por Ricardo Echávarri
Tomé Peyote en México en la montaña
y dispuse de un paquete que me hizo permanecer
dos o tres días entre los tarahumaras. Pensé, entonces,
en aquel momento, que estaba viviendo
los tres días más felices de mi existencia.
Había cesado de aburrirme, de buscar
una razón a mi vida y de tener que cargar
mi cuerpo. Comprendía que estaba inventando
la vida, que esa era mi función y la razón
de mi ser y que no me aburría cuando
había perdido la imaginación y el peyote
me la daba.
Antonin Artaud, Una nota sobre el peyote
En 1936, Antonin Artaud viajó al corazón de la sierra Tarahumara, a conocer “una cultura mágica”, original, no contaminada por Europa. No fue el primer europeo que viajó al país rarámuri. Cincuenta años antes, el etnólogo noruego Carl Lumholtz (autor de México desconocido, el primer libro sobre los indios del norte) llegó a lomo de mula a Nararachic, el lugar donde danza la muerte, con una carta de Porfirio Díaz, que le servía de salvoconducto. Lumholtz dio la primera noticia a Occidente de la existencia de una “raza que vivía aún como en la Edad de Piedra”; se adelantó también a Artaud en probar el peyote y describir los efectos psicotrópicos de la mezcalina pura. “La planta, cuando se toma, calma toda sensación de hambre o sed. También produce alucinaciones. Tomé sólo una pequeña jícara, pero sentí los efectos en pocos minutos. Primero me hizo despertar y actuó como un estimulante, similar al café, pero mucho más fuerte. El híkuli es también un poderoso protector de su pueblo y en cualquier circunstancia le trae suerte”.