por Gustavo Burgos
El antifascismo contemporáneo, en Chile como en Europa, ha devenido en una forma facilitadora de la contrarrevolución democrática: una estrategia de contención que bajo el ropaje moral de la “defensa de la democracia” subordina a los trabajadores a la fracción liberal del capital. En efecto, el antifascismo no constituye un movimiento de resistencia, sino un dispositivo ideológico que reencauza la energía social hacia la legitimación del Estado capitalista y de su violencia. En su esencia, el antifascismo no combate al fascismo como forma histórica del capital en crisis, sino que preserva el orden capitalista en su forma democrática, convirtiéndose en la antesala política de toda derrota obrera.