Virginia Woolf: «La duquesa y el joyero»

Oliver Bacon vivía en lo alto de una casa junto a Green Park. Tenía un departamento; las sillas estaban colocadas de manera que el asiento quedaba perfectamente orientado, sillas forradas en piel. Los sofás llenaban los miradores de las ventanas, sofás forrados con tapicería. Las ventanas, tres alargadas ventanas, estaban debidamente provistas de discretos visillos y cortinas de satén. El aparador de caoba ocupaba un discreto espacio, y contenía los brandys, los whiskys y los licores que debía contener. Y, desde la ventana central, Oliver Bacon contemplaba las relucientes techumbres de los elegantes automóviles que atestaban los atestados vericuetos de Piccadilly. Difícilmente podía imaginarse una posición más céntrica. Y a las ocho de la mañana le servían el desayuno en bandeja; se lo servía un criado; el criado desplegaba la bata carmesí de Oliver Bacon; él abría las cartas con sus largas y puntiagudas uñas, y extraía gruesas cartulinas blancas de invitación, en las que sobresalían de manera destacada los nombres de duquesas, condesas, vizcondesas y honorables damas. Después Oliver Bacon se aseaba; después se comía las tostadas; después leía el periódico a la brillante luz de la electricidad.

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Lo que no perdimos en el fuego

por Gonzalo León

Frank Kafka, Gertrude Stein, Virginia Woolf, Robert Musil, James Joyce y Marcel Proust revolucionaron la narrativa de principios de siglo XX. Mientras Kafka (1883-1924) innovó en el personaje literario y en el lenguaje que empleó (un alemán empobrecido, como señalaron Gilles Deleuze y Felix Guattari), Proust (1871-1922) lo hizo en el argumento y en el narrador en primera persona, que a veces parecía, especialmente en los siete tomos de En busca del tiempo perdido, un narrador en tercera y casi omnisciente. Sin embargo, de ambos se ha tenido la equivocada idea de que dejaron muchas cosas al azar, sobre todo en la construcción y difusión de sus obras. A Kafka y a Proust los unen muchas cosas: la obsesión por corregir, la delicada salud, el interés por que sus libros traspasaran las fronteras de sus países, la conciencia de haber construido algo nuevo, cierto atormentamiento vital, la estrecha relación con sus editores, pero de ninguna manera cierta desidia como a veces algunos los han hecho aparecer.

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Virginia Woolf, en Londres

por Manuel Vicent

Mi hotel estaba situado en Bloomsbury, un barrio lleno de librerías y tiendas de anticuarios, de plazoletas con jardines privados, a unos pasos del Museo Británico y del 46 de Gordon Square, la casa donde vivió Virginia Woolf. En mi primer viaje a Londres aprendí que los ingleses para llamarte hijo de perra bajan la voz, que los generales acuden al cuartel de paisano con paraguas, que este pueblo se las ha arreglado históricamente para vivir a costa del resto de los mortales, que sus ladrones, si bien no ganan en simpatía a los italianos, son, en cambio, los más elegantes del planeta, que si un británico, él o ella, sale guapo de fábrica, lo sigue siendo hasta la víspera de su muerte, que sus aristócratas se distinguen por masticar un pudin sin mover los labios. ¿Quién en el fondo no desearía haber recibido una herencia sucia muy cuantiosa purificada por cuatro generaciones que te permitiera ser esnob, excéntrico, divertido e ingresar en la aristocracia de la inteligencia como sucedió con la familia de Virginia Woolf?

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Virginia Woolf: crónica de un desastre

por Michael Holroyd

El primer volumen de la biografía de Quentin Bell sobre Virginia Woolf (1) nos lleva hasta la primavera de 1911 cuando, a la edad de treinta años, consintió en casarse con Leonard Woolf.

Virginia, tercer hijo del segundo matrimonio de Leslie Stephen, llegó a creer que las corrientes rivales de las tradiciones materna y paterna se mezclaban y fluían en confusión pero no armonizaban en su sangre. De su madre heredó la sensibilidad y gusto artístico, de su padre la fuerza intelectual y una consciencia neurótica. Fue educada en casa y la influencia paterna resultó especialmente poderosa.

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Virginia Woolf: diario de una escritora

1922

Viernes, 23 Je junio

Jacob está siendo pasado a máquina por la señorita Green, y cruzará el Atlántico el día 14 de julio. Entonces comenzará mi temporada de dudas y de altibajos. Me voy a proteger de la siguiente manera. Procuraré tener adelantado un relato para Eliot, vidas para Squire, y Reading; de manera que pueda darle la vuelta a la almohada, según sea mi suerte. Si dicen que se trata de un inteligente experimento, me dedicaré a producir, en calidad de producto acabado, «La señora Dalloway en Bond Street». Si dicen, su narrativa es inverosímil, yo diré, y qué me dicen de la fantasía de la señorita Ormerod. Si dicen; «Ni uno de sus personajes consigue importarnos un pimiento», les diré que lean mis críticas. Pero ¿qué dirán del Jacob? Una locura, supongo; una rapsodia inconexa; no lo sé. Para formarme una opinión sobre este libro confiaré en volverlo a leer. Sobre volver a leer novelas es el título de un artículo muy trabajado, pero notablemente inteligente, destinado al Supt.

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