por Gustavo Burgos
En el famoso opúsculo de Recabarren «Sobre las fiestas patrias» el legendario dirigente obrero separa deliberadamente dos conceptos que la ideología burguesa procura identificar: patria y Estado nacional. Su pregunta —«¿Qué patria tenemos nosotros que no poseemos un solo pedazo de suelo, ni un techo donde descansar?»— no niega la existencia de Chile ni la comunidad histórica formada en su territorio; interroga quién posee materialmente esa patria y qué clase ejerce el poder dentro de ella. Desde allí puede trazarse un arco que va desde las luchas fundacionales del proletariado chileno hasta la Revolución rusa y la Internacional Comunista y, en particular, hasta las Tesis sobre la cuestión de Oriente de 1922. Su importancia —escrito 12 años antes de la gloriosa Revolución Rusa— reside precisamente en que anticipa, desde la experiencia chilena, varios problemas que posteriormente adquirirán formulación programática internacional.
Leamos primero el texto:
SOBRE LAS FIESTAS PATRIAS
Luis Emilio Recabarren
El Proletario, Tocopilla, 16 de septiembre de 1905
¿Qué patria tenemos nosotros que no poseemos un solo pedazo de suelo, ni un techo donde descansar?
Muchas veces nos hemos preguntado: ¿qué cosa celebra el pueblo en los días llamados del 18 de septiembre? Algunos, y sobre todo los burgueses, nos dicen: «Celebramos nuestra emancipación política, nuestra independencia como república».
Mas, en realidad de verdad, la clase proletaria no tiene ninguna libertad ganada con el cambio operado en Chile el 18 de septiembre de 1810. Si alguna libertad tiene el trabajador, ella es la de morirse de hambre, vivir en la miseria o pasar toda su vida en el presidio.
Para que veamos bien estas cosas, para analizar su realidad, debemos alejarnos un poco del fanatismo que nos empuja a creernos emancipados y a considerar como nuestra la independencia de la República.
Nada, pero nada, tiene que celebrar el pueblo proletario en esta fecha, porque su libertad aún no la ha conquistado. Los que verdaderamente se emanciparon del yugo español fueron los ricos, pero no por sus esfuerzos, sino por los esfuerzos y sangre de los pobres. Los pobres eran pobres bajo el yugo de la monarquía española, y pobres son todavía bajo el yugo de la monarquía chilena, llamada por sarcasmo república libre.
Entonces, ¿qué celebran los pobres? ¿La emancipación de los ricos chilenos sobre los ricos españoles?
Abre tus ojos, pueblo, y verás la verdad. La libertad no la tienes y debes prepararte para conquistarla.
Lo que hay de verdad, miradas las cosas sin pasión, es que un grupo de ambiciosos de poder y de dinero y que hoy son llamados «padres de la patria», armaron a los esclavos de la colonia para hacer la revolución y, una vez vencedores, ellos se apoderaron de la dirección de los pueblos y del dinero.
Desde que se proclamó la República, los impuestos y las contribuciones han ido aumentando asombrosamente hasta llegar a formar hoy día una renta de más de ciento cincuenta millones de pesos anuales, que se la roban y la malgastan entre los favorecidos y los ricos.
¿Qué toca al pueblo de toda esa renta creada en esta República independiente?
La metralla y los sables, el patíbulo y las cárceles que, con ese mismo dinero arrancado a su trabajo, se le tiene preparado como premio cuando intente reclamar justicia.
Los proletarios que se precien de serios, estudiosos y amantes de la emancipación del pueblo deben comprender que es sumamente pernicioso contribuir a celebrar una fiesta que marca una nueva jornada de esclavitud para el pueblo.
Es pernicioso porque la ignorancia hace creer al pueblo que en esos momentos se olvidan las diferencias entre ricos y pobres, lo que al rico le conviene porque así narcotiza por algún tiempo al pueblo; pero los trabajadores pierden porque, al calor de esos momentos, los ricos aprietan más las cadenas con que nos oprimen.
¿Qué patria tenemos nosotros que no poseemos un solo pedazo de suelo, ni un techo donde descansar?
¿Qué libertad tenemos nosotros que no podemos andar, comer, gozar ni trabajar sino bajo el peso de leyes abrumadoras y pesadas?
¿Qué celebramos entonces?…
Publicado en El Proletario, Tocopilla, 16 de septiembre de 1905.
Hay una violencia teórica extraordinaria en la pregunta con que Recabarren abre y cierra este pequeño artículo. «¿Qué patria tenemos nosotros que no poseemos un solo pedazo de suelo?». Formulada en 1905, cuando el movimiento obrero chileno comenzaba a constituirse como sujeto político independiente, la pregunta contiene algo bastante más profundo que una provocación antipatriótica. Lo que Recabarren está haciendo es someter la categoría de patria al análisis de clase. No pregunta dónde nació el trabajador, qué lengua habla o cuáles son sus tradiciones. Pregunta quién posee el territorio, quién controla la riqueza social, quién gobierna el Estado y qué recibe el proletariado de aquella «república independiente» cuya existencia se le ordena celebrar.
La patria deja así de ser una abstracción jurídica y adquiere contenido material. Hay territorio nacional, pero ese territorio está apropiado; existe riqueza nacional, pero esa riqueza tiene propietarios; existe Estado nacional, pero ese Estado posee un carácter de clase. La independencia política de España no produjo, por sí misma, la emancipación social de quienes habían puesto los muertos de la independencia. Esa es la tesis central del texto.
Y es una tesis formidablemente moderna.
1905: la formación política independiente del proletariado
El artículo debe leerse dentro de las condiciones concretas en que fue escrito. El Chile salitrero de comienzos del siglo XX estaba experimentando una rápida concentración proletaria en los centros mineros, puertos y ciudades. Las sociedades de resistencia, mancomunales, organizaciones mutualistas y prensa obrera constituían las primeras instituciones mediante las cuales los trabajadores comenzaban a reconocerse no simplemente como pobres, ciudadanos o chilenos, sino como clase con intereses propios.
Recabarren ocupa un lugar excepcional en ese proceso porque comprende que la independencia política del proletariado requiere también una independencia ideológica. La burguesía no domina únicamente mediante el ejército, los tribunales y la propiedad; necesita presentar sus intereses particulares como intereses de toda la sociedad.
Las Fiestas Patrias constituyen para él un momento privilegiado de esa operación. Durante algunos días, explotador y explotado aparecen simbólicamente como miembros equivalentes de una comunidad superior: la nación. La bandera parece borrar el salario, la propiedad y la clase. Pero Recabarren hace exactamente el movimiento contrario: introduce nuevamente la propiedad dentro de la patria.
¿Quién posee Chile? Esta pregunta conduce inmediatamente a otra: ¿quién gobierna Chile? Y entonces aparece el Estado.
Cuando Recabarren escribe que al pueblo le corresponden de la riqueza nacional «la metralla y los sables, el patíbulo y las cárceles», está elaborando empíricamente una concepción clasista del Estado que las experiencias posteriores del movimiento obrero harían todavía más concreta. Dos años después del artículo ocurriría la matanza de la Escuela Santa María de Iquique. La frase de 1905 adquiriría una terrible literalidad.
El trabajador financia mediante su trabajo una organización estatal que, llegada la confrontación decisiva, protege unas determinadas relaciones de propiedad. Ahí reside uno de los núcleos marxistas más poderosos del escrito.
Sería anacrónico convertir al Recabarren de 1905 en un bolchevique antes del bolchevismo. Su pensamiento estaba todavía atravesando un proceso de elaboración política. Pero la Revolución rusa otorgaría posteriormente una respuesta histórica a la cuestión que el artículo plantea: si la emancipación política burguesa no emancipa al proletariado, la clase obrera debe constituirse como fuerza política independiente y disputar el poder.
Octubre de 1917 introdujo además un elemento decisivo. La cuestión nacional dejó de poder pensarse exclusivamente dentro de las fronteras europeas. La revolución proletaria debía relacionarse con las enormes masas coloniales y semicoloniales sometidas por las grandes potencias.
De allí surgiría uno de los grandes debates de la Internacional Comunista: cómo articular revolución proletaria, liberación nacional y lucha contra el imperialismo. Las Tesis sobre la cuestión de Oriente, aprobadas por el IV Congreso de la Internacional Comunista en 1922, partían precisamente de que la crisis capitalista había agudizado simultáneamente las luchas entre las potencias imperialistas y las rebeliones de los pueblos coloniales y semicoloniales. Identificaban expresamente la lucha por materias primas, mercados y posiciones estratégicas como componentes de la rivalidad imperialista.
Pero las Tesis introducen una precisión fundamental que permite llevar más lejos la intuición de Recabarren.
La lucha contra el imperialismo no equivale a la subordinación del proletariado a la burguesía nacional.
La Internacional advertía precisamente sobre la posibilidad de que las clases dominantes de países dependientes pactaran con una u otra potencia imperialista, conservando bajo la cobertura de la independencia formal estructuras de dependencia y sus propios privilegios sociales. De allí que planteara simultáneamente la lucha contra el imperialismo y la organización independiente de los trabajadores.
Aquí el texto de Recabarren adquiere una proyección programática extraordinaria. No basta preguntar: ¿es Chile independiente? Hay que preguntar: ¿independiente para quién y bajo qué relaciones sociales? Patria burguesa, nación oprimida e internacionalismo proletario
Esta distinción permite evitar dos posiciones aparentemente contrarias pero políticamente simétricas. Una consiste en el nacionalismo burgués: frente a cualquier conflicto internacional, el proletariado debería alinearse con «su» Estado porque estaría en juego «la patria». La otra convierte el internacionalismo en indiferencia frente a toda opresión nacional.
Las Tesis de Oriente rechazan ambas posiciones. Reconocen el contenido revolucionario que puede adquirir una lucha nacional contra la dominación imperialista, pero se niegan a conceder a las burguesías locales la dirección política permanente del movimiento. El proletariado participa en la lucha antiimperialista conservando su organización, su programa y sus objetivos propios. La propia resolución advertía del peligro, particularmente en países semicoloniales, de acuerdos entre las burguesías nacionales y alguna de las potencias imperialistas rivales.
Por eso el internacionalismo no significa indiferencia nacional. Significa otra cosa: los trabajadores no subordinan sus intereses históricos a los intereses geopolíticos de sus propias clases dominantes.
La nación puede ser objeto de opresión. El territorio puede ser objeto de expoliación imperialista. Los pueblos pueden luchar legítimamente contra la dominación extranjera. Pero de allí no se desprende que exista identidad política entre explotadores y explotados dentro de esa nación. Ese es precisamente el puente entre Recabarren y la Internacional Comunista.
La actualidad de Recabarren: un mundo nuevamente atravesado por guerras
Leído en septiembre de 2026, el artículo adquiere una resonancia difícil de ignorar. La guerra ruso-ucraniana continúa y los ataques contra ciudades e infraestructura siguen causando víctimas civiles; Reuters informaba este 18 de septiembre de una intensificación de la campaña rusa de misiles, mientras AP daba cuenta de nuevos ataques con misiles y drones contra Ucrania.
En Gaza, aunque existe un alto el fuego desde octubre de 2025, persisten ataques, destrucción y una crisis humanitaria gigantesca. Reuters informa que el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos ha señalado posibles crímenes de guerra a propósito de los restos recuperados entre los edificios destruidos; Israel sostiene que cumple el derecho internacional y atribuye parte de la responsabilidad por el daño a civiles a las prácticas militares de Hamás.
Desde una interpretación marxista inspirada en las Tesis de Oriente, estos conflictos no deberían reducirse a una narración abstracta de enfrentamientos entre pueblos. Habría que estudiar las clases, Estados, alianzas militares, mercados, recursos naturales, rutas comerciales y relaciones de dependencia que estructuran cada conflicto concreto. Eso no elimina las responsabilidades específicas por crímenes o agresiones: obliga, por el contrario, a determinarlas sin transformar a las poblaciones trabajadoras en prolongaciones políticas de sus respectivos gobiernos.
La pregunta recabarrenista continúa siendo incómoda: ¿quién obtiene los beneficios y quién pone los muertos?
La controversia reciente entre Chile y Argentina permite llevar este razonamiento hasta nuestra propia región, aunque conviene describir con precisión su estado actual. En agosto y septiembre de 2026 se produjo efectivamente una tensión diplomática en torno al Estrecho de Magallanes. Sin embargo, el 3 de septiembre ambos gobiernos emitieron un comunicado conjunto reconociendo expresamente que los tratados de 1881 y 1984 establecen la soberanía chilena sobre la totalidad del Estrecho.
La controversia no desapareció completamente del discurso público. Declaraciones posteriores del canciller argentino sobre el carácter «bioceánico» de Argentina volvieron a provocar reacciones en Chile, aunque la propia Cancillería argentina había señalado previamente que reconoce como definitivos los tratados de 1881 y 1984 y había destacado el valor estratégico de los recursos, las rutas marítimas y las cadenas globales de suministro del extremo austral.
Precisamente por eso resulta fecunda la perspectiva de Recabarren. Una política obrera independiente no necesita negar cuestiones reales de soberanía para rechazar la movilización nacionalista de los trabajadores. Puede reconocer los tratados existentes y, al mismo tiempo, preguntarse qué intereses económicos y estratégicos están convirtiendo al extremo austral, el Atlántico Sur, la Antártida y sus rutas marítimas en espacios crecientemente disputados.
Aquí las Tesis de Oriente proporcionan un método mucho más poderoso que el patriotismo convencional: detrás de las banderas hay que buscar relaciones sociales, recursos, rutas, capitales y Estados. La propia Cancillería argentina reconoce públicamente que la región posee creciente importancia por sus «recursos naturales estratégicos», las rutas marítimas y las cadenas globales de suministro.
Eso no demuestra por sí mismo que la controversia chileno-argentina sea una guerra imperialista ni que vaya a convertirse en una. Sí muestra por qué sería un error analizar cualquier tensión austral exclusivamente mediante las categorías de honor, bandera y soberanía.
«¿Qué patria tenemos nosotros?»
La extraordinaria actualidad del artículo reside finalmente en que Recabarren no propone sustituir una bandera por otra. Propone cambiar el sujeto de la historia. La independencia de 1810 aparece ante sus ojos como una revolución políticamente inconclusa desde el punto de vista proletario porque sustituyó el poder colonial sin abolir la explotación. Los pobres pusieron —según su formulación— la sangre de la independencia, mientras otra clase se apropió del Estado surgido de ella.
Ese razonamiento conduce directamente al problema fundamental de nuestro tiempo. Frente a guerras, rivalidades territoriales y conflictos entre Estados, la cuestión decisiva para una política marxista no puede ser escoger automáticamente la bandera detrás de la cual deben marchar los trabajadores. Debe determinar qué clases intervienen, qué relaciones de dominación están en juego, qué intereses imperialistas existen y mediante qué programa pueden intervenir independientemente los explotados.
Por eso las Tesis de Oriente siguen proporcionando una prolongación posible de Recabarren: la lucha contra la opresión imperialista puede exigir la defensa de pueblos sometidos y de su derecho a liberarse, pero esa lucha no supone entregar la dirección política a las burguesías nacionales. La Internacional insistía justamente en combatir los acuerdos mediante los cuales las clases dominantes locales preservaban sus privilegios asociándose con una u otra potencia imperialista.
Más de ciento veinte años después, la pregunta de Recabarren conserva entonces toda su carga subversiva. No porque los trabajadores carezcan de historia, cultura o territorio común, sino porque obliga a colocar debajo de esas palabras la cuestión que el nacionalismo procura ocultar:
Mientras unos posean la tierra, los grandes medios de producción, los bancos, los recursos estratégicos y el poder económico, mientras otros produzcan esa riqueza y sean convocados después a defender como interés común aquello que no controlan, la pregunta seguirá abierta.
Y allí puede encontrarse el núcleo internacionalista de una lectura contemporánea de Recabarren: frente a la guerra entre Estados, unidad internacional de los trabajadores; frente a la opresión imperialista, lucha antiimperialista; frente al nacionalismo de las clases dominantes, independencia política del proletariado.
No se trata de que los trabajadores renuncien a la patria. Se trata, siguiendo hasta sus últimas consecuencias la pregunta de Recabarren, de que puedan construir una sociedad en la cual la tierra, la riqueza y el poder dejen de constituir el patrimonio de una clase y se conviertan efectivamente en patrimonio de quienes los producen. La patria es la clase trabajadora, el poder obrero y el Socialismo.
