por Gustavo Burgos
La historia de las organizaciones revolucionarias latinoamericanas de las décadas de 1960 y 1970 suele ser presentada bajo dos formas igualmente incapaces de comprenderla. La primera es la demonización construida por las clases dominantes y patrimonio de reformistas y no pocos grupos que atrevidamente se reclaman revolucionarios: una narración en la cual la insurgencia aparece como obra de grupos irracionales, separados de la sociedad y en algunos casos responsables de haber provocado la represión que posteriormente los aniquiló. La segunda es una reivindicación puramente sentimental, limitada a la heroicidad de los combatientes, que conserva sus nombres y símbolos, pero evita discutir críticamente sus concepciones estratégicas, sus aciertos y sus errores como los de Neltume y Monte Chingolo. Ambas operaciones terminan coincidiendo en algo fundamental: impiden que aquellas experiencias sean apropiadas políticamente por las nuevas generaciones.