El trasporte estaba cargado, listo para partir a medianoche. Los pies se arrastraban sobre las largas planchadas de madera. Se oía cantar muchas canciones. Muchos se despedían silenciosamente del puerto de Nueva York. Las numerosas luces hacían brillar las insignias militares…
Ray Bradbury
Cuento de Ray Bradbury: «La última noche del mundo»
¿Qué harías si supieras que esta es la última noche del mundo?
-¿Qué haría? ¿Lo dices en serio?
-Sí, en serio.
-No sé. No lo he pensado.
El hombre se sirvió un poco más de café. En el fondo del vestíbulo las niñas jugaban sobre la alfombra con unos cubos de madera, bajo la luz de las lámparas verdes. En el aire de la tarde había un suave y limpio olor a café tostado.
Cuento de Ray Bradbury: «Vendrán lluvias suaves»
La voz del reloj cantó en la sala:
–Tictac, las siete, hora de levantarse, hora de levantarse, las siete.
Como si temiera que nadie se levantase. La casa estaba desierta. El reloj continuó sonando, repitiendo y repitiendo llamadas en el vacío.
–Las siete y nueve, hora del desayuno, ¡las siete y nueve!
Cuento de Ray Bradbury: «La mezcladora de hormigón»
Las voces de las brujas susurraban como hierbas secas debajo de la abierta ventana.
-¡Ettil, el cobarde! ¡Ettil, el renegado! ¡Ettil, que no quiere participar en la gloriosa guerra de Marte contra la Tierra!
-¡Os escucho, brujas! -gritó Ettil.
Las voces descendieron hasta convertirse en un murmullo como el del agua en los largos canales bajo el cielo marciano.
Ray Bradbury: «Cuento de Navidad»
El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible. Cuando en la aduana los obligaron a dejar el regalo porque excedía el peso máximo por pocas onzas, al igual que el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban algo muy importante para celebrar esa fiesta. El niño esperaba a sus padres en la terminal. Cuando estos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios.
Cuento de Ray Bradbury: «El enano»
Aimee observó el cielo, serenamente.
La noche era una de esas noches de verano calurosas e inmóviles. El muelle de cemento estaba desierto; las lámparas eléctricas en hilera, rojas, verdes, amarillas, ardían como insectos en el aire sobre las maderas desnudas. Los encargados de los distintos kioscos de la feria estaban de pie, como muñecos de cera derretida, los ojos ciegamente fijos, sin hablar, todo a lo largo de la calle. Dos clientes habían pasado una hora antes. Esas dos criaturas solitarias estaban ahora en la rueda de la muerte, aullando cuando la rueda bajaba como una sonda en la noche encendida, dando vueltas y vueltas en el vacío.