Chacha Sandoval, la memoria de la derrota y una discusión que la transición quiso clausurar

por Gustavo Burgos

La muerte del compañero Héctor Luis “Chacha” Sandoval y la reedición, a propósito de ella, de la declaración suscrita en 2017 por numerosos y respetables antiguos militantes y dirigentes del MIR, contra las tesis contenidas en su controversial libro Un viaje a los sótanos de la dictadura vuelven a colocar sobre la mesa un  problema que sería un error reducir a una disputa entre antiguos camaradas. Las acusaciones formuladas por Sandoval acerca de una supuesta penetración de niveles relevantes de la Dirección Interior del MIR por los organismos represivos son suficientemente graves como para exigir pruebas igualmente graves; allí donde éstas no existan, corresponde decirlo con claridad. Pero limitar nuevamente la discusión a determinar quién dijo la verdad, quién difamó a quién o quién actuó con mayor consecuencia reproduciría precisamente uno de los problemas que atraviesan la elaboración histórica de la derrota revolucionaria chilena: la sustitución del análisis político por el juicio moral. La declaración de 2017 contiene, en cambio, un punto mucho más fecundo cuando reconoce que, junto con la acción devastadora de los organismos represivos, existieron “errores políticos de evaluación de la fuerza propia y de la del enemigo”. Allí comienza una importante discusión política, porque obliga a abandonar el cómodo territorio de héroes, traidores, culpables y mártires para ingresar en otro mucho más relevante: estrategia, programa, dirección, relación con las masas, correlación de fuerzas y derrota.

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Investigar el pasado: memorias íntimas y colectivas. Una reflexión sobre el libro “Cuando llega septiembre, el asesinato de José Carrasco Tapia”

por Amanda Marton Ramaciotti

¿Quiénes conocieron a Pepe Carrasco en persona? ¿Y quiénes lo conocieron a través de otros? Pregunto esto porque mientras leía el libro de Jimena Colombo Cuando llega septiembre – el asesinato de José Carrasco (Ceibo, 2026) se hizo inevitable pensar en cómo la memoria individual constituye uno de los pilares de la existencia humana. Pero, como sabemos, esta dimensión individual está ineludiblemente atravesada por vivencias históricas, sociales y culturales compartidas. Así, las memorias personales de quienes conocieron a José Carrasco –Pepe, Pepone– en carne y hueso, son esenciales para que nosotros, como Jimena o yo, nacidas en democracia, también lo conozcamos.

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Miguel Woodward: el cura obrero de Valparaíso y el cristianismo que tomó partido

por Valeria Menéndez

La historia de Miguel Woodward Iriberry (en la foto de portada, de bigotes y maletín, marcha en primer plano) ocupa un lugar singular en la memoria política de Valparaíso. Sacerdote, ingeniero, obrero industrial, dirigente sindical y militante del MAPU, su trayectoria reunió en una sola vida varias de las corrientes que atravesaron la radicalización política de América Latina durante las décadas de 1960 y 1970: la irrupción del movimiento obrero como actor político independiente, la crisis del viejo orden oligárquico, la Revolución Cubana, la renovación de la Iglesia posterior al Concilio Vaticano II y el surgimiento de un cristianismo que ya no se conformaba con predicar caridad hacia los pobres, sino que comenzaba a interrogarse acerca de las estructuras económicas que producían la pobreza. Woodward perteneció a esa generación de cristianos que llevó aquella conclusión hasta sus consecuencias políticas. Su vida terminó después del golpe militar de 1973: fue detenido por fuerzas vinculadas a la Armada, torturado y murió bajo custodia de agentes del Estado, mientras su cuerpo nunca fue recuperado. La documentación histórica registra su muerte el 22 de septiembre de 1973.

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La Parada Militar: la oligarquía, Körner y el Ejército contra el pueblo

por Alejandro Valenzuela Torres

Cada 19 de septiembre, la burguesía chilena celebra uno de sus rituales políticos más persistentes. Bajo el nombre de «Glorias del Ejército», miles de efectivos desfilan por el Parque O’Higgins mientras las autoridades civiles contemplan desde las tribunas el despliegue de tropas, armamentos, estandartes y bandas militares. La ceremonia pretende representar una institución situada por encima de los conflictos sociales, encarnación permanente de la patria y continuidad armada de la nación. Sin embargo, basta remover algunas capas de esta liturgia para que aparezca una historia bastante menos edificante: guerras civiles, sometimiento militar del pueblo mapuche, influencia castrense extranjera, represión del movimiento obrero, masacres de trabajadores, golpes de Estado y, finalmente, el genocidio político desencadenado a partir del 11 de septiembre de 1973. La pregunta relevante no es, entonces, qué tan marcialmente desfilan las tropas, sino qué historia social se oculta bajo el concepto abstracto de «glorias» y qué función ha desempeñado concretamente el aparato militar cuando los conflictos de clase han puesto en peligro el orden existente.

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A cuarenta años del atentado a Pinochet: la revolución que la transición quiso borrar

A la memoria de José Carrasco Tapia, Gastón Vidaurrázaga Manríquez, Felipe Rivera Gajardo y Abraham Muskatblit Eidelstein, secuestrados y asesinados por agentes de la dictadura en una operación de terror de Estado desplegada inmediatamente después del atentado y que acompañó la declaración del Estado de Sitio ordenada por el régimen de Pinochet.

por Gustavo Burgos

El 7 de septiembre de 1986, hace exactamente cuarenta años, un comando del Frente Patriótico Manuel Rodríguez emboscó la comitiva de Augusto Pinochet en la cuesta Las Achupallas, en el Cajón del Maipo. La llamada Operación Siglo XX movilizó a una veintena de combatientes, armas automáticas, explosivos y lanzacohetes contra el núcleo material del poder dictatorial. Pinochet sobrevivió; cinco integrantes de su escolta murieron y otros resultaron heridos. La operación fracasó en su objetivo inmediato, pero consiguió algo que la reconstrucción posterior de aquellos años se ha empeñado sistemáticamente en disminuir: demostrar materialmente que la dictadura podía ser golpeada, que su jefe no era intocable y que, en el Chile de 1986, la cuestión del poder no se planteaba exclusivamente —ni siquiera principalmente— en los términos electorales mediante los cuales posteriormente sería narrado el final del régimen. La Operación Siglo XX se produjo, además, en el punto culminante de un ciclo de movilización iniciado con las protestas nacionales de 1983 y desarrollado mediante paros, barricadas, enfrentamientos poblacionales, movilizaciones estudiantiles, huelgas y formas crecientes de autodefensa popular. No fue un meteorito militar caído desde fuera de la lucha de clases, sino una de sus expresiones más extremas.

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