por Gustavo Burgos
La muerte de un revolucionario resulta siempre paradójica. En su esencia quien —como Recabarren— consumió su existencia en las llamas de la lucha de clases pareciera preparado trágicamente, altocontrastado, sobre el abrupto final de la existencia. Porque todo revolucionario pareciera estar dispuesto a morir en combate, porque abrazar la muerte —teleológicamente— resulta la natural consecuencia de la desmesura, la soberbia y la arrogancia de quien se ha dispuesto a desafiar el orden establecido. Esta insolencia era llamada hybris por los griegos, con ella se señalaba la rebeldía frente a los Dioses, castigada siempre como ocurrió con Ícaro o Prometeo. Así también ocurrió con nuestro Recabarren.