por Jordi Ruiz
La madrugada en que asesinaron a Federico García Lorca no murió únicamente un poeta. Con él murió también un proyecto de una forma de España. Una España que aspiraba a ser culta, moderna, republicana, laica, artística y socialmente avanzada. Durante décadas, sin embargo, el relato de aquella muerte fue envuelto en una niebla de silencios, ambigüedades y eufemismos. Se habló de “fusilamiento”, de “caos de guerra”, de “excesos inevitables”.