Otra navidad con presos políticos: indulto general ahora

por Gustavo Burgos

Centenares de miles salieron el pasado domingo a celebrar el triunfo presidencial de Gabriel Boric en todas las ciudades, plazas y avenidas del país. De norte a sur, una celebración multitudinaria que desbordó el aire y el miedo contenido durante el último mes, recordaba por su masividad a aquellas que acompañaron el triunfo de Aylwin en 1989. Profusamente los medios difundían la especie de un triunfo «histórico», «contundente», «macizo», señalando a Boric como el Presidente más votado de la historia en la elección de mayor participación. Desde el propio aparato de la campaña y también desde sus gentiles colaboradores octubristas (anarquistas, antifas y no pocos trotskistas) se afirmaba estentóreamente que el pueblo movilizado había derrotado con su voto a la amenaza fascista de Kast.

A pesar del entusiasmo y el explicable descontrol, el discurso triunfal de Boric, ultracontrolado, aterrizó brutalmente toda expectativa. No solo aclaró que su gobierno haría transformaciones a «pasos cortos pero firmes», no solo repudió el reclamo de libertad para los presos políticos —que se colaba por los parlantes— señalando que lo había «hablado con las familias», sino que invitó al propio Kast a sumarse a las tareas políticas de su Gobierno. Lo que hizo Boric fue hablar con la verdad: bajo el barniz y el edulcorado de la participación y la esperanza, el único vencedor en la contienda era el proyecto capitalista de unidad nacional que representa, cuyo manifiesto propósito es el de articular una nueva transición.

Pasada la fanfarria electoral, resulta necesario abordar el proceso que vivimos desde una óptica de clase, socialista. Demás está decirlo, la historia no es una sucesión de actos electorales y tampoco alcanza con la estadística para comprender qué es lo que ocurre en el terreno de la lucha de clases. Pero despejemos algunos datos. Es cierto, Boric obtuvo una alta votación en segunda vuelta, pero no la mayor desde el voto voluntario, el 2013 Bachelet obtuvo un 62% de las preferencias. También es cierto que es el más votado de la historia, pero lo es porque nunca en la historia había habido 15 millones de electores. Es cierto que hubo la mayor participación desde el voto voluntario, y con un 55% se revierte el retroceso en participación de la primera vuelta, pero tampoco es un hecho irrelevante que un 45% no haya participado del proceso electoral. No comparamos con elecciones anteriores al 2012, porque con voto obligatorio la participación siempre fue superior al 90%.

Hacemos estas prevenciones porque aunque resulte reiterativo, lo que vivimos el domingo pasado fue un acto electoral, bajo un régimen constitucional burgués, que viene a confirmar la alternancia en el poder que se ha impuesto en Chile desde el 2009. Nada más, nada menos. Sostenemos esto porque una parte importante de la izquierda no solo se ha adaptado a la institucionalidad y ha renunciado a toda perspectiva insurreccional y revolucionaria, sino que además de esta adaptación se ha producido otra de mayor entidad respecto de la alternancia entre las formas dominantes de la política patronal. En efecto, la izquierda no solo ha renunciado a la revolución, sino que ha transitado a renunciar a la identidad o independencia de clase. No solo en Chile, en todo el mundo las democracias burguesas subsisten agitando el fantasma del fascismo al cual invariablemente solo puede oponérsele la alternativa del capitalismo democrático.

La renuncia que exhiben estas corrientes —algunas de las cuales siguen usando distintivos del socialismo y la clase trabajadora— las ha hecho retroceder al ideario identitario de las minorías o de género. No porque sea un error reivindicar los reclamos de la mujer, las minorías y el medio ambiente, sino porque han quedado constreñidos a tales expresiones programáticas hecho que se corrobora en el democratismo que les llevó a apoyar a Boric «contra Kast».

Boric se seguirá paseando de aquí a marzo imitando la gestualidad del Dalai Lama. La Derecha seguirá exigiendo más y más concesiones. Ya es prácticamente un hecho que el Gabinete incorporará al menos al PS. La proyección de este «Gobierno de Transición» se hundirá en el lodo de las mayorías parlamentarias a las cuales se les atribuirá la responsabilidad de no poder avanzar más, como si los problemas sociales pudiesen alguna vez haberse resuelto utilizando los cauces institucionales.

Nos volverán a repetir —como en los últimos 30 años— que no es el momento de la consigna, sino el de la responsabilidad y que tal responsabilidad obliga a actuar buscando los grandes acuerdos que permitan esos prometidos «pasos cortos pero firmes». Ya lo hemos dicho, en la segunda vuelta —el verdadero marco político en que moveremos de aquí en más— resultó vencedor no el pueblo, ni los trabajadores, ni la ciudadanía, ni la juventud: en la segunda vuelta triunfó el Acuerdo por la Paz y la alternancia en el poder.

La lucha hoy pasa por agrupar al octubrismo, a la vanguardia de izquierda que se reclama de la clase trabajadora, en torno a una perspectiva de lucha revolucionaria. Tal perspectiva debe hacerse cargo de que el Gobierno de Boric no será capaz de cumplir ninguna de las reivindicaciones en que se sustentó el levantamiento popular del 18 de Octubre y ni siquiera de aquellas en que se basó el recatado programa político de Apruebo Dignidad. Boric ha dicho expresamente que no liberará a ningún preso político y que toda su concesión en la materia se limitaría al retiro de las querellas deducidas por el Gobierno, acto que no tendrá ningún efecto práctico. La ley de indulto general no sobrevivirá en este Senado, ni mucho menos en el próximo. Boric tampoco será capaz de hacer realidad los compromisos de poner fin a las AFP y aquellos pertinentes al salario mínimo, negociación por rama y titularidad sindical. Todo quedará supeditado a aquello que los 2/3 de la Convención Constitucional pueda producir en tanto reforma al orden institucional.

El octubrismo, las fuerzas políticas y organizaciones de base que se opusieron al acuerdo por La Paz y que protagonizaron el levantamiento del 2019, tenemos la enorme responsabilidad de la unidad. Una unidad de clase, trabajadora y una unidad que reivindique tanto los reclamos que sustentaron el proceso revolucionario que se abrió el 18 de Octubre, como la necesaria lucha por un Gobierno de la Clase Trabajadora. Un frente que que se conforme desde el primer momento como oposición de izquierda al Gobierno de Boric, en tanto gobierno patronal.

Un punto de partida en la formación y reconstrucción de todo frente clasista hace pie en el reclamo del inmediato indulto general a todos los presos políticos, cuestión que puede materializarse ya mediante una ley o bien mediando un simple acto de autoridad del Presidente de la República. Libertad a los presos de la revuelta, los mapuche y a aquelllos que provienen de la lucha antidictatorial, como Mauricio Hernández Norambuena. Respecto de todos hemos de exigir su inmediata e incondicional liberación, rehenes como son, del régimen capitalista. Tal reclamo ha de unirse al juicio y castigo a todos los responsables de las masivas y sistemáticas violaciones a, los DDHH por parte de Piñera y su Gobierno de criminales.

Nuestro mayor enemigo es la dispersión, la división y la renuncia. La década de los 90 se extendió como un desierto para los trabajadores precisamente porque la izquierda de aquél entonces se puso de rodillas frente a Aylwin. Pero la situación en la actualidad es distinta y no tiene por qué volver a repetirse. El ambiente de protesta se coló en medio de las celebraciones el domingo pasado y el Presidente del árbol sabe que tiene un tiempo limitado. El piloto de una bicicleta no puede estar mucho tiempo equilibrándose sin pedalear. Las ilusiones irán golpeando una tras otra sobre la impotencia de un gobierno incapaz de abordar la recesión económica, los reclamos populares y la crisis institucional postergada con la Convención.

Quienes nos reclamamos opositores al operativo político que se pacta en las altas esferas del poder y quienes nos reclamamos de la revolución socialista tenemos una responsabilidad histórica, para con nuestros presos, para con los caídos y mutilados y para con el conjunto de los explotados. Esta lucha comienza hoy: ¡Indulto general a todos los presos políticos!

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