Cine: «La última sesión de Freud»

por David Tejero

En la historia existen claras analogías entre el surgimiento del cine y la aparición del psicoanálisis. Ambas disciplinas, contemporáneas, nacen en el crepúsculo del siglo XIX, sin embargo, no hay datos ni declaraciones especialmente reseñables acerca del impacto que tuvo el cine en la figura del ilustre Sigmund Freud, mientras que resulta mucho más evidente como el cinematógrafo ha poseído y adquirido el registro propicio para desarrollar todas esas teorías freudianas e incorporarlas a sus imágenes. Dicen que fue en 1909, durante un viaje a Nueva York para dar una serie de conferencias, cuando Freud asistió por primera vez a una proyección cinematográfica. Ninguna biografía documenta con precisión el título de la película que Freud vio en el cine, y ni siquiera contamos con una opinión constructiva sobre lo que supuso esa experiencia, pero marca un espacio común en la historia. Lo más que tenemos es un postizo desprecio del doctor hacia el cine como mero espectáculo de feria, un circo o simple pasatiempo. También es sabido el rechazo de Freud a colaborar con el productor Samuel Goldwyn, que tenía intención de ficharlo para una de sus películas románticas. En ese umbral fantástico, cine y psicoanálisis han querido trocar en una sola narrativa misteriosa, siendo los sueños y múltiples interpretaciones parte de la sustancia gelatinosa que alimenta el flujo de imágenes absorbidas por el séptimo arte. 

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Cine: «El Prodigio» de Sebastián Lelio, el lugar es la fuente de toda historia

por David Tejero

Las montañas rocosas arrugan su manto para comprimir el paisaje, los cielos albergan testimonios de lúgubres e inhóspitos caminos de barro. Polvo, arena, suelo, regiones, naciones y mundos manchados de sudor y sangre. El prodigio, última película de Sebastián Lelio, marca de manera sinuosa el trayecto de un paisaje desolador, como motor de una ficción mutable, ficción fuera de cualquier contexto histórico, fuera de tiempo y de etiquetas. De esta historia de soledad, que adopta el tono confesional de una mujer de ciencia, pasamos a la historia de una fe inquebrantable en los paisajes que nos habitan. El director chileno construye su obra a través de una continua interpelación al espectador, cediendo a los mecanismos de ficción del relato cinematográfico. Por eso no es de extrañar que su película abra con la desnudez de los escenarios e interiores en los que transcurre la historia. Un bello ejercicio de metaficción calibrado en las distancias precisas para dominar el cine. Lelio nunca invade a sus heroínas y protagonistas, acierta al no irrumpir en su espacio vital colocando la cámara en proporción a la mirada del espectador. El autor, demiurgo y orador omnisciente, maneja los hilos de un escenario global muy acorde con las teorías dramatúrgicas de Bertolt Brecht. Sin confundir realidad con ficción la cámara se asoma en escorzos hacia el cosmos de una fantasía de apariencia sobrenatural. 

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