El fin de la inocencia

por Frédéric Lordon

A veces somos bendecidos con inesperados momentos de verdad. «El pescado se pudre por la cabeza», declaró el primer ministro francés Gabriel Attal cuando se abalanzó sobre la última invención del bando del apoyo incondicional: arremetía contra la supuesta corrupción moral del activismo estudiantil contra la guerra de Gaza en el «elitista» Institut d’études politiques de París. Una declaración milagrosamente acertada de una boca típicamente llena de falsedades. Que el pescado se pudre por la cabeza es incluso doblemente cierto. Porque la cabeza puede entenderse en un sentido metafórico: como representación de los gobernantes y, más en general, de los dominadores. En este sentido, sí, la podredumbre está ahora en todas partes. Y también puede entenderse en un sentido metonímico: como las operaciones del pensamiento y, en el caso que nos ocupa, la decadencia de esas operaciones. Más aún: el colapso de las normas que supuestamente las rigen.

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