Del Acuerdo por la Paz al Escudo de las Américas: la dimensión de clase del Estado securitario en el ciclo Piñera-Boric-Kast

por Fernando López Mackenzie

La incorporación de Chile al llamado Escudo de las Américas, promovido desde Washington como un marco de coordinación regional contra el crimen organizado transnacional, obliga a plantear una pregunta que excede largamente la política exterior del gobierno de José Antonio Kast: ¿estamos ante un salto cualitativo, ante el nacimiento de una nueva orientación estatal provocada por el triunfo de la derecha, o frente a la culminación de un proceso mucho más largo de reorganización securitaria del Estado chileno, iniciado con la crisis de 2019, desarrollado bajo Sebastián Piñera y Gabriel Boric y profundizado ahora por Kast? La pregunta sólo puede responderse correctamente si al inventario de leyes, policías, sistemas de inteligencia y acuerdos internacionales se agrega una dimensión decisiva: la de clase. Porque un Estado securitario no se define únicamente por disponer de más poder coercitivo; importa saber qué relaciones sociales protege, cuáles son los conflictos que transforma en amenazas a la seguridad y sobre qué sectores sociales se descarga prioritariamente ese poder.

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Después de la megarreforma: desempleo, bonapartismo y recomposición del régimen político

por Alejandro Valenzuela Torres

La situación política chilena comienza a mostrar una paradoja que merece ser examinada más allá de la contabilidad parlamentaria de victorias y derrotas del gobierno. José Antonio Kast consiguió hacer aprobar aquello que constituía el núcleo económico de su programa inmediato: la denominada “megarreforma”, presentada bajo la retórica de la reconstrucción y la reactivación, pero cuyo contenido fundamental consiste en mejorar las condiciones de acumulación del gran capital mediante rebajas tributarias, garantías a la inversión y una disminución sustantiva de recursos fiscales provenientes de las grandes empresas. Consumada esa operación, sin embargo, el gobierno se ha encontrado ante un problema político mayor: la transferencia de recursos y garantías al capital financiero y a los grandes grupos económicos no constituye por sí misma un programa capaz de organizar políticamente a la sociedad y, sobre todo, no puede ocultar indefinidamente una realidad económica marcada por el debilitamiento de la actividad y una crisis del empleo que aproxima a Chile al millón de desocupados.

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