«Me estoy quedando calvo», pensó Anderton al ver al joven. «Calvo y gordo y viejo.» Pero no lo dijo en voz alta. En cambio, empujó la silla hacia atrás, se puso de pie y rodeó el escritorio con la mano derecha firmemente extendida. Sonriendo con forzada amabilidad, le estrechó la mano al joven.
—¿Witwer? —preguntó, ingeniándoselas para que el tono sonara cordial.