Cine: «El Prodigio» de Sebastián Lelio, el lugar es la fuente de toda historia

por David Tejero

Las montañas rocosas arrugan su manto para comprimir el paisaje, los cielos albergan testimonios de lúgubres e inhóspitos caminos de barro. Polvo, arena, suelo, regiones, naciones y mundos manchados de sudor y sangre. El prodigio, última película de Sebastián Lelio, marca de manera sinuosa el trayecto de un paisaje desolador, como motor de una ficción mutable, ficción fuera de cualquier contexto histórico, fuera de tiempo y de etiquetas. De esta historia de soledad, que adopta el tono confesional de una mujer de ciencia, pasamos a la historia de una fe inquebrantable en los paisajes que nos habitan. El director chileno construye su obra a través de una continua interpelación al espectador, cediendo a los mecanismos de ficción del relato cinematográfico. Por eso no es de extrañar que su película abra con la desnudez de los escenarios e interiores en los que transcurre la historia. Un bello ejercicio de metaficción calibrado en las distancias precisas para dominar el cine. Lelio nunca invade a sus heroínas y protagonistas, acierta al no irrumpir en su espacio vital colocando la cámara en proporción a la mirada del espectador. El autor, demiurgo y orador omnisciente, maneja los hilos de un escenario global muy acorde con las teorías dramatúrgicas de Bertolt Brecht. Sin confundir realidad con ficción la cámara se asoma en escorzos hacia el cosmos de una fantasía de apariencia sobrenatural. 

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