Se estrecha el cerco sobre ex obispo Duarte por encubrimiento de abusos sexuales en Valparaíso

por Catalina Diéguez y Sofía Marambio

Entre 1992 y 2007, cinco ex seminaristas del Pontificio Mayor San Rafael de Lo Vásquez fueron víctimas de abusos sexuales y de conciencia por parte de diversos sacerdotes de la Quinta Región. También lo fueron de una red de encubrimiento en la diócesis de Valparaíso, con el ex obispo Gonzalo Duarte a la cabeza. El 5 de agosto de 2020 los ex seminaristas interpusieron una demanda en la Corte de Apelaciones de Valparaíso por $1.250 millones en contra del obispado. Un mes antes, el 17 de julio, otra denuncia había sido presentada en sede canónica. Hace pocos días, y por primera vez a 12 años de que estallara el caso de abusos en Valparaíso, una de las víctimas fue citada a declarar. Por vía paralela, el ex obispo Duarte, quien reside en un departamento de $190 millones propiedad del obispado, sigue siendo investigado como imputado por la Fiscalía Centro Norte.

A más de una década de que se hicieran públicas las primeras denuncias por abusos sexuales y de conciencia perpetrados por sacerdotes de la diócesis de Valparaíso, Sebastián Del Río, Marcelo Soto, Mauricio Pulgar, Marcelo Rodríguez y Gustavo Donoso, las víctimas, aún no saben de justicia. Ex seminaristas del Pontificio Mayor de San Rafael de Lo Vásquez, todos fueron presa de una oscura trama de abusos y hostigamientos sistemáticos de sacerdotes que se desató con total impunidad por más de 11 años.

Si eso fue posible, fue gracias a una férrea red de encubrimiento que operó diligentemente desactivando el cúmulo de antecedentes que los mismos seminaristas pusieron una y otra vez bajo el conocimiento del obispado de esa región.

El 5 de agosto pasado, el abogado Juan Pablo Hermosilla interpuso en representación de los cinco ex seminaristas una demanda por perjuicios contra el Obispado de Valparaíso. En el escrito –presentado ante la Corte de Apelaciones de Valparaíso– se acusa a la diócesis porteña de daño moral por actuar de modo negligente y se le exige una indemnización de $1.250 millones.

Debido al fuero del que goza la Iglesia, el tribunal de alzada designó al ministro Pablo Droppelmann para que tramitara la causa, pero este tuvo que inhabilitarse por su relación de amistad con la ex autoridad religiosa. Las diligencias quedaron en manos de la ministra de ese tribunal, Teresa Figueroa Chandía.

En esa trama de encubrimiento aparece una figura central: la del ex obispo de Valparaíso –hoy obispo emérito– Gonzalo Duarte García de Cortázar, por más de 20 años la autoridad máxima de esa diócesis y a quien algunos ex seminaristas sindican como el mayor responsable del manto de silencio que cayó sobre las reiteradas denuncias por abusos que escalaron hasta la cúspide de la jerarquía eclesiástica de la Quinta Región. Ninguna tuvo resultado y nada se hizo para detenerlos.

En uno de los párrafos de la demanda de 44 páginas se lee: “las autoridades del Obispado de Valparaíso, entre los años 1992 y 2000, realizaron sistemáticamente conductas tendientes a proteger y encubrir a los sacerdotes denunciados, no realizar las investigaciones que el Código Canónico ordena, no dar apoyo oportuno a las víctimas de los delitos mencionados y, en definitiva, no cumplir con el deber de cuidado mínimo exigido a una entidad de marcado carácter ético, como lo es la Iglesia Católica”. 

Hay otras denuncias que pesan sobre el antiguo círculo de sacerdotes del Obispado de Valparaíso. Una canónica –cuya recepción fue notificada por el Vaticano el 21 de marzo de 2020 y que fue presentada por el sacerdote Eugenio de la Fuente en representación de algunos ex seminaristas de la Quinta Región– que acusa de actos impropios y de encubrimiento a los ex obispos Gonzalo Duarte, Javier Prado (fallecido en junio de ese año), Cristián Contreras y el obispo Santiago Silva (en el caso de estos dos últimos solo se les acusa de negligencia ante denuncias). Otra, en tanto, se tramita por vía penal y está en manos del jefe de la Fiscalía Centro Norte, Xavier Armendáriz, desde donde indicaron que el ex obispo Duarte continúa en calidad de imputado por eventual encubrimiento, junto a otros miembros de la Iglesia Católica.

No es todo. El 17 de julio pasado, el abogado canónico, Francisco Javier Astaburuaga, presentó una nueva denuncia criminal en la Nunciatura Apostólica en Santiago contra Mauro Ojeda, José Olguín y el mismo Gonzalo Duarte. En el caso de este último, la demanda es por acoso sexual, abuso de poder y de conciencia en contra de Sebastián Del Río, uno de los cinco ex seminaristas víctimas de esta trama.

Esa denuncia quedó finalmente radicada en el Obispado de Valparaíso. Hace menos de una semana, el viernes 29 de enero, hubo movimiento. Del Río fue citado a declarar, en calidad de víctima y testigo. La diligencia, sin embargo, solo abarcó la hebra que involucra a Mauro Ojeda. Debido a su condición de ex obispo, el Obispado de Valparaíso no tiene competencia sobre la situación de Gonzalo Duarte y está en manos del Vaticano decidir qué tribunal canónico asumirá su caso.

“En 2008 presentamos la misma denuncia, pero nunca se respondió a ese escrito. Ahora el panorama es otro. 12 años después, un juez instructor cita por primera vez a declarar a una de las víctimas”, indicó Astaburuaga a CIPER.

El 11 de junio de 2018, el Papa Francisco aceptó la renuncia de Gonzalo Duarte y otros dos sacerdotes (Juan Barros y Cristián Caro). Nada se dijo desde las altas esferas del poder eclesiástico sobre las acusaciones que desde hace un buen tiempo ya caían en su contra. Duarte había cumplido 75 años, edad en la que –salvo excepciones– jubilan los obispos, lo que, según sus denunciantes, sirvió de pantalla para su retiro (ver reportaje de CIPER). Cuatro meses después, sin embargo, Gonzalo Duarte tuvo que comparecer ante el Ministerio Público en calidad de imputado por encubrimiento de abusos sexuales.  El 21 de noviembre de 2018 volvió a comparecer, sosteniendo su inocencia.

Dos años antes de que el Vaticano aceptara su renuncia, el Obispado de Valparaíso compró un amplio departamento avaluado en más de $190 millones y ubicado en el piso 9 de un moderno edificio en el centro de Viña del Mar. Luego de su renuncia, y pese a la serie de denuncias por encubrimiento que ya había en su contra, Duarte ocupó ese inmueble como residencia particular. Consultada al respecto, desde la diócesis indicaron que no existe condena ni canónica ni civil contra el ex obispo y que, de haberla, “ni siquiera así habría una causa para negar un techo. Hasta las cárceles albergan a los condenados. Se aplica aquí el concepto de la caridad. Incluso Cristo, que no tenía dónde reclinar su cabeza, tuvo una cruz para morir”.

A través de distintas vías se intentó contactar al obispo emérito Gonzalo Duarte, sin éxito. Fuentes cercanas al religioso indican que actualmente lleva su vida bajo completo hermetismo. En esta investigación, se revelan detalles de la trama de encubrimiento y abusos sexuales en la Quinta Región que hoy hace tambalear al Obispado de Valparaíso.

“LA MENTE, EL CORAZÓN Y EL PIRULÍN”

Son las once de la mañana del 22 de agosto de 2007. Es un día lluvioso y frío en Viña del Mar. Suena el teléfono de Sebastián Del Río. Al otro lado, Gonzalo Duarte, el entonces obispo de la Diócesis de Valparaíso:

–¿Aló, Sebas, cómo está mi querido Sebas? Quiero verte –le dijo el obispo.

–Padre voy entrando a misa –respondió Del Río.

–No, vente inmediatamente –exigió Duarte.

Sebastián Del Río recuerda que luego de colgar, le pidió el auto a su papá y se fue inmediatamente desde la Parroquia de las Carmelitas en Avenida Libertad –una de las calles principales de la ciudad de Viña del Mar– hacia el Obispado de Valparaíso. Dice que llegó a destino en poco más de 20 minutos desde el llamado. Duarte lo hizo pasar inmediatamente a su oficina que, como siempre, estaba pulcra y ordenada. Tomaron asiento. El obispo se echó en su silla y le dijo:

–He decidido no ordenarte sacerdote. Porque tú eres copuchento, hablador y metete. Si tú quieres ser sacerdote y quieres llegar a ser obispo, tienes que hacer la vista gorda de lo que ves.

Sebastián Del Río ahora está sentado en el comedor de su departamento ubicado en la comuna de Las Condes, en la Región Metropolitana. Mientras habla, fuma un Marlboro rojo. De repente se queda en silencio e inmóvil. Se pasa la mano por la mejilla, con el fin de recrear un cariño, luego la baja hacia su mentón y la vuelve a subir hasta llegar a la otra mejilla. Se detiene y pregunta: ¿Es esa la forma en que un sacerdote te saluda? Así saludaba Gonzalo Duarte, dice.

Los saludos del obispo emérito son especialmente recordados, no como algo agradable, sino más bien como algo incómodo por su excesiva afectividad. Un ex alumno de San Rafael, que prefiere resguardar su identidad, recuerda que a Duarte “le encantaba que lo saludaran de beso y que lo adularan. Él se sentía con el derecho de representar esta figura de padre entre los seminaristas”, cuenta.

Algunas veces a los más regalones les daba besos en la mejilla, les tocaba la espalda y la cabeza haciendo presión contra su cuerpo. En otras ocasiones solamente acariciaba las mejillas de los jóvenes y les hacía cariño en la nuca, no había beso de por medio.

Los besos y caricias no eran las únicas actitudes de Gonzalo Duarte que llamaban la atención entre los seminaristas de Lo Vásquez. A principio de la década del ‘90, antes de convertirse en obispo de las Fuerzas Armadas y de Valparaíso, Duarte fue rector del Colegio Sagrados Corazones de Viña del Mar y se desempeñó también como director espiritual y formador en el Pontificio Seminario Mayor de San Rafael.

Don Gonzalo, como lo llamaban algunos, era profesor de liturgia, especialidad que había obtenido en Roma en la Pontificia Universidad Gregoriana y en el Pontificio Ateneo de San Anselmo en 1987 y 1988, respectivamente. En ese tiempo las visitas de Duarte eran mucho más seguidas y una vez a la semana reunía a sus alumnos en una sala para enseñarles liturgia. Sin embargo, las clases, que debían tratar sobre los sacramentos y las celebraciones católicas, terminaban ligadas a la temática sexual.

Marcelo Soto, quien ingresó al seminario en 1991 y fue alumno de Duarte, señala que unos de los dichos típicos del formador era: “el hombre tiene tres máquinas: la mente, el corazón y el pirulín”. Soto aseguró que “el pirulín”, como le decía el obispo, era un tópico recurrente en las conversaciones dentro o fuera de las clases de liturgia. “Tenía una fijación con esa cuestión” señala. Marcelo Rodríguez, también ex seminarista, confirma que era normal que el padre Gonzalo hablara en esos términos.

Rodríguez también recuerda que en una oportunidad en que no pudo ir a Quilpué a confesarse con su director espiritual, Gonzalo Duarte le permitió confesarse con él. En esa ocasión el ex seminarista le contó que días atrás se había masturbado.

—Cuando le comento esta situación sobre la masturbación él me dice: “A ver. Para, ¿Estaba la luz prendida o la luz apagada?”. Entonces yo le digo que estaba la luz apagada y él me dice: “Tranquilo eso no fue una masturbación”. Esa fue la respuesta que me dio —señala.

Los ex seminaristas de San Rafael señalan que el obispo siempre aterrizaba las charlas a algún aspecto de su vida personal, pero siempre relacionado con alguna temática genital. Un ex alumno de San Rafael, cuya identidad queda en reserva, recuerda en un retiro espiritual que Duarte contó que él también se masturbaba cuando era cura y que era algo completamente normal. Los seminaristas se miraron unos con otros sorprendidos, porque por ese entonces (1999-2000) nadie hablaba de esos temas, menos un prelado. “Escuchar al obispo decir que cuando él era un cura joven se masturbaba y sentía esto y lo otro, era raro. Nadie entendía por qué hablaba de eso. Para mí fue algo súper chocante”, señala.

Algunos de los seminaristas, además de recordar sus particulares charlas, rescatan otro lado de Duarte. Un rasgo casi paternal que tenía a flor de piel y que se manifestaba en la preocupación que le tenía a los aspirantes a sacerdotes. Algunos recuerdan que cada cierto tiempo invitaba al curso a su departamento, ubicado en la calle Chacabuco detrás de la Catedral de Valparaíso, a tomar el té. El menú siempre era el mismo: té o café, sándwiches de jamón y queso y una torta. “En ese momento Duarte era como la mamá gallina de sus pollitos, nos intentaba hacer más agradable la vida. Se preocupaba de nosotros”, señala el alumno del ex obispo que pidió reserva de identidad.

Su voz grave y profunda, su desplante, su cercanía con los feligreses y sus discursos apegados a la cotidianidad fueron, quizás, los componentes claves para que las misas de Gonzalo Duarte tuvieran alta convocatoria. Pero lo que para la gente común y corriente podía ser grato de escuchar e incluso tener un sentido profundo, para los seminaristas que compartieron con él, era todo lo contrario.

—Su predicación era pobre, paupérrima, llena de lugares comunes y apelando a la emotividad a veces en forma grotesca. Tenía poca argumentación y contenido teológico de fondo y se refugiaba en su voz ronca. Se paseaba por el medio de las iglesias predicando con esa voz, pero tú comenzabas a escarbar y a analizar qué estaba diciendo y te dabas cuenta que no decía nada porque no preparaba las homilías. Uno que es entendido [en la religión] desarrolla una mirada más crítica y espera más de un obispo, pero al escuchar ese discurso cercano y a eso sumarle un obispo que tiene esa impronta medio endiosado, las personas se sentían felices —cuenta un ex seminarista que pidió reserva de su identidad.

“NO HABLES CON NADIE SOBRE ESTE TEMA”

En 1992, Marcelo Soto cursaba primer año de filosofía en el seminario. Fue en ese mismo año cuando conoció a Humberto Henríquez, su abusador. Henríquez se formó como sacerdote en el Seminario Pontificio Mayor de Santiago, pero en 1992 tenía todo listo para ordenarse en la Diócesis de Valparaíso.

Soto y Henríquez se hicieron muy amigos desde el comienzo. La cercanía entre ambos se explicaba en parte porque el seminarista veía en el sacerdote todo lo que él quería ser cuando se ordenara cura: una persona libre que iba con la verdad por delante. Nadie sospechaba por entonces que Henríquez se aprovecharía de esa cercanía para cometer los abusos meses después.

Al año siguiente Marcelo Soto fue enviado a la parroquia Nuestra Señora del Rosario de Quilpué, lugar donde nuevamente se reencontraría con su amigo, Humberto Henríquez. En 1993 el sacerdote fue vicario de esa parroquia y Soto hacía pastoral los fines de semana, aún como seminarista. Comenzaron a interactuar y a compartir más. Ambos se fueron ganando la confianza y lealtad del otro. Pero Henríquez iba un paso más adelante y comenzó a tener poder sobre él.

Marcelo Soto está nervioso. Juega con sus manos, esquiva la mirada y le cuesta conectar las palabras para contar lo que sigue:

—Él me quiso practicar sexo oral, me tocó los genitales, me quiso bajar los pantalones y eso fue absolutamente traumatizante para mí, no me lo esperaba. La verdad es que cuando lo conocí lo encontré raro, pero cuando yo lo conversé con mi director espiritual, Gonzalo Duarte, la respuesta fue “el que está cagado de la cabeza eres tú, porque en el fondo son tus temores y son tus rollos. No le des más importancia que la que tiene” —señala.

Por ese entonces, en 1993, Gonzalo Duarte aún no era obispo de Valparaíso. Ocupaba el puesto de vicario general de la diócesis y además era el director espiritual de Soto. A 27 años de lo ocurrido, Soto aún recuerda con exactitud cuál fue la respuesta de Duarte cuando le contó sobre los abusos: “Te sugiero que no lo hables con nadie, porque en la iglesia el hilo se corta por lo más delgado”. Javier Prado, por entonces obispo auxiliar de Valparaíso, en cambio le preguntó si había hecho algo para que Humberto Henríquez le hiciera eso, asegura Soto.

Luego de haber cometido el abuso, Henríquez lo seguía llamando, insistiendo en que olvidara aquel episodio. Tiempo después, Prado, Duarte y Soto tuvieron una segunda entrevista. En esta ocasión los sacerdotes afirmaron que Henríquez había reconocido el abuso, pero todo esto bajo secreto de confesión.

—¿Entonces no les dijo nada? —preguntó Soto.

—No, no nos dijo nada, pero te creemos —respondieron Prado y Duarte.

—Tráiganme a Humberto Henríquez y conversémoslo frente a frente —señaló el ex seminarista.

—No te preocupes. Nosotros mandaremos a un psicólogo a Henríquez, pero por favor no hables con nadie sobre este tema. Si conversas con alguien sobre lo que te pasó te vas a tener que ir del seminario —dijeron los sacerdotes, según su testimonio.

IMPRUDENTE E INDISCRETO

Años después el patrón se repitió, porque pese a que Soto denunció a Humberto Henríquez en 1993 con Gonzalo Duarte y Javier Prado, estos no hicieron más que reubicarlo en San Felipe, donde cometió nuevamente un abuso. Esta vez la víctima fue Mauricio Pulgar.

A fines de 2006, Sebastián Del Río egresó del seminario y quedó a disposición para hacer el apostolado. En marzo de 2007 el ex seminarista se fue a vivir, por petición de Gonzalo Duarte, a la Parroquia Santa Bárbara de Casablanca. Por ese entonces el párroco a cargo era el padre Reinaldo Osorio Donaire. Del Río estaba listo para las órdenes sagradas. Tenía sus estudios canónicos completos y ya había cumplido con el tiempo fuera del seminario. Solo faltaba que el obispo de Valparaíso le diera fecha, pero esta nunca llegó.

El ex seminarista cuenta que su paso por Casablanca es una experiencia que no quisiera volver a vivir. El 4 de abril de 2007, un miércoles santos y a un mes de su llegada a la parroquia, Sebastián Del Río enfrentó a Reinaldo Osorio por supuestos malos tratos. Así recuerda el ex seminarista ese diálogo:

—El obispo no piensa ordenarte sacerdote, nunca. Te mandó a vivir conmigo para que yo me hiciera cargo de ti —le habría dicho Osorio.

—Sí ¿Perdona, a qué se refiere ese ‘hacerse cargo de mí’? —inquirió Del Río.

—Eso. Para que yo me hiciera cargo, te aburrieras y te mandaras a cambiar.

Ese mismo día, ocurrió un hecho que marcaría profundamente al ex seminarista. Luego de la discusión con Osorio, Del Río llamó a Santiago Silva, entonces obispo auxiliar de Valparaíso, para contarle lo que había pasado con el párroco de Casablanca y para que le ayudara a concretar una reunión con Duarte. Finalmente, ante la insistencia de Silva, Duarte accedió a conversar con Del Río al finalizar la oración de “Las Horas” que se celebró a las cinco de la tarde en la Catedral de Valparaíso.

En esa ocasión, Del Río fue ayudante del obispo durante la misa, por lo que al término de esta se apresuró a sacarse los atuendos ceremoniales y salió a comprarse una bebida. Cuando regresó a la iglesia, se encontró con que Duarte lo estaba esperando.

—Sebas, acompáñame a mi departamento. Tengo que conversar contigo —le dijo Duarte.

Del Río se limitó a asentir, sabía que hablarían de su ordenación, tema que lo tenía intranquilo y nervioso. Ambos comenzaron a caminar en dirección al patio trasero de la catedral, lugar donde estaba ubicado el departamento del obispo. Al llegar, Duarte se fue directo a su dormitorio y le pidió al seminarista que lo acompañara. Según la versión de Del Río, una vez los dos estaban en la pieza, el prelado sacó un ungüento de su closet y se metió a su baño, donde prosiguió a desnudarse de la cintura para arriba y a inclinarse en el lavamanos.

Del Río quedó paralizado.

—Hazme un masaje en la espalda, por favor —requirió Duarte.

El ex seminarista reconoce que en ese momento se quebró y lloró en silencio mientras le hacía el masaje. No sabe si Duarte se dio cuenta, pero recuerda que le suplicó avergonzado que no le contara a nadie lo que estaba haciendo. El prelado le respondió que no se preocupara. Durante este episodio, el obispo le habló de su ordenación, de su futuro en la iglesia y le indicó que la información que le había entregado Reinaldo Osorio era errónea, porque no había ninguna queja en su contra. Cuando acabó, Del Río asegura que terminó muy mal, que no supo qué hacer ni cómo reaccionar ante lo que acaba de vivir. Duarte, dice, se le acercó y le dio un beso muy cerca de los labios en señal de despedida, pese a que se volverían a ver para la misa crismal que se llevaría a cabo en un par de horas.

En julio del 2018 en el programa “A Fondo” del canal Quinta Visión, el obispo de Valparaíso reconoció haberle pedido a Sebastián Del Río que le aplicara Calorub en la espalda, porque estaba con un lumbago. Sin embargo, dijo que accedió a hablar con él como un favor al obispo Silva, quien le había suplicado que conversara con el ex alumno de San Rafael porque este estaba llorando.

En la entrevista el obispo recalcó el hecho que solo se levantó la camisa y explicó que Del Río le comentó que él creía que lo iban a echar del proceso formativo, ya que, pese a haber egresado del seminario, aún no lo ordenaban diácono. El prelado terminó el relato insistiendo en que eso fue todo lo que pasó y que el episodio no duró más de un minuto, pero que el ex seminarista cambió la historia y, por la connotación que después se le dio, consideró que fue un error de su parte pedirle ese favor. Según señaló él mismo durante el programa de televisión, normalmente le solicitaba a su chofer o a su ama de casa que le aplicara Calorub en la zona lumbar.

En esa conversación, también se refirió a la razón por la que decidió no ordenar finalmente a Del Río. Duarte, supuestamente, luego de prestar atención a los informes del seminario respecto al aspirante a cura y a su desempeño en la parroquia de Casablanca, llegó a la conclusión de que no tenía las condiciones para ser sacerdote, ya que Del Río era imprudente e indiscreto.

CARTA DE RENUNCIA

El 22 de agosto de 2007, Gonzalo Duarte se reunió con Del Río para comunicarle que no sería ordenado sacerdote. Fue dos días después de que el ex seminarista se reuniera, a petición del propio ex obispo, con el entonces promotor de justicia de la diócesis de Valparaíso, Celestino Aós. Allí le informó en detalle de los episodios de acoso sexual de los que habría sido víctima por parte del sacerdote Mauro Ojeda, los que ya a fines de 2004 había puesto en conocimiento del Obispado de Valparaíso.

Duarte, junto con comunicarle la abrupta noticia, le exigió escribir una carta de renuncia. Ante esta petición el ex seminarista le dijo:

—A ver, monseñor yo no tengo ninguna carta que enviarle a usted renunciando a nada. La decisión de llamarme a las sagradas órdenes es unilateral, de usted. No diga que yo no quiero ordenarme, porque es usted el que no me va a ordenar. El encuentro duró ocho minutos —recuerda Del Río.

Obispado de Valparaíso.

Cinco días después de esta conversación y siguiendo las instrucciones, el ex seminarista presentó la “carta de renuncia” que le pidió Duarte, la cual dejaba en evidencia que su salida no fue voluntaria. “[Veo] una inconsistencia el seguir adelante con mi proceso de postulación como candidato a las sagradas órdenes en la Diócesis de Valparaíso”, indicó en su carta de salida y que fue publicada por CIPER el 28 de julio del 2011.

Un día después, según la carta enviada por Del Río al Vaticano en 2010, el obispo informó en un comunicado que “el hasta ahora seminarista ya egresado, Sebastián Del Río, me ha comunicado su decisión de no continuar su proceso vocacional del Diaconado y de Presbiterado. Desde hace unas tres semanas había ya dejado, con mi autorización, su trabajo pastoral en la parroquia de Casablanca”.

Sería cosa de tiempo para que el ex seminarista de San Rafael comenzara a darse cuenta de cuánto poder e influencia tenía el obispo de la Diócesis de Valparaíso sobre los demás sacerdotes.

LOS DARDOS CONTRA EL OBISPADO

Los abusos de poder de Gonzalo Duarte no fueron aislados. Así lo aseguran los ex seminaristas, quienes por denunciar o estar en contacto con personas que también lo hicieron, sufrieron amenazas y advertencias por parte de algunos sacerdotes de la Diócesis de Valparaíso e, incluso, de personas anónimas.

En el 2010, el ex seminarista Marcelo Rodríguez (uno de los denunciantes que figura en la demanda patrocinada por el abogado Juan Pablo Hermosilla y víctima de abuso del ex sacerdote Jaime da Fonseca) asistió al funeral de su suegro, quien había sido general de la Fuerza Aérea. Debido a los conocimientos litúrgicos de Rodríguez, la pareja de éste, le solicitó que él fuera el encargado de organizar la misa. Su experiencia despertó inmediatamente el interés en el padre Sebastián Navarrete, capellán de la institución. Frente a esto, Marcelo le explicó que había sido seminarista y que al séptimo año de formación, desertó. Ante esta revelación, el capellán le entregó una tarjeta de contacto para que durante los próximos días pudieran conversar.

Rodríguez aceptó la propuesta y viajó a Santiago para ir al servicio religioso de la Fuerza Aérea, ubicado en calle Cienfuegos en el centro de la capital, a hablar personalmente con Navarrete. En ese encuentro, y teniendo en cuenta el pasado religioso de Rodríguez, el capellán le ofreció ser diácono castrense. Para ello solo tenía que hablar con el sacerdote (cuyo nombre no recuerda) que en ese momento estaba a cargo del regimiento de artillería antiaéreo de Quintero. Este último se encargaría de preparar a Rodríguez como diácono. Rodríguez aceptó y se puso a su disposición. Sin embargo, cuando llegó el momento de su ordenación el padre decidió echar pie atrás. Este habría sido el diálogo:

—Llegamos hasta aquí no más, Marcelo. Es mejor que te olvides del diaconado —habría afirmado el padre.

—¿Por qué? Por favor, hablen con monseñor Gonzalo Duarte —dijo Rodríguez.

—Ya hablamos con él y me dijo que no te conoce, que no sabe quién eres —señaló el sacerdote.

UNA DIGNA VEJEZ

Dos años antes de que el Papa Francisco aceptara la renuncia de Gonzalo Duarte, el Obispado de Valparaíso, representado por el vicario general monseñor Leopoldo de la Cruz Núñez Huerta, hizo la compra de un departamento en la ciudad de Viña Del Mar. Pese a haber estado involucrado en denuncias y acusaciones por encubrimiento desde el año 2010, el obispo emérito de Valparaíso la adoptó como residencia.

De acuerdo con la inscripción del inmueble en el Conservador de Bienes Raíces de Viña Del Mar, el obispado lo adquirió el 13 de septiembre del 2016 en 196.580.925 millones de pesos, “íntegramente pagados en dinero efectivo”.

Consultado sobre las razones de compra del departamento, desde el Obispado de Valparaíso respondieron:

—Es obligación de caridad y gratitud de cada diócesis, como debería ser en cada familia y evitando la práctica de descarte por ser viejos, velar por los sacerdotes que se van jubilando. Previendo que tengan una digna vejez, aguardando llegar a la meta. En esa perspectiva la Diócesis de Valparaíso adquirió un bien raíz con el fin de que el obispo que jubile pueda utilizarlo hasta su muerte. Práctica que se ha realizado de idéntica manera con los obispos que jubilaron anteriormente, hoy fallecidos —señalaron desde el obispado.

Este reportaje corresponde al proyecto de título de las autoras, alumnas de Periodismo de la Universidad Diego Portales, dirigido por el profesor Alberto Arellano.

(Tomado de CIPER)

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