Escolasticidio o la destrucción del saber 

por Soledad Chávez Fajardo

Ante mis ojos veo un grabado de Piranesi, uno de la colección de la Roma Antigua. Son esas colosales construcciones en ruinas. La tensión entre la magnificencia y el abandono son la clave de su belleza y de la melancolía que generan. Esto me lleva a pensar en cuánta colosal obra del hombre ha sido abandonada o, lo que es peor, destruida ex profeso. En un ejercicio doloroso hago un repaso por algunas de las principales destrucciones de bibliotecas en la historia de la humanidad. Por ejemplo, hacia el 612 antes de nuestra era, Nínive fue asediada por babilonios y medos. Allí se destruyó por completo la Biblioteca Real de Asurbanipal. Con ello, entre otras tradiciones textuales, se destruyeron los primeros textos literarios de la humanidad, como el Poema de Gilgamesh. Lamentablemente, por más que se hayan encontrado fragmentos en el sitio de Nínive o nuevas versiones, la epopeya permanece incompleta. Probablemente a finales del siglo IV de nuestra era, una de las sedes de la Biblioteca de Alejandría, el Serapeo, fue saqueada y destruida, por ser un enorme espacio del “saber pagano”. Escritores cristianos de la época, como Rufino de Aquilea y Sozomeno lo describen pormenorizadamente. A tal punto fue un hito esta destrucción, que se entiende como la consolidación del cristianismo en la Antigüedad tardía. Ya más cerca de nuestra historia, en 1931, en lo que se conoce como la Quema de conventos, la Casa profesa de Madrid fue incendiada y, con ella, la que se conocía como la segunda mejor y más completa biblioteca del país: la jesuita. Ochenta mil volúmenes (muchos de ellos incunables) se consumieron con las llamas.

Leer más

Ir al contenido