Promesas, infantilismo de izquierda, nacionalismo

por Rolando Astarita

En la nota anterior (aquí), y a propósito de la consigna de la autodeterminación nacional, sostuve que los socialistas no deben hacer promesas que no estén dispuestos a cumplir una vez llegados al poder. Ni levantar demandas que no saben si podrán hacer efectivas. En este respecto, es interesante la crítica que hizo Lenin, en “La enfermedad infantil del ‘izquierdismo’ en el comunismo” (abril de 1920), a los comunistas alemanes. Estos prometían que, en caso de tomar el poder, romperían con el Tratado de Versalles, el cual imponía a Alemania gravosas reparaciones de guerra, la cesión de territorios a los vencedores y el desarme. Lenin escribe:

“… uno de los errores indudables de los “izquierdistas” de Alemania consiste en su insistencia rectilínea en no reconocer el Tratado de Versalles. (…) la situación actual es de tal naturaleza, que los comunistas alemanes no deben atarse las manos y prometer la renuncia obligatoria e indispensable al Tratado de Versalles en caso de triunfar el comunismo. Eso sería una tontería”. Explicaba luego que los comunistas debían comprometerse a facilitar y preparar una alianza con la Rusia Soviética (y Hungría Soviética, que caería poco después), pero “en cuanto a la paz de Versalles, no estamos obligados en modo alguno a rechazarla a toda costa y, además, de modo inmediato. La posibilidad de rechazarla con eficacia depende de los éxitos del movimiento soviético no sólo en Alemania, sino también en la arena internacional” (énfasis agregados).

Subrayo el enfoque internacionalista contenido en esta crítica: incluso en un país industrializado como Alemania los comunistas no debían comprometerse a cosas que no sabían si podrían cumplirlas una vez conquistado el poder. Es que la ruptura con el Tratado de Versalles no dependía solo de la clase obrera alemana (aunque conformara una fuerza social considerable), sino de la relación de fuerzas a nivel internacional.

Trasladado al presente, el consejo mantiene vigencia: los socialistas no deben “vender humo”, y menos “humo nacional-reformista”. Debido al carácter internacional de las fuerzas productivas, emanciparse del dominio del capital financiero globalizado no es una tarea que pueda ser llevada a término por la clase obrera de un solo país. Más aún si ese país es atrasado y dependiente, como ocurre con Argentina. En concreto, los socialistas no pueden saber si, llegados al poder, no estarán obligados a negociar con tal o cual país capitalista, u organismo capitalista. Las condiciones en que se llega a esas instancias dependen de factores objetivos cuya modificación puede estar fuera del alcance de los revolucionarios. No todo es una cuestión de voluntad, como piensa el izquierdismo nacionalista, tilingo y superficial. Los obreros de un país solo pueden liberarse de la dictadura del capital financiero –o del capital en general- si su lucha enlaza con la de la clase obrera internacional. Lo planteaba Marx hace más de 100 años: la emancipación del trabajo “no es un problema nacional o local, sino un problema social que comprende a todos los países en los que existe la sociedad moderna y necesita para su solución el concurso teórico y práctico de los países más avanzados” (Asociación Internacional de los Trabajadores; énfasis agregado).

Comprendo que esta idea sea indigerible para aquellos izquierdistas obsesionados con votos y puestos parlamentarios, y con escalar en la consideración del campo “nacional y popular”. Pero es el abecé de la política fundada en la teoría marxista.   

(Tomado del Blog de Rolando Astarita)        

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