Cuento de G.K. Chesterton: «La forma equívoca»

Una de las carreteras que salen por el norte de Londres se prolonga hacia el campo en un remedo de calle, donde la línea se conserva, aunque haya muchos huecos de terreno sin edificar. Aquí aparece un grupo de tiendas que lindan con un solar cercado o una dehesa, y más allá una taberna famosa, y luego —tal vez— un mercado de hortalizas, o el jardín de un hospicio para niños, y después una espaciosa mansión privada, y a continuación vuelve al campo, y luego otra posada, etc. El que pase por esta carretera no dejará de reparar en cierta casa que le llamará la atención, sin que él mismo sepa por qué. Es una casa larga y más bien baja, que corre paralela a la calle, pintada de blanco y verde pálido, con verja y persianas, y pórtico cubierto por una de esas lindas cúpulas que parecen sombrillas de madera, y que suele uno ver en algunas casas anticuadas. Y es que, en efecto, se trata de una casa anticuada, muy inglesa y muy suburbana, en el bueno, en el viejo, en el cómodo sentido de la palabra como corresponde al barrio de Clapbam. Sin embargo, la casa tiene aire de haber sido construida para clima caliente. Aquel color blanco, aquellas persianas, hacen pensar vagamente en turbantes, y hasta en palmeras, despiertan la idea de una procedencia que no acierto a describir. Tal vez la casa ha sido construida por ingleses de la India.

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