por Gustavo Burgos
La expulsión del jefe de campaña, Darío Quiroga, del comando de Jeannette Jara por haberse burlado hace unos días de Franco Parisi, revela que la orientación general de su campaña no solo es ir por el voto de la derecha, sino que subordinarse a ella. El hecho, aparentemente intrascendente, es una manifestación elocuente de que la derrota histórica del progresismo en Chile no es un episodio electoral más: es la bancarrota de una estrategia política entera. Es, en realidad, el resultado del agotamiento estructural de una práctica reformista, de conciliación de clases, que se presentó como heredera de la revuelta de 2019 y terminó como su sepulturera. Aquellos que nos han criticado por sostener esta tesis —desde la moderación académica, el reformismo partidario o incluso sectores de la llamada «izquierda radical»— se aferran a explicaciones superficiales que reducen el fenómeno a errores comunicacionales, a un “desencanto transitorio” de las masas o a una supuesta «polarización atenuada». Lo de Parisi nos es una anécdota, es una cuestión de fondo.