—Ahí va la Todd —dije.
Homer Buckland miró pasar el pequeño Jaguar y asintió. La mujer le saludó con la mano. Homer inclinó ese cabezón suyo desgreñado, pero no correspondió al saludo. Los Todd tenían una gran finca de recreo en Castle Lake y Homer era su guarda desde tiempos inmemoriales. Pero algo me decía que la segunda esposa de Worth Todd le caía tan mal como bien le había caído la primera.