Crítica de cine: «El asesino» (The Killer) de David Fincher

por Raúl Álvarez

Nunca se fue del todo pero está de vuelta. David Fincher está de vuelta. No porquesu última película suponga un regreso a la moral reversible del asesino. Tampoco porque en ella se exhiba como el miniaturista del plano y la elipsis, que siempre fue. Ni siquiera porque otra vez disfrute desollando el capitalismo con una metáfora sobre «minorías» y «mayorías». No. El director norteamericano ha vuelto porque ha vuelto a pensar en y con imágenes, dejando atrás los tics de dos películas –Perdida (Gone Girl, 2014) y Mank (2020)– empeñadas en entronizar la labor de sus guionistas; uno de ellos, para más inri, su propio padre. En El asesino Fincher se libera de ese yugo autoimpuesto y vuelve a jugar en su terreno favorito: la adaptación libre, sin más deudas que la obligación que tiene todo cineasta de hacer suyo un relato ajeno. Esa fue la clave, por ejemplo, en El club de la lucha (1999) y Zodiac(2007). Desarmó una narrativa y amartilló otra. 

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