de Finn McRedmond
Cuando el Papa Francisco apareció por vez primera en el balcón de la Basílica de San Pedro en 2013, aquello supuso una victoria simbólica para el ala liberal de una Iglesia asediada. El Santo Padre recién elegido pondría orden en el desorden plagado de escándalos que había dejado la estela de Benedicto XVI y arrastraría al papado al siglo XXI. En la década transcurrida desde entonces, los esfuerzos de Francisco lo han diferenciado de sus predecesores, mucho más acartonados: ha denunciado las leyes que criminalizan la homosexualidad; en 2015 utilizó un tono revolucionario al sugerir que se podía conceder el perdón a las mujeres que hubieran abortado; al principio de su pontificado declaró que, sí, hasta los ateos podían ir al cielo.