Stephen Davies: «La especie artística»

Hace cuatrocientos mil años, un miembro de una especie humanoide ancestral fabricó un hacha de mano. Como otras hachas, esta se creó dando la forma deseada a una roca mediante un ingenioso proceso consistente en desprender esquirlas golpeando un núcleo de piedra. La herramienta resultante era del tamaño de una mano y de bordes afilados. Se caracterizaba por su excepcional calidad y por el material de que estaba hecha: una variedad de cuarzita de color rojo oscuro, un color que recuerda el de la sangre. Probablemente no se utilizó para cortar. No podemos estar seguros de cómo llegó hasta allí, pero fue el único artefacto encontrado en un hoyo en el que el grupo del que formaba parte el hombre que lo creó sepultaba a sus muertos. Es muy probable que sea la primerísima ofrenda fúnebre. Los arqueólogos que desenterraron esta hacha de mano de color se quedaron tan impresionados que decidieron ponerle de nombre “Excalibur”, por la espada de la leyenda artúrica.[1]

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