Cuento de Vladimir Nabokov: «Signos y símbolos»

Por cuarta vez en cuatro años se enfrentaban al dilema de qué regalo de cumpleaños llevar a un joven de juicio incurablemente perturbado. No tenía deseos. Para él, los objetos manufacturados por el hombre eran o bien colmenas del mal, vibrantes de maléfica actividad que sólo él era capaz de advertir, o vulgares consuelos sin utilidad alguna en el mundo de abstracción total en el que residía. Tras eliminar una serie de artículos que hubieran podido ofenderle o asustarle (cualquier cosa que se pareciera a un aparato, por ejemplo, la consideraba tabú), sus padres eligieron una fruslería delicada e inocente: una cesta con diez mermeladas diferentes en diez jarritas asimismo diferentes.

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El color del tiempo

por Gonzalo León

A finales del siglo XVI, cuando la poesía inglesa recién comenzaba de la mano de Petrarca, hubo poetas que decían que escribían con la memoria que, como se sabe, es un instrumento para retener la experiencia. Con el tiempo, el sueño también pasó a ser importante, incluso para algunos autores con mayor relevancia que la memoria: William Blake, un siglo más tarde, fue uno de los primeros. Y con el psicoanálisis el sueño pasó a tener más relevancia, cosa que atestiguó el surrealismo tanto en el arte como en la literatura.

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