Cuento de Stephen King: «El atajo de la señora Todd»

—Ahí va la Todd —dije.

Homer Buckland miró pasar el pequeño Jaguar y asintió. La mujer le saludó con la mano. Homer inclinó ese cabezón suyo desgreñado, pero no correspondió al saludo. Los Todd tenían una gran finca de recreo en Castle Lake y Homer era su guarda desde tiempos inmemoriales. Pero algo me decía que la segunda esposa de Worth Todd le caía tan mal como bien le había caído la primera.

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