Para Mariana Callejas, la verdadera condena fue que su paso por la DINA truncó su carrera literaria

La celebración del 18 de septiembre fue una fiesta inolvidable. Llegaron muchos amigos y dos invitados especiales: Enrique Lafourcade, el maestro, y el antipoeta Nicanor Parra. A ellos se sumaron los amigos más fieles de Mariana Callejas, los habituales del taller literario en la casa de Lo Curro: Gonzalo Contreras, Carlos Franz y Carlos Iturra. Fue una tarde feliz. El antipoeta recitó, jugó con los hijos de la anfitriona y estampó una dedicatoria en uno de sus libros: “Para mi más joven admirador, mi amigo Chris Townley”. Al anochecer sonó el teléfono, un llamado para la dueña de casa desde el extranjero: era Michael Townley desde Washington y, en clave, le informó a su esposa que todo iba viento en popa. Es decir, que la bomba ya estaba instalada en el chasis del auto de Orlando Letelier. Ella cortó, rápidamente marcó un número de la DINA y transmitió la información.

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4 de septiembre de 1970: el fuego que aguarda en la ceniza

por Edmundo Moure

Una parte de Tierra Firme; si

El Mar se llevara un Terrón,

Europa perdería un Promontorio

Como si se llevaran la Casa

De sus amigos o la tuya propia.

La Muerte de cualquier hombre me disminuye

Porque soy parte de la Humanidad; y

Por eso nunca procures saber

Por quién doblan las campanas:

Doblan por ti.

John Donne

Mi generación nació en los albores de la II Guerra Mundial. Somos hijos de muchas hogueras y de terribles holocaustos. No obstante, aprendimos muy temprano, por boca memoriosa de los ancestros de la Galicia remota, que el espacio sagrado en donde se guarda el fuego se llama hogar, o lareira… Cuando había que conservarlo, como el mayor de los tesoros surgido de las tinieblas, las benefactoras brasas se cautelaban durante todo el año.

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Mario Benedetti entrevista a Nicanor Parra (1969)

En la semana que pasé en Santiago, dos acontecimientos se juntaron para sacudir el territorio cultural chileno: pocos días después de que le fuera otorgado a Nicanor Parra el Premio Nacional de Literatura, Pablo Neruda era proclamado candidato del Partido Comunista a la Presidencia de la República. El poeta de Isla Negra concedió muchas entrevistas, pero la plataforma de su eventual «presidencia en la tierra» produjo algunas sorpresas. De más está decir que la prensa conservadora destacó con particular fruición la formal promesa del informal candidato: en caso de salir triunfante, respetará la industria privada. En vista de lo cual me fui a La Reina, donde Nicanor vive en su cuarta o quinta soledad, pero sin concederle ventajas a la melancolía. La verdad es que el prestigio literario de Parra en las nuevas promociones chilenas, es lo suficientemente firme y creciente, como para que su madurez se agite con un Premio Nacional más o menos; sin embargo, lo hallé más alegre que otras veces, y también más seguro, más tranquilo. Creo que algo de eso se refleja en las respuestas que, durante una hora, le pedí para Marcha.

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Nicanor Parra conversa con Leonidas Morales sobre Violeta 

El día en que debíamos grabar la conversación sobre Violeta*. Nicanor me recibió vestido de poncho largo. Subimos al segundo nivel de su biblioteca. Me preguntó yo tenía música araucana. Dijo que le interesaba mucho. De inmediato empezó a imitar el sonido cavernoso de la trutruca y a bailar la parte final de una canción araucana, siguiendo el ritmo con los pies y girando. Separaba los brazos, que levantaban el poncho y le daban al bailarín un aspecto de pájaro ritual. Me habló luego de la idea de una obra musical que debería ser como “un collage, una diseminación”, he­cha solamente con finales de canciones. Empezando con el final de la Canción Nacional. “Al final de la Canción Nacio­nal como termina, por ejemplo, una rumba, como termina una conga, o como termina un vals, o como termina una ópera. Y son nada más que despedidas, despedidas, despedi­das. Hasta el infinito”. En seguida llevó la idea de la mezcla de finales de canciones en otra dirección. Recordó una canción de Chiloé, una sirilla, y canto una parte de ella, con muy buena voz. Dijo: “Fíjate lo que resulta ahora”. Tarareó el fragmento de la sirilla, pero enlazándolo al final con el fragmento de la canción araucana, sin dejar de seguir el ritmo con los pies. El resultado fue sorprendente: los dos frag­mentos parecían haber olvidado sus diferencias, fundiéndose y dando origen a un producto musical enteramente nuevo ¡Cómo se pasa de la una a la otra, oye, con qué naturalidad! Cómo se profundiza cuando se pasa de la cosa un poquitito pintoresca cspañola a lo telúrico araucano”. Concluyó diciendo: “España y América: integración”.

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