por Francisco Lugo
La revolución rusa de 1917 es hasta el día de hoy el acontecimiento más radical de la historia social humana, en el que por primera vez la amplia mayoría se alzó para derrocar a sus opresores y crear una sociedad sin explotación. Sin obviar el antecedente, a la vez glorioso y trágico, de la Comuna de París (1871) y a pesar del aciago destino que le reservaría la contrarrevolución estalinista tras la muerte de Vladimir I. Lenin (1924), merced del atraso económico previo y el aislamiento político posterior (frustrada la revolución alemana de 1918, y con ella la Revolución internacional), la Revolución socialista en Rusia modeló la historia del siglo XX y lanzó ondas expansivas, que pusieron en jaque a la clase dominante y al orden social burgués, exacerbando la lucha de clases a todo lo largo y ancho del orbe. Previamente a la degeneración burocrática, la democracia de los soviets emprendió el reordenamiento de toda la organización social, como dio testimonio de ello el movimiento constructivista, que persiguió la unión del disfrute estético con la vida cotidiana. El terreno de la educación no sería una excepción y daría frutos señeros en la obra de pedagogos tan influyentes hasta el día de hoy como Antón S. Makárenko y Lev S. Vygotski.