En 1928, a los nueve años, yo formaba parte, con todo el espíritu de cuerpo posible, de una organización conocida como el Club de los Comanches. Todos los días de clase, a las tres de la tarde, nuestro Jefe nos recogía, a los veinticinco comanches, a la salida de la escuela número 165, en la calle 109, cerca de Amsterdam Avenue. A empujones y golpes entrábamos en el viejo autobús comercial que el Jefe había transformado. Siempre nos conducía (según los acuerdos económicos establecidos con nuestros padres) al Central Park. El resto de la tarde, si el tiempo lo permitía, lo dedicábamos a jugar al rugby, al fútbol o al béisbol, según la temporada. Cuando llovía, el Jefe nos llevaba invariablemente al Museo de Historia Natural o al Museo Metropolitano de Arte.
J.D. Salinger
Algunos hombres que ríen y el arte de contar historias
por Cristián Vázquez
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En la tormentosa noche del 29 de enero de 1690 –hace un mes y 330 años– un barco se alejó de la isla de Portland, en el sur de Inglaterra, dejando en la rocosa costa a un niño de diez u once años. Ese abandono era la última crueldad que los tripulantes de aquella embarcación ejecutaban contra ese niño: antes le habían mutilado y deformado el rostro para dejarle fija en la cara una sonrisa monstruosa y convertirlo así en un fenómeno de feria. El niño se llamaba Gwynplaine.