Los muertos se aparecen, es un hecho comprobado. Cuando la pérdida es reciente, una y otra vez vienen a buscarnos. Al volver a casa, detrás de la puerta, sentimos nítidas su presencia y su espera. Cuando bajamos la guardia, escuchamos sus pasos y sus ruidos menudos por los cuartos. Reaparecen de golpe en una nota escrita con su letra, tararean dentro de nuestra cabeza sus canciones, incluso dicen sus frases favoritas por nuestra boca. En la calle, a lo lejos, creemos verlos entre la gente: su nuca, su corte de pelo, su manera de andar. Los recuperamos un instante por sorpresa, se nos desboca el corazón y después volvemos a perderlos. El impulso de contarles las buenas o malas noticias durará mucho tiempo, tal vez toda nuestra vida. Hablaremos con ellos a escondidas, en silencio pudoroso, para revivir un recuerdo, un detalle nimio, una broma con sentido oculto que nadie más sabría descifrar. En numerosos casos de amputaciones, los médicos describen el síndrome del ‘miembro fantasma’. Ante la ausencia de una parte de nosotros, el cerebro crea sensaciones ilusorias de frío, temblor o calambres. Las sombras también duelen.
Irene Vallejo
«El infinito en un junco»: las raíces de la esperanza
por Alfonso Matus
Bajo la luz parda del amanecer los rastreadores levantan el campamento. Comparten una hogaza de pan, beben algo de agua y prosiguen su camino. Están en algún lugar de Anatolia, no muy lejos de los ríos que bañaron los albores de la civilización. Corren el riesgo de llevar un cofre rebosante en dracmas.