Melos se enfureció. Decidió que, costara lo que costara, debía acabar con aquel rey de astucia perversa y violenta tiranía. Melos no entendía de política. Melos era pastor de una aldea. Había vivido tocando la flauta y jugando con las ovejas. Pero, ante la maldad, era más sensible que nadie. Aquella madrugada, Melos había salido de su aldea y, tras cruzar campos y montañas, había llegado a la ciudad de Siracusa, a diez leguas de distancia. Melos no tenía padre ni madre. Tampoco esposa. Vivía solo con su hermana menor, una muchacha tímida de dieciséis años. La muchacha estaba próxima a recibir como esposo a un pastor honrado de la aldea. La boda era inminente. Por eso Melos había venido desde tan lejos a la ciudad: para comprar el vestido de novia y los manjares del banquete. Primero reunió todo lo necesario y luego se puso a pasear sin prisa por la avenida principal. Melos tenía un amigo de la infancia. Se llamaba Selinuntius. Ahora vivía en la ciudad de Siracusa y trabajaba como cantero. Melos pensaba visitarlo. Hacía mucho que no se veían, y le alegraba la idea de ir a buscarlo.
Osamu Dazai
Cuento de Osamu Dazai: «Ubasute»
En ese momento, ella murmuró con voz extraña:
—Está bien. Yo me encargaré de todo. Desde el principio estaba resuelta a hacerlo. De veras, ya no hay más que decir.
— Eso no puede ser. Sé bien cuál es tu resolución. Piensas morir sola, o si no, abandonarte y hundirte sin importarte las consecuencias. Algo así, supongo. Tienes padres y un hermano menor. No puedo quedarme de brazos cruzados sabiendo lo que pretendes.
Aunque sus palabras sonaban sensatas, a Kashichi también le entraron de pronto ganas de morir.