Narración de Vladimir Morgado: «Harina con cemento»

Me llegó un mail del centro cultural, en este mencionan que debo retocar una imagen que mandé hace meses a la web. Me pongo en contacto con el editor de la página. Un poco apenado me recomienda dar un aspecto más joven al protagonista de la ilustración. La noticia me desconcierta ya que la mayoría de las veces no hay retorno tras el envío. Me he acostumbrado paulatinamente a esta falta de comunicación. Pero eso suele ser algo bueno, si no hay noticias es una buena noticia dicen por ahí. De igual forma les sucede a los demás integrantes del proyecto, uno se siente a merced de los superiores, nos llevamos bien, pero se nota una lejanía en el trato. Con el editor nos conocemos hace tiempo, el cubría algunos turnos trabajando con su padre en el mercado, y yo iba con el mío a comprar casi todos los días a su pilastra. Con el tiempo entablamos conversaciones que tenían que ver con la escritura, sin saber que él escribía. un día le pedí que revisara un cuento mío, era el primer cuento que terminaba; mirando atrás me doy cuenta de la cantidad de espacios comunes y fallos del lenguaje que contenía, además de una indudable influencia del relato “Dagón” de Lovecraft. Una Influencia que por cariño a mí mismo no tildaré como plagio ya que la única diferencia con el relato original es que sucedía en la playa las Torpederas. Cristóbal fue atento y respetuoso con mi trabajo, se lo agradecí, me dio sus correcciones, pero sinceramente no creo haber podido mejorar aquel relato. Luego decidí mejor dedicarme a dibujar escritores en vez de escribir. Hace unos días nos juntamos en el centro, me entregó unos libros que le compré. Conversamos largo rato, me dijo que los proyectos de cultura muchas veces se desplantan con esa incertidumbre, sobre todo si se trata de profesionales freelance. Dependemos de los que manejan los fondos, quienes hacen y deshacen a voluntad. De igual forma nos comenta que uno aprende a dejar pasar lo malo y quedarse con lo bueno, si no la cosa no funciona. Lo ven a uno prescindible, es la dinámica de mucha gente que se dedica a ganar este tipo de fondos y que puede que no tengan una ambición estética personal: gente que no tiene el “duende”. Me hizo bien verlo, para diluir esa muralla entre la institución y nosotros los obreros, como dice él. Además de aclararme de que no es la idea agregarles más arrugas a los escritores retratados, por más verídicas que éstas sean. 

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