La maquinaria de la nueva derecha

por Andrea Cavalletti

1. Si no creemos o no nos interesa creer en una autodefinición técnica, ¿podemos realmente creer en la existencia de una «nueva Derecha»? ¿Este adjetivo «nuevo» es aplicable a la facción que, a cualquier costo y por cualquier medio, siempre ha trabajado por la preservación de las condiciones de dominación y explotación? Sea cual sea la respuesta, el riesgo es caer en el hábito (un viejo vicio, en verdad) de buscar siempre fenómenos «nuevos» que comprender, es decir, creer en el mito de la novedad (el término positivo) que necesariamente sustituye todo lo que ha sido escrito y transmitido (el término negativo, lo no-nuevo). Este mito se basa en la linealidad del progreso y, por lo tanto, en la presunción de que el fenómeno antiguo es el ya comprendido, mientras que el nuevo es el inusual, el que necesitamos entender. En otras palabras, se nos pide que comprendamos un cambio, una novedad cuyas condiciones, sin embargo, asumimos que ya conocemos. Tal concepción de la novedad es evidentemente paradójica, pero su razón de ser radica en la misma fuerza de la costumbre que oculta esta evidencia. De hecho, la misma idea de que siempre hay algo nuevo no es más que la afirmación de que los acontecimientos siguen siempre el mismo orden, es decir, la pretensión de introducir lo usual en lo inusual, lo estable en lo inestable: es siempre la misma vieja idea de un impulso de renovación que se mantiene idéntico. En lo que respecta a nuestro problema, esta idea es la otra cara de la concepción del fascismo como un «fenómeno eterno», una definición quizás no incongruente, pero que debe manejarse con suma cautela, ya que es precisamente el fascismo (ya sea «viejo» o «nuevo») el que define sus conceptos con la partícula Ur-.

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