Vivimos tiempos turbulentos, en los que la historia de Rusia avanza con botas de siete leguas y cada año significa, a veces, más que decenios en periodos pacíficos. Se hace el balance de medio siglo de la época posterior a la reforma campesina y se asientan los cimientos de las estructuras sociopolíticas que determinarán durante largo tiempo los destinos de todo el país. El movimiento revolucionario sigue creciendo con celeridad sorprendente y “nuestras tendencias” sazonan (y se marchitan) con rapidez extraordinaria. Las tendencias que disponen de sólidas bases en el régimen clasista de un país capitalista en tan rápido desarrollo como Rusia encuentran “su sitio” casi en el acto y buscan a las clases afines. Un ejemplo: la evolución del señor Struve. Los obreros revolucionarios proponían, hace solo año y medio, que se le “arrancase la careta” de marxista; ahora, el mismo actúa ya sin careta como jefe (¿o lacayo?) de los terratenientes liberales, orgullosos de su arraigo y su sensatez. Por el contrario, las tendencias que expresan únicamente la volubilidad tradicional de las opiniones sustentados por los sectores intelectuales intermedios e indefinidos tratan de remplazar el acercamiento a determinadas clases con declaraciones, tanto más ruidosas cuanto mayor es el estruendo de los acontecimientos. “Alborotamos, amigo, alborotamos”: tal es la consigna de muchas personas de espíritu revolucionario, arrastradas por el torbellino de los acontecimientos y carentes de bases teóricas y sociales.
Leer más