por Gustavo Burgos
El triunfo electoral de Javier Milei en Argentina anticipa, con una claridad inquietante, el posible —hasta este minuto parece inevitable— ascenso de la derecha chilena en los próximos comicios. No se trata de una mera analogía coyuntural ni de una copia mecánica de fenómenos políticos vecinos: lo que está en juego en ambos países es la incapacidad histórica de la clase trabajadora para dotarse de una expresión política propia y autónoma. En Chile, como en Argentina, el régimen se estructura sobre la coexistencia de dos grandes bloques burgueses —uno conservador, otro liberal— que se alternan en el poder administrando el mismo orden de explotación. Del lado “conservador”, la derecha pinochetista chilena, con sus variantes de Evelyn Matthei, José Antonio Kast y Johannes Kaiser, guarda una relación directa con el mileísmo argentino, convertido hoy en la única fuerza de la derecha trasandina. Del otro lado, el bloque “liberal”, representado en Chile por el gran arco progresista que va desde la ex Concertación hasta el Frente Amplio y el Partido Comunista, encuentra su espejo en el peronismo argentino y sus satélites electorales, que incluyen incluso a la izquierda del FIT, integrada en los hechos al horizonte electoral e institucional del régimen.