por John Bellamy Foster
La automatización asociada a los algoritmos diseñados para los ordenadores, que plantea la posibilidad de que las máquinas inteligentes desplacen al trabajo humano, es un tema que ha estado presente durante más de siglo y medio, remontándose a la Máquina Diferencial de Charles Babbage y al famoso tratamiento del «intelecto general» de Karl Marx en los Grundrisse y su posterior concepto del «trabajador colectivo» en El Capital. Sin embargo, fue sólo con el auge del capitalismo monopolista a finales del siglo XIX y principios del XX que la industria a gran escala y la aplicación de la ciencia a la industria pudieron introducir la subsunción «real» en contraposición a la «formal» del trabajo dentro de la producción. Aquí el conocimiento del proceso de trabajo fue sustraído sistemáticamente a los trabajadores y concentrado en la dirección de tal forma que el proceso de trabajo pudo ser progresivamente descompuesto y subsumido dentro de una lógica dominada por la tecnología de las máquinas. Con la consolidación del capitalismo monopolista tras la Segunda Guerra Mundial y el desarrollo de la cibernética, el transistor y la tecnología digital, la automatización de la producción –y en particular lo que ahora llamamos inteligencia artificial (IA)– constituyó una amenaza creciente para el trabajo.