por Roberto Rodríguez Reyes
Si con la publicación del Ulises la literatura perdía su ingenuidad al replegarse sobre sí misma y convertirse en medio y fin de su realización, las primeras obras de la vanguardia, por la misma época, forzaban al lector a mirar más allá de los márgenes de los libros, indagar en el mundo de los referentes y calar la literatura por su incidencia en esa dimensión empírica en la que habita el minotauro moderno: un angustiado animal mitad individuo, mitad sociedad. Las dos posiciones implicaban un sacrificio y una apuesta por llevar la literatura hasta sus extremos. Joyce, en un movimiento hacia el interior de la obra, se abstuvo de adoptar una convención y puso en primer plano la convencionalidad misma. Arrastró el lenguaje hasta las zonas primigenias de la inteligencia donde aún la palabra apenas nombra y la sintaxis adolece de su efectividad lógica. Los surrealistas, por su parte, rodeaban durante horas a un Robert Desnos hipnotizado para transcribir al francés lo que en jerga bovina escuchaban y presumían el dictado de su inconciente. Dadaístas, letristas, situacionistas y futuristas, trocaban las palabras y los gestos, y asfixiaban el lenguaje hasta dejarlo fuera de los dominios del verbo, trasmutado en grito, onomatopeya o ademán. Tanto la interrogante por la capacidad de representación del lenguaje como la politización del arte remitían inexorablemente a explorar el proceso que media entre la percepción de la realidad y su paso a la escritura. Ambos movimientos, aunque en direcciones contrarias, arribaron a una misma evidencia: la literatura se hace de sus propios límites, allí donde ya ha empezado a constituirse, empieza también a extinguirse.