro que sin duda le habían enseñado a utilizar con los pacientes—. ¡Señor Kawana! ¡Mire quién vino! ¡Es su hijo, que ha venido desde Tokyo!
El padre de Tengo volvió la cabeza hacia él. Sus ojos inexpresivos le hicieron pensar a Tengo en dos nidos vacíos de golondrina suspendidos bajo los aleros.
—Hola —dijo Tengo.
Su padre no respondió. En cambio, lo miró fijamente como si estuviera leyendo un boletín escrito en un idioma extranjero.
—La cena comienza a las seis y media —le dijo la enfermera a Tengo—. Puede quedarse hasta entonces.
Después de que la enfermera salió, Tengo vaciló un momento y luego se acercó a su padre. Se sentó frente a él en una silla cubierta de tela descolorida, cuyas partes de madera mostraban las marcas de un uso prolongado. Los ojos de su padre siguieron sus movimientos.
—¿Cómo estás? —preguntó Tengo.
—Bien, gracias —respondió su padre con formalidad.
Tengo no supo qué decir después de eso. Mientras jugueteaba con el tercer botón de su camisa de mezclilla, dirigió la mirada hacia los pinos del exterior y luego volvió a mirar a su padre.
—Ha venido de Tokyo, ¿verdad? —preguntó su padre.
—Sí, de Tokyo.
—Habrá venido en el tren expreso.
—Así es —dijo Tengo—. Hasta Tateyama. Allí hice transbordo a un tren local para venir hasta Chikura.
—¿Ha venido a nadar? —preguntó su padre.
—Soy Tengo. Tengo Kawana. Tu hijo.
Las arrugas de la frente de su padre se hicieron más profundas.
—Mucha gente miente porque no quiere pagar la cuota de suscripción de NHK.
—¡Padre! —lo llamó Tengo. Hacía mucho tiempo que no pronunciaba esa palabra—. Soy Tengo. Tu hijo.
—Yo no tengo ningún hijo —declaró su padre.
—No tienes ningún hijo —repitió Tengo maquinalmente.
Su padre asintió.
—Entonces, ¿qué soy yo? —preguntó Tengo.
—No eres nada —respondió su padre, negando dos veces con movimientos breves de la cabeza.
Tengo contuvo el aliento. No encontró palabras. Su padre tampoco tenía nada más que decir. Permanecieron sentados en silencio, cada uno rebuscando entre sus propios pensamientos enmarañados. Solo las cigarras cantaban sin confusión, a todo volumen.
Tal vez esté diciendo la verdad, pensó Tengo. Puede que su memoria haya quedado destruida, pero probablemente sus palabras sean ciertas.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Tengo.
—No eres nada —repitió su padre con una voz carente de emoción—. No eras nada, no eres nada y nunca serás nada.
Tengo quiso levantarse de la silla, caminar hasta la estación y regresar a Tokyo en ese mismo momento. Pero no pudo ponerse de pie. Era como el joven que había viajado al pueblo de los gatos. Sentía curiosidad. Quería una respuesta más clara. Por supuesto, el peligro acechaba. Pero si dejaba escapar aquella oportunidad, no tendría ninguna posibilidad de conocer el secreto de su propia identidad. Tengo ordenó y reordenó las palabras en su cabeza hasta que por fin estuvo listo para pronunciarlas. Era la pregunta que había querido hacer desde niño, pero que nunca había conseguido formular del todo:
—Entonces, lo que dices es que no eres mi padre biológico, ¿correcto? Me estás diciendo que no hay ningún vínculo de sangre entre nosotros, ¿es eso?
—Robar ondas de radio es un acto ilegal —dijo su padre mientras miraba a Tengo a los ojos—. No es distinto de robar dinero u objetos de valor, ¿no le parece?
—Probablemente tengas razón.
Tengo decidió darle la razón por el momento.
—Las ondas de radio no caen gratis del cielo como la lluvia o la nieve —dijo su padre.
Tengo contempló las manos de su padre. Descansaban ordenadamente sobre sus rodillas. Eran pequeñas y oscuras, curtidas hasta los huesos por largos años de trabajo al aire libre.
—Mi madre no murió realmente de una enfermedad cuando yo era pequeño, ¿verdad? —preguntó Tengo con lentitud.
Su padre no respondió. Su expresión no cambió y sus manos no se movieron. Sus ojos se concentraban en Tengo como si observaran algo desconocido.
—Mi madre te abandonó. Nos dejó atrás a ti y a mí. Se marchó con otro hombre. ¿Me equivoco?
Su padre asintió.
—No está bien robar ondas de radio. Uno no puede salir impune y hacer lo que se le antoje.
Este hombre entiende perfectamente mis preguntas. Sencillamente no quiere responderlas de forma directa, pensó Tengo.
—Padre —se dirigió a él—. Puede que en realidad no seas mi padre, pero por ahora te llamaré así porque no sé de qué otra manera llamarte. A decir verdad, nunca me has agradado. Tal vez incluso te haya odiado la mayor parte del tiempo. Lo sabes, ¿verdad? Pero, aun suponiendo que no exista ningún vínculo de sangre entre nosotros, ya no tengo motivos para odiarte. No sé si podría llegar a sentir cariño por ti, pero creo que por lo menos debería ser capaz de entenderte mejor de lo que te entiendo ahora. Siempre he querido saber la verdad sobre quién soy y de dónde vengo. Eso es todo. Si me cuentas la verdad aquí y ahora, dejaré de odiarte. De hecho, agradecería la oportunidad de no tener que seguir odiándote.
El padre de Tengo continuó mirándolo con ojos inexpresivos, pero Tengo tuvo la sensación de vislumbrar un ínfimo destello de luz en alguna parte, en lo profundo de aquellos nidos vacíos de golondrina.
—No soy nada —dijo Tengo—. Tienes razón. Soy como alguien arrojado al océano de noche, flotando completamente solo. Extiendo la mano, pero no hay nadie. No tengo vínculo con nada. Lo más parecido a una familia que tengo eres tú, pero guardas el secreto. Entretanto, tu memoria se deteriora día tras día. Junto con tu memoria se está perdiendo la verdad sobre mí. Sin la ayuda de la verdad, no soy nada y nunca podré ser nada. También en eso tienes razón.
—El conocimiento es un valioso bien social —dijo su padre con monotonía, aunque ahora su voz era algo más baja, como si alguien se hubiera acercado a disminuir el volumen—. Es un bien que debe acumularse en abundancia y utilizarse con el máximo cuidado. Debe transmitirse a la siguiente generación de manera fructífera. También por esa razón, NHK necesita recibir todas las cuotas de suscripción y…
Tengo lo interrumpió.
—¿Qué clase de persona era mi madre? ¿Adónde fue? ¿Qué le sucedió?
Su padre puso fin al conjuro y apretó los labios.
Tengo continuó con voz más suave:
—A menudo tengo una visión. La misma, una y otra vez. Sospecho que no es tanto una visión como el recuerdo de algo que sucedió en realidad. Tengo un año y medio y mi madre está a mi lado. Ella y un joven se abrazan. Ese hombre no eres tú. No tengo idea de quién es, pero sin duda no eres tú.
Su padre guardó silencio, pero sus ojos veían claramente otra cosa, algo que no estaba allí.
—Me pregunto si podría pedirle que me leyera algo —dijo el padre de Tengo con tono formal después de una larga pausa—. Mi vista se ha deteriorado hasta el punto de que ya no puedo leer libros. En ese estante hay algunos. Elija el que prefiera.
Tengo se levantó para examinar los lomos de los volúmenes del estante. La mayoría eran novelas históricas ambientadas en épocas antiguas, cuando los samuráis recorrían el país. Tengo no se sentía capaz de leerle a su padre uno de aquellos libros rancios llenos de lenguaje arcaico.
—Si no te importa, preferiría leerte una historia sobre un pueblo de gatos —dijo Tengo—. Está en un libro que traje para leer yo mismo.
—Una historia sobre un pueblo de gatos —repitió su padre, saboreando las palabras—. Léamela, por favor, si no es demasiada molestia.
Tengo miró su reloj.
—No es ninguna molestia. Falta mucho para que salga mi tren. Es una historia extraña. No sé si te gustará.
Tengo sacó el libro de bolsillo y comenzó a leer despacio, con voz clara y audible. Hizo dos o tres pausas durante la lectura para recuperar el aliento. Cada vez que se detenía, miraba a su padre, pero no advertía ninguna reacción en su rostro. ¿Le gustaba la historia? No podía saberlo.
—¿Ese pueblo de gatos tiene televisión? —preguntó su padre cuando Tengo terminó.
—La historia fue escrita en Alemania en la década de 1930. En aquella época todavía no tenían televisión. Pero sí tenían radio.
—¿Los gatos construyeron el pueblo? ¿O lo construyeron los humanos antes de que los gatos fueran a vivir allí? —preguntó su padre como si hablara consigo mismo.
—No lo sé —respondió Tengo—. Pero parece que fue construido por seres humanos. Tal vez las personas se marcharon por algún motivo, quizá todas murieron a causa de alguna epidemia, y los gatos fueron a vivir allí.
Su padre asintió.
—Cuando se forma un vacío, algo tiene que aparecer para llenarlo. Eso es lo que hace todo el mundo.
—¿Eso es lo que hace todo el mundo?
—Exactamente.
—¿Qué clase de vacío estás llenando tú?
Su padre frunció el ceño. Luego dijo con un matiz de sarcasmo en la voz:
—¿No lo sabe?
—No lo sé —respondió Tengo.
Las aletas de la nariz de su padre se ensancharon. Una de sus cejas se alzó ligeramente.
—Si no puede entenderlo sin una explicación, tampoco podrá entenderlo con una explicación.
Tengo entrecerró los ojos, intentando leer la expresión del hombre. Su padre nunca había empleado un lenguaje tan extraño y sugerente. Siempre hablaba en términos concretos y prácticos.
—Ya veo. Así que estás llenando alguna clase de vacío —dijo Tengo—. Muy bien, entonces ¿quién llenará el vacío que tú has dejado?
—Usted —declaró su padre. Levantó el dedo índice y apuntó directamente a Tengo—. ¿No es evidente? Yo he llenado el vacío creado por otra persona, así que usted llenará el vacío que yo he creado.
—Como los gatos llenaron el pueblo después de que los humanos se marcharan.
—Correcto —dijo su padre.
Luego miró sin expresión su propio índice extendido, como si contemplara un objeto misterioso y fuera de lugar.
Tengo suspiró.
—Entonces, ¿quién es mi padre?
—Solo un vacío. Su madre unió su cuerpo a un vacío y usted nació de esa unión. Yo llené ese vacío.
Después de decir eso, su padre cerró los ojos y la boca.
—Y me criaste después de que ella se marchó. ¿Eso es lo que estás diciendo?
Tras carraspear con ceremonia, su padre dijo, como si intentara explicarle una verdad sencilla a un niño torpe:
—Por eso dije: «Si no puede entenderlo sin una explicación, tampoco podrá entenderlo con una explicación».
Tengo entrelazó las manos sobre el regazo y miró directamente el rostro de su padre. Este hombre no es una cáscara vacía, pensó. Es un ser humano de carne y hueso, con un alma estrecha y obstinada, que sobrevive a tumbos en este pedazo de tierra junto al mar. No tiene más alternativa que convivir con el vacío que se extiende lentamente en su interior. Al final, ese vacío devorará todos los recuerdos que le queden. Es solo cuestión de tiempo.
Tengo se despidió de su padre poco antes de las seis de la tarde. Mientras esperaba que llegara el taxi, ambos permanecieron sentados frente a frente junto a la ventana, sin decir nada. Tengo tenía muchas más preguntas que quería hacer, pero sabía que no obtendría respuestas. Se lo decían los labios fuertemente apretados de su padre. Si no se podía entender algo sin una explicación, tampoco se podía entender con una explicación. Como había dicho su padre.
Cuando se acercó el momento de partir, Tengo dijo:
—Hoy me contaste muchas cosas. Lo hiciste de manera indirecta y a menudo difícil de comprender, pero probablemente fuiste tan sincero y abierto como te era posible. Debería agradecértelo.
Su padre siguió sin decir nada. Mantenía la mirada fija en el paisaje como un soldado de guardia, resuelto a no perder de vista la bengala de señales lanzada por una tribu salvaje desde una colina lejana. Tengo intentó mirar en la misma dirección que su padre, pero allí fuera solo estaba el pinar, teñido por la luz del atardecer que se aproximaba.
— Lamento decirlo, pero casi no puedo hacer nada por ti, salvo esperar que el proceso que está formando un vacío en tu interior no te cause dolor. Estoy seguro de que has sufrido mucho. Amabas a mi madre tan profundamente como eras capaz de amar. Tengo esa impresión. Pero ella se marchó y eso debió de ser muy duro para ti, como vivir en un pueblo vacío. Aun así, me criaste en aquel pueblo vacío.
Una bandada de cuervos cruzó el cielo graznando. Tengo se puso de pie, se acercó a su padre y le apoyó una mano en el hombro.
—Adiós, padre. Volveré pronto.
Con la mano en el picaporte, Tengo se volvió una última vez y se sobresaltó al ver que una sola lágrima escapaba del ojo de su padre. Bajo la luz fluorescente del techo brillaba con un apagado color plateado. La lágrima avanzó lentamente por su mejilla y cayó sobre su regazo. Tengo abrió la puerta y salió de la habitación. Tomó un taxi hasta la estación y volvió a subir al tren que lo había llevado hasta allí.
FIN
