por Phil A. Neel
La ciudad congelada se encuentra bajo asedio. En los largos inviernos fríos del corazón del Medio Oeste de Estados Unidos, el aire puede volverse tan gélido que duele respirar. Mercenarios enmascarados, en vehículos sin distintivos, recorren los montículos de nieve, secuestran personas en la calle y las trasladan a centros de detención por periodos indefinidos. Cada uno de esos mercenarios recibe decenas de miles de dólares como «bono de contratación» (hasta 50 mil, y 60 mil en condonación de deuda estudiantil) simplemente por empuñar las armas en nombre del régimen sitiado. Ante una crisis económica en cámara lenta, en la que un auge bursátil surrealista respaldado por el Estado se empareja con una estanflación persistente en la economía cotidiana, el servilismo se convirtió en una de las pocas industrias que registran un crecimiento real. Mientras las calles se congelan en Mineápolis, el índice S&P alcanza máximos históricos. Entre tanto, el crecimiento del empleo del último año fue tan desastroso que, tras publicarse las cifras, el régimen se apresuró a despedir al titular de la Oficina de Estadísticas Laborales y a amenazar a los medios que informaron sobre los datos.¹ Además del descenso del empleo debido al congelamiento de la inmigración, la profundidad de la crisis quedó señalada por la caída continua de la tasa de participación laboral, que fue el mayor lastre individual del crecimiento del empleo en la primera mitad de 2025 (lo que indica que cada vez más personas abandonan por completo la fuerza de trabajo sin ser contabilizadas por las estadísticas de desempleo).² Podemos pensar, entonces, el asedio como una suerte de keynesianismo mercenario, que compensa la falta de empleo en los nuevos sectores de defensa impulsados por inteligencia artificial, foco del enfoque general de saqueo y reestructuración del gobierno.