Por entre las casas de aquella calle, con aullido salvaje se agita una extraña procesión.
La multitud, apretada y lenta, avanza como una gran ola, y delante, al paso, marcha un flaco caballo cómicamente hirsuto, con la cabezota abatida. Levantando una de las patas delanteras, sacude la cabeza de un modo singular, como si con aquella cabeza erizada diera en el polvo del camino, y cuando alza la pata trasera, toda su grupa se inclina hacia el suelo, cual si fuera a caer.