Había en San Petersburgo, cuando se llamaba Leningrado, una escuela, que estaba enfrente de una fábrica de armamento, que estaba al lado de un hospital, que pertenecía a una prisión, la prisión más famosa de toda Rusia, Las Cruces, con sus 999 celdas. Había en Leningrado, en aquellos primeros años de posguerra, un pelirrojo llamado Iosip Brodsky que fue a esa escuela hasta que lo echaron y consiguió trabajo en ese arsenal, de donde fue a dar con sus huesos en aquella cárcel, donde lo despacharon al pabellón de enfermos mentales de aquel hospital, donde lo ponían a pasar la noche en chaleco de fuerza, luego de empaparlo con una manguera (al enfriarse y contraerse, el chaleco de fuerza iba haciendo cada vez más honor a su nombre). Antes lo habían llevado a juicio, por parásito, por poeta, por judío. En determinado momento del proceso, el fiscal le preguntó: “¿Y a usted quién le dio permiso para decirse poeta?” El pelirrojo Brodsky, que tenía veintiún años, le contestó: “¿Y a usted quién le dio permiso para decirse hombre?”
juan forn
Narración de Juan Forn: «Por gracia del diablo»
Dice el Talmud: “Los gigantes no deben casarse entre ellos, pues procrearán mástiles. Y los enanos no deben unirse, pues producirán pulgares”. Shimshon Ovitz era un lector fiel del Talmud, y a los veinte años era el joven más sabio de su aldea, en los confines de Transilvania. También tenía la estatura de un niño de cinco años. Sus padres se habían desvelado por su educación, en vista de que no podría hacer trabajo físico, y no tuvieron inconveniente en conseguirle esposa porque Shimshon ganaba buen dinero amenizando festejos: a sus dotes como cantor y cuentero le sumaba su sapiencia talmúdica. Del matrimonio nacieron dos hijas enanas como el padre. La madre murió y Shimshon volvió a casarse con otra mujer de altura promedio. Tuvo con ella ocho hijos más: tres de altura convencional y cinco enanos, la menor de las cuales fue llamada Perla, por su tamaño y belleza. La casa de los Ovitz era un hogar feliz; el padre inició a los hijos en la ejecución musical y en el oficio de sastre (para que pudieran confeccionarse su propia ropa) y formó con ellos una troupe de música klezmer. A la muerte del padre, su lugar fue ocupado por el mayor de los hijos varones, quien siguió iniciando cada espectáculo con las mismas palabras que el sabio Shimshon: “Bendito sea Dios, que a todos nos hace distintos”.
El que ríe último
por Juan Forn
En 1969, en plena revolución del Nuevo Cine en Hollywood (Busco mi destino, de Dennis Hopper; La pandilla salvaje, de Sam Peckinpah; Bonnie & Clyde de Arthur Penn), el joven Peter Bogdanovich va a México a entrevistar a Orson Welles, que está actuando en una película de cuarta. Su plan es hacer un libro sobre el legendario director que lleva doce años gitaneando porque Hollywood no le pone dinero para dirigir. Durante la charla, Bogdanovich le cuenta que no sólo los jóvenes directores sino también leyendas como John Ford y Howard Hawks empiezan a tener el mismo problema. Orson golpea la mesa, dice que está planeando una película sobre el tema. Bogdanovich le pregunta si ya tiene guión. Orson procede a mostrarle cinco páginas arrugadas y manchadas de café. “Tengo hasta el título: Las bestias sagradas”.
Van Heijenoort: el secretario tenaz, el alter ego, el editor.
por Juan Forn //
Jan Van Heijenoort tenía un don para la matemática: podía resolver de un golpe de vista ecuaciones con tres incógnitas. Por esa razón recibió beca completa para el Lycée St-Louis de París, pero no fue por eso que se convirtió en secretario, traductor y guardaespaldas de León Trotsky cuando acababa de cumplir veinte años, aunque la situación que enfrentaba Trotsky en su exilio era una suma de incógnitas casi imposible de resolver para una cabeza normal. Como bien se sabe, Stalin expulsó de la URSS a su archienemigo y casi enseguida decidió enmendar el error a su manera habitual: haciéndolo matar. La tarea le demandó casi diez años y buena parte de esa demora se debió a la silenciosa y fiel presencia de Van Heijenoort junto a Trotsky.