Elena Poniatowska entrevista a Luis Buñuel

Las preguntas van y vienen, las palabras se cruzan en el aire y Luis Buñuel no pierde esa expresión tan suya que parece esperar siempre que se le diga algo interesante. Casi calvo, excepto por unos cabellos de los lados y unos cuántos en la parte alta de la cabeza, con un bigote delgado y la nariz que se achata curiosamente en la punta. Buñuel tiene un rostro de labriego. Es de esos hombres que alzan la vista al cielo y saben cuando va a llover. Una mano apoyada sobre su pala, en medio de la llanura inmensa, sus facciones talladas a lo hondo, curtidas, son reservas milenarias de vigor. Sólo un punto vulnerable: para oír se pone la mano en la oreja formando un caracol. Con el ala de su oreja construye un pequeño biombo; un dique que evita la dispersión de los sonidos y hace que se canalicen dentro del oído. Al toparse contra la pared de su mano y de su oreja erguida, las palabras se concentran, y él, entonces, puede oírlas. (Si doy esta explicación tan científica es porque Buñuel es un técnico con guantes de box; un renegado del sentimentalismo que capta mil sonidos insólitos y reveladores, mil signos de fuego, de tierra y de aire, y escapa milagrosamente a los ruidos de la “jungla humana”.)

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